Detalle de «La Madonna de Portlligat» (1949), uno de los lienzos con los que se abre la exposición
Detalle de «La Madonna de Portlligat» (1949), uno de los lienzos con los que se abre la exposición
ARTE

Las mil y una Galas en el MNAC de Barcelona

Una exposición reivindica el papel de Gala como coautora de la obra de Salvador Dalí y aporta nuevas lecturas del personaje más allá de las de esposa y musa del artista

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No es ésta, ni mucho menos, la primera exposición dedicada a Gala. Es el suyo un fruto demasiado apetecible como para dejarlo de lado. De hecho, no pasó ni un mes desde su muerte en 1982 cuando se celebraba en el Museo Dalí de Florida el primer homenaje. También es verdad que la sombra de Dalí, su compañero sentimental durante buena parte de su vida, es alargada, y que ha terminado por «ocultar», también por deformar, la potente imagen de la rusa (recordemos que nació como Elena Dmítrievna Diákonova en Kazán, en 1894).

Reparen en la frase que acabo de escribir, fundamental para entender la originalidad de esta muestra en España: En ella me refiero a «Dalí como pareja de Gala» y no al revés. La mujer, si no por delante del hombre, al menos al lado, jugando en el ring surrealista en igualdad.

Exposiciones sobre Dalí también se han hecho muchas. Aún recordamos la que el Museo Reina Sofía le dedicó hará unos veranos. De forma que, en ese deseo del MNAC de llevar a cabo proyectos conjuntos con otras grandes instituciones catalanas (y ahí queda la muestra que Todolí comisarió para recordar a Tàpies en su fundación), a la hora de aliarse con la Gala-Salvador Dalí de Figueras, lo fácil (y hasta aburrido) era volver a apostar por él.

No es por el #MeToo

Me dirán: «Claro, pero en plena era del #MeToo, de cierta sensibilización hacia la visibilidad de la mujer, estaba cantado que había que volver a Gala». Sin embargo, quizás pocas veces haya estado tan justificado devolverle la voz a una mujer, acabar con el tópico de la esposa-musa, sujeto pasivo, en pos de una imagen mucho más activa (también creativa) de nuestra protagonista. Basta una declaración de las Confesiones inconfesables de Dalí para disipar de pleno cualquier sospecha: «El método paranoico-crítico es, ante todo, Gala». Gala es Dalí como Dalí es Gala. Tanto monta. No se hable más.

Con esa intención construye como comisaria Estrella de Diego Gala Salvador Dalí. Una habitación propia en Púbol. Y me vuelvo a detener antes de entrar en harina. Primero, para hablar de De Diego, en absoluto una recién llegada al universo «galiniano». A la rusa la lleva estudiando desde finales de los noventa, y en 2003 publicó en Espasa Las vidas ocultas de Gala Dalí; un texto, por otro lado, utilizado por Monika Zgustova como fuente bibliográfica para La intrusa. Retrato íntimo de Gala Dalí, que estos días coloca en librerías Galaxia Gutenberg (la misma firma que dio a la imprenta el diario inédito de Gala en 2011, una vez descubierto que se encontraba mezclado con los papelotes de Dalí... Como tantas otras cosas).

Segundo, para hacer referencia al subtítulo. El de «la habitación propia» (muy a lo Virginia Woolf). Púbol como espacio privado, castillo que Dalí entregó a su amada como prueba de «amor cortés» y en el que supuestamente (y sólo supuestamente) Dalí podía entrar con invitación expresa de su esposa (que él mismo diseñaba). En él, Gala, la inexpugnable (una foto en el recorrido, intervenida por el artista, la plasma como la mujer con un castillo en la cabeza -Tête à Chateau- o una mujer castillo en sí), podía ser ella misma: curiosa a veces; ratón de biblioteca; de alma rusa; religiosa, camaleónica... Éste es el capítulo con el que arranca la expo. También el que más atraerá a los fetichistas (no faltan los juguetes de infancia, joyas, discos, los vestidos de Dior, de Elsa Schiaparelli...). Detalles de los cortinajes salmón de sus sobrias estancias, así como grandes espejos (Gala como reflejo de Dalí; Dalí como imagen proyectada por Gala) marcan el diseño sobre el que pivota la muestra.

También el libro «La intrusa», de Monika Zgustova, apoya estas ideas y ofrece una Gala poliédrica

Y a lo lago de su propuesta, Gala, o todas las Galas, la mujer y el personaje que se traviste de sí misma: la niña rusa, pero también la fémina que parecía un «efebo» (rasgo que conquistó a Dalí); la mala de la película para Breton y Buñuel; la devota (siempre llevaba encima una imagen de la Virgen) pero también la «devoradora» de hombres (nunca se le perdonará rodearse de jovencitos); la madre desprendida, la lectora compulsiva, la intrusa de la que habla en su libro Zgustova.

Y, por encima de todo, la tesis que echa por tierra la idea de Gala como figurante, como simple musa, primero de Paul Éluard -al que abandonó por Dalí, después de haber convertido lo suyo en trimonio con Marx Ernst. Él fue el pagafantas de todo este embrollo-, luego del pintor catalán. Gala Salvador Dalí reivindica a su protagonista como pieza clave para terminar de entender el movimiento surrealista. No en vano, fue ella la que incitó a su primer marido a escribir, a la que De Chirico pidió ser su marchante... Y, sobre todo, como artista, con dos grandes obras maestras: el diseño del Castillo de Púbol y, sobre todas las cosas, el propio Salvador. Solo así se entiende que la mujer obsesionada por el dinero (no tanto por la fama: de hecho, tiende, en un ejercicio de collage surrealista, a eliminar su rostro en las fotos, incluso en las firmadas por grandes como Gyenes) abandonara la vida acomodada que ya llevaba con el poeta francés en pos de la incertidumbre que ofrecía el joven emergente catalán.

La cita del MNAC testifica el escaso corpus propio de obra: documentación de algunos objetos surrealistas, hoy en paradero desconocido, junto a fotos en la que se la ve trabajar en el pabellón El sueño de Venus que Dalí preparó para la Exposición Universal de Nueva York. Éste incluso, llegó a desarrollar una firma compartida, Gala Salvador Dalí, y a reconocer que no habría línea de sus memorias que no hubiera sido «editada» por Gala.

Pero la comisaria va más allá: si parte del proyecto artístico de Dalí fue generar un personaje, Gala, como pareja de baile, también estaba desarrollando una performance que era lo que Dalí documentaba en sus cuadros. Quizás la tesis fuerza la máquina, pero se compra fácilmente en tiempos de sensibilidad feminista. Y ahí queda la tercera sección de la expo, la eminentemente pictórica (una miniretrospectiva de Dalí dentro de la cita) en la que nos reencontramos con 60 de sus obras maestras con Gala como (¿algo más que una?) musa, provenientes sobre todo de la Fundación homónima pero también de otras 18 grandes pinacotecas. Gala por Ernst, por Brassaï, por Cecil Beaton, por supuestísimo que por Salvador Dalí. Pero sobre todo, Gala por Gala. No se la pierdan.