Vivian Gornick
Vivian Gornick - ERNESTO AGUDO
LIBROS

Vivian Gornick: la princesa que buscaba el guisante

En el segundo tomo de sus memorias, Gornick vuelve a pasear por Nueva York y lo convierte en un universo que no conoce fin

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Contaba Francis Scott Fitzgerald que el día en que se inauguró el Empire State Building había sido uno de los más tristes para Nueva York. Ilusionados, los habitantes de la Gran Manzana habían subido hasta lo más alto de aquel edificio que simbolizaba el techo del mundo y vieron con sus propios ojos lo que nunca antes habían sospechado: que Nueva York tenía límites. Que aquel inabarcable sueño de asfalto y luces de neón no era un universo sino simplemente una ciudad.

Pero quizás Fitzgerald se equivocaba. En La mujer singular y la ciudad, el segundo tomo de las memorias de Vivian Gornick (Nueva York, 1935), la escritora vuelve a convertir Nueva York en un universo que no conoce fin. Como ocurría también en Apegos feroces, Gornick sale a pasear, aunque en esta ocasión no lo hace con su madre sino con su amigo Leonard, o incluso sola, pero las calles, rebosantes de historias y conversaciones, cobran vida bajo sus pies. Relata Gornick, una de las voces más reconocidas de Estados Unidos en cuanto a feminismo y cuestiones de género, que durante muchos años caminó más de nueve kilómetros al día por las calles de Nueva York. Lo hacía para despejarse, para dejarse llevar por el poder de la urbe, para adentrarse en las conversaciones de los otros, para ahuyentar la depresión vespertina. Durante aquellos paseos, soñaba despierta e iba hilando reflexiones y revisitaba el pasado pero, sobre todo soñaba con el futuro. Así, a la vera de Leonard, se detenía en todas las vidas no vividas, en las ausencias, un tema que se relaciona íntimamente con otra de sus grandes preocupaciones: la vivencia del amor, la frustración entre la realidad y las expectativas.

La madre de Gornick había elevado el amor a la categoría del Santo Grial. Cuando su marido, el padre de Vivian, murió, nada encajaba. Nada volvería a ser exactamente apropiado, pero tampoco para su hija, que creció y maduró anhelando algo que quizás no existía y de existir, nunca hubiera sido lo suficientemente bueno. Gornick trae a colación esa fábula que todos conocemos: la de la princesa y el guisante, pero le da otro sentido y convierte la búsqueda del guisante -y no del príncipe- en un leitmotiv que apuntala su existencia. Así, en los libros de Gornick, en sus vivencias, en sus sabias y críticas reflexiones -«Mi voz, eternamente crítica y haciendo siempre hincapié en los defectos»-, hay siempre un guisante, una incomodidad esencial que la define y que dota de humanidad y cercanía a su escritura.

Pocos autores logran como Gornick transmitir el pulso de la vida de esta manera tan directa, ágil y profunda. Su escritura es, perdonen por el tópico, de las que llega al corazón. Escucharla es como sentarse a tomar un café con alguien a quien queremos y admiramos. Leer a Vivian Gornick es una auténtica delicia.