resurrecciones
Llamazares, 'La lluvia amarilla', la España vacía
Casi treinta años después de su publicación, la novela de Julio Llamazares sigue latiendo en la memoria literaria española, entre desarraigos y paisajes extintos
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Iniciar sesiónCuando Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) publicó en 1988 ‘La lluvia amarilla’, Sergio del Molino tenía nueve años, y no podía siguiera soñar con escribir un día ‘La España vacía’, ese extraordinario ensayo literario que ha dado pie, cambiando el término, al movimiento que ... conocemos como España Vaciada.
Hoy quizás podemos decir que la extraordinaria nostalgia y el existencialismo de aquella novela de Llamazares de finales de los ochenta ha sido en gran manera antecedente de esta tendencia que en la actualidad llama la atención sobre la soledad y el abandono que sufre el entorno rural, en un mundo dominado por la actividad de las grandes urbes.
La aventura personal de Andrés de Casa Sosa, el último habitante de Ainielle, un desahuciado de la sociedad que espera la muerte, entre el desarraigo y el deterioro físico y emocional, en un lugar donde «la soledad pesa más que los inviernos».
Antes algunas novelas de Delibes y de Jiménez Lozano, entre otros, ya se habían centrado en el abandono del campo
La lectura, entonces, de la naturaleza como un personaje más de la novela. Un personaje al mismo tiempo enfrentado y en comunión con el protagonista, y en todo caso definidor de su realidad y su personalidad. Esa misma naturaleza desmedida que hoy quizás ha sustituido el aplastamiento de la lluvia amarilla, la «nieve de olvido» de ese polen que lo cubre todo hasta sepultarlo, por otras lluvias y otros anegamientos ciertamente más sucios y menos románticos, como los lodos de la dana, pero igualmente representativos de la conflictiva relación del hombre con su entorno.
Antes de que se publicara ‘La lluvia amarilla’, algunas novelas de Delibes y de Jiménez Lozano, entre otros, ya se habían centrado en el abandono del campo y en su impacto sobre la sociología y la psicología de sus habitantes. Como ‘La tribulación de Jonás’ (1981), del segundo, o ‘El disputado voto del señor Cayo’, del primero, si bien con un enfoque diferente. Pero ninguna lo había hecho con la intensidad de la poesía que le supo imprimir a la suya Julio Llamazares.
No en vano, ‘La lluvia amarilla’ fue la segunda novela del leonés, después de ‘Luna de lobos’ (1985), y antes de estos dos textos narrativos el escritor se había estrenado como poeta con ‘La lentitud de los bueyes’ y ‘Memoria de la nieve’.
Generación prodigiosa
Por eso, hablando puramente de escritura, leer hoy ‘La lluvia amarilla’, en aquella primera edición de Seix Barral, es también recordar esos años 80 en los que se mostraba, con todo su brillo, aquello que se conoció como Nueva Narrativa, y que tuvo en Julio Llamazares a uno de sus autores más representativos.
Alrededor de esos años, Antonio Muñoz Molina publicó ‘El invierno en Lisboa’; Javier Marías, ‘El hombre sentimental’; Enrique Vila-Matas, ‘Una casa para siempre’; Soledad Puértolas, ‘Todos mienten’; Rosa Montero, ‘Amado amo’; Juan José Millás, ‘El desorden de tu nombre’, o Jesús Ferrero, ‘Opium’. «La memoria arde despacio, como un rescoldo que no quiere apagarse», escribe Llamazares en este libro que devuelve a la memoria esa generación prodigiosa que a veces uno tiene la sensación de que se ha ido diluyendo con el tiempo en la forma de contar, en la forma de ser y hasta en la forma de sentir el mundo. Un mundo, 27 años después, tan radicalmente distinto. Y tan igual.
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