El monstruo en el siglo XXI
Una criatura llamada IA
Con la última encarnación del arquetipo creado por Mary Shelley tenemos la sensación, por primera vez, de estar creando un ser que puede llegar a ser consciente
Frankenstein, el héroe de la Ilustración Oscura
Miguel Ángel Delgado
El mito de Frankenstein sigue vivo, y no nos referimos al éxito de la película de Del Toro, que ha vuelto a poner en primera línea la novela inmortal de Mary Shelley, que fundó el nuevo género de la ciencia ficción. Hablamos del arquetipo ... que esa historia generó y que, desde entonces, ha ido conociendo sucesivas reencarnaciones: la del científico que persigue un logro del que después abomina y se termina volviendo en su contra, convirtiéndose en una maldición que no solo lo persigue a él, sino a toda la humanidad.
Es una historia mil veces repetida, y lo más curioso es que funciona en todos los registros y con todos los públicos. No solo en los más comerciales o de las series B y hasta Z, sino también en la literatura que llama la atención de la crítica más exigente, como demuestran los títulos de Benjamín Labatut.
La incineración y otros retos para Frankenstein en el siglo XXI
Oti Rodríguez MarchanteEn nuestro hoy en día, al doctor Frankenstein le darían el Nobel y a su monstruo, una subvención. ¿Qué aporta hoy este mito?
La electricidad primigenia de la novela de Shelley ha ido dando paso a otros hallazgos que iban a cambiar el mundo y después, en mayor o menor medida, se han convertido en espadas de Damocles sobre nuestras cabezas: los pesticidas y la química industrial, la energía atómica, la ingeniería genética, los combustibles fósiles, la intervención sobre el clima o internet.
Son solo algunos ejemplos de los descubrimientos que calaron en el imaginario colectivo como los avances que nos traerían el tan ansiado progreso infinito, y que solo después pasaban a mostrarnos su otra cara. Una y otra vez, a cada ocasión que la humanidad proclamaba haber encontrado solución a algún problema, de su interior surgía uno mayor, que llegaba incluso a poner en entredicho nuestra continuidad como especie.
Algunas versiones actuales ejercen de intermediarias con Dios a través de apps religiosas
La última encarnación, como no sorprenderá a nadie, es la inteligencia artificial. Probablemente, uno de los campos con más zonas de contacto con el mito fundacional. Porque el DDT o el plomo en la gasolina eran grandes amenazas, pero con la IA estamos atravesando un límite más esencial: por primera vez, aunque incorpóreo, tenemos la sensación de estar creando un ser que puede llegar a ser, o asemejarse de tal modo que lo parezca, consciente. Y ahí es donde estamos penetrando en lo que, en nuestra mentalidad, es un tabú.
Esa idea estaba ya presente desde el principio. El propio Alan Turing, el padre moderno de la IA y quien estableció sus fundamentos, la concebía como un niño que iría aprendiendo por sí misma. Y en un momento en el que las computadoras eran auténticos colosos que ocupaban habitaciones enteras y hacían subir la temperatura de los lugares donde se encontraban hasta casi cincuenta grados, esa comparación tenía una fuerza poderosa.
Terreno divino
Que el desarrollo de la IA no ocurriera con la rapidez esperada en su momento, y que incluso llegara a atravesar lo que han venido a conocerse como «inviernos» en los que, a una explosión de entusiasmo, seguían años de congelación de inversiones y expectativas, ha hecho que ese interés fuera y viniera. Mientras tanto, la posibilidad de crear un ser mecánico, un robot, se mantenía de forma más constante en el imaginario, aunque en realidad los avances no fueran mucho más significativos que con la IA.
Si a la IA y a los robots añadimos la clonación y la manipulación genética, entramos de lleno en la más pura visión 'frankenstiniana' de nuestros mayores miedos. Porque, en los tres casos, penetramos en lo que antes se consideraban terrenos reservados para la divinidad, la urdimbre de la vida en la que cualquier intromisión solo podía llevar a la condena y la catástrofe.
Y el hecho de que quienes cometían esa intromisión lo hicieran a lomos de la tecnología, financiados por grandes corporaciones de oscuros intereses (en eso sí que hemos evolucionado porque, aunque siguen siendo oscuros, no lo es porque no sean ya evidentes), no ayudaba. No hace tantos años que los rumores de clonaciones humanas en remotos laboratorios chinos circulaban con cierta frecuencia; y, de hecho, no es osado suponer que ese temor volverá más pronto que tarde, y nuestros miedos mutarán de nuevo, sin que las anteriores encarnaciones hayan dejado de estar presentes.
Hay quien afirma que pretender reproducir la conciencia humana cuando ni siquiera sabemos en qué consiste esta no deja de ser un empeño condenado al fracaso, en el mejor de los casos. Y la perspectiva de que terminemos contentándonos con una mera imitación no es, desde luego, tranquilizadora, y más cuando vemos cómo alguna de nuestras versiones actuales ya se permite, incluso, ejercer de intermediaria con Dios a través de apps religiosas. No es descabellado suponer que pronto habrá alguna que, directamente, ocupe su lugar.
No deja de impresionar cómo Mary Shelley fue capaz de anticipar lo que sería el futuro. Ni tampoco cómo los actuales magnates tecnológicos, muchos de ellos crecidos mientras devoraban a los clásicos de la ciencia ficción, han malinterpretado los escenarios que estos anticipaban como algo que, sí o sí, debía hacerse realidad.
Pero quizá no estaría mal que recordaran que el propio Isaac Asimov, el entusiasta autor que más hizo por desarrollar toda la complejidad de los robots y la IA —y que acuñó el concepto del «valle inquietante», que determina el rechazo que nos produce toda recreación de lo humano que sea demasiado perfecta—, terminó dibujando un imperio galáctico que solo fue posible cuando la humanidad erradicó las máquinas pensantes. Es lo que tiene la literatura, que todo nos lo contó antes de que pasara.
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