«Barca nostra», la reprensible instalación presentada por Christop Büchel
«Barca nostra», la reprensible instalación presentada por Christop Büchel
ARTE

Venecia y los intereses de lo interesante

Con un aprobado justito se queda la actual edición de la Bienal de Venecia, que comisaría el alemán Ralph Rugoff. Mucha conciencia social, sí, pero también mucha banalización y esnobismo por el mismo precio

VeneciaActualizado:

Recuerdo vagamente a un político italiano que, pringado en corruptelas múltiples, declaró que «no era verdad que todo estuviera claro», para inmediatamente dar la vuelta a la tortilla retórica y añadir que «no era claro que todo fuera verdadero». Faltaba tiempo para que el Imperio desplegara el «tsunami» de la post-verdad, aunque los «fakes» son tan antiguos como el Caballo de Troya. « Ojalá vivas en tiempos interesantes», título de la actual Bienal de Venecia de Arte, resulta que puede no ser lo que creíamos: una maldición china.

Ralph Rugoff, su comisario, rescata esta frase que, según parece, pronunció Robert F. Kennedy cuando viajó a Sudáfrica en 1966. Lo que le interesa a este «curador» es mostrar obras de arte que ofrezcan «un lugar para reflexionar sobre la complejidad del ser humano», asumiendo los tremendos problemas que tenemos y también con la lúcida toma de conciencia de que, desde este dominio, muy poco se puede hacer para cambiar la situación.

Después de la inanidad tediosa que desplegó Christine Macel en la pasada edición bajo el título patético de « viva arte viva», en la antípodas del recitativo (pretendidamente) marxista de Okwui Enwezoren 2015, y con el recuerdo entusiasta del «giro fringe» que con enorme lucidez desplegó Massimiliano Gioni en su « “Palazzo” enciclopédico», la propuesta de Rugoff se queda en tierra de nadie: ni provocadora ni banal, con poca energía crítica aunque haga guiños a «temas candentes».

Esto no es fútbol

Una vez más, los artistas españoles «brillan por su ausencia», si bien tenemos que aceptar que una bienal no es el mundial de fútbol. De nuevo la mirada «anglosajona» acota el mundillo del arte desde su estético ombligo y da espacio a obras penosas, como esos yunques que ha diseminado Michael E. Smith en el jardín de Carlo Scarpa en el Pabellón de Italia, porque siempre es bueno rendir pleitesía al poder galerístico global.

Siempre podemos recurrir al latiguillo del «no son todos los que están», o reparar en que algunos de los artistas presentes aportan piezas notables, como sucede con las telas de araña de Tomás Saraceno, el vídeo « The White Album» (2019) de Arthur Jafa (distinguido con el León de Oro), los sensuales plegamientos escultóricos de Liu Wei, el hibridismo indómito de Jimmie Durham (justamente premiado por su trayectoria), o la neoclásica fachada que ha construido Halil Altindere, que es un estricto «Neverland» que no ofrece estancia alguna que podamos ocupar. También el ludismo pictórico de Ad Minoliti o ese futuro de inevitable catástrofe ecológica que escenificaHito Steyerl.

La propuesta de Rugoff se queda en tierra de nadie: ni provocadora, ni banal

Aunque Rugoff declaró que no propondría «un tema» en la Bienal, tratando de escapar de la «inflación discursiva», tampoco renuncia a las «temáticas candentes», como es evidente en dos de las intervenciones más contundentes: el muro rematado por alambre de espino de Teresa Margolles y el barco que naufragó en 2015 en el Mediterráneo causando la muerte a setecientos migrantes, colocado por Christop Büchel en uno de los espacios exteriores del Arsenale. La cruda alusión a las políticas «bunkerizantes» de Trump, a la violencia contra las mujeres y a la brutalidad de los cárteles de la droga están reforzadas por la vecindad de la instalación de Sun Yuan y Peng Yu, con ese brazo mecánico que parece remover sangre. Frente al testimonio crítico de Margolles, el «ready-made» que recuerda la trágica muerte de los que buscaban una vida mejor adquiere un tono cínico, resultando inadmisible incluso el título: «Barca nostra». Apropiarse del dolor de los demás con este monumentalismo pseudo-comprometido solamente puede servir para apuntalar la compasión «neoliberal», el discurso vacuo de la toma de conciencia frente a los «males del mundo» que lleva, a la postre, a dejar que todo siga rumbo a peor.

Estamos entre el «camp», performado en el ridículo-progresivo del «despelote» de Lady Gaga, y el escándalo pactado de estéticas que pretenden reavivar el «shock» con recursos «gore», como en la siniestra instalación de Alexandra Bircken en el Arsenale, con esas escaleras que habitan «suicidas».

Justa mediocridad

No falta el esteticismo que combina lo clásico con el «minimal» en un «postureo» decadente, como es el caso de Haris Epaminonda, que ha recibido un premio por una instalación que haría los furores de los postmodernos ochenteros. El mismo Pabellón Español es un ejemplo de los diálogos frustrados del arte contemporáneo, tensado entre la «profanación escatológica» de Itziar Okariz y las naderías cuasi-decorativas del ajardinamiento en el que ha derivado Sergio Prego al no poder inflar su «burbuja» en el interior del espacio patrio. En la justa mediocridad discurre casi toda la Bienal de Venecia, girando como esa puerta desquiciada de Shilpa Gupta que produce destrozos previsibles.

Mareado, tras la sobredosis artística, en el Arsenale, embutido entre imponentes paneles de madera, escuché la socorrida frase del «se non è vero è ben trovato». Con toda la justicia poética se ingresa al pabellón central de los Giardini a través de la niebla artificial que ha generado Lara Favaretto. Rugoff eligió la frase de «los tiempos interesantes», según cuenta, porque «quería optar por un tema que no sonara demasiado negativo», esto es, no quería añadir gasolina al incendio. Eso no quiere decir que no termine vendiendo humo. Slavoj Zizek recuerda en «Pedir lo imposible» que en China le dijeron que la frase «¡Ojalá vivas en tiempos interesantes!» se la habían oído a occidentales: «Es típico atribuir algo a alguien y luego, cuando hablas con él, resultar que no sabe nada del tema». Entran ganas de tatuarse en la frente aquello de «igual te digo una cosa que te digo la otra». Esta Bienal es un magnífico ejemplo de lo que Nick Land llamaba «hiperstición»: una ficción que crea el futuro que predice. ¿Interesante? Lo justito.