Valle-Inclán retratado por Ignacio Zuloaga (Detalle)
Valle-Inclán retratado por Ignacio Zuloaga (Detalle)
LIBROS

El Valle-Inclán de las marionetas

Armado de un lenguaje que abarcó mil y una posibilidades, Valle-Inclán logró convertirlo todo en territorio salvaje. Su arte, exquisito y deslumbrante, tiene, sin embargo, un solo «pero»: la mala lectura que hizo de Cervantes y del «Quijote»

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La prosa narrativa de Valle, a la que siempre se une, algo incómodamente, esa obra tan extraña que es «La lámpara maravillosa», considerada «ensayo» en sus «Obras Completas» ( Biblioteca Castro), es una de las grandes aventuras de la literatura española moderna.

Valle-Inclán es un personaje algo estrafalario, y no me refiero a sus célebres barbas, a su bohemia, a la terrible historia de su brazo amputado, sino sobre todo a sus ideas y sus visiones políticas y estéticas. Nos parece habitar siempre un territorio salvaje que son en realidad varios territorios salvajes: la Galicia ancestral de las leyendas, la España carlista de las recias tradiciones y el odio rabioso a la modernidad, la España moderna del esperpento, el esplendor de América, la herida de la Gran Guerra y de la Revolución Rusa, la necesidad de crear un teatro nuevo y una novela nueva. En realidad, Valle logra convertirlo todo en territorio salvaje, tanto lo antiguo, por rural y legendario, como lo moderno, por desfigurado y deshumanizado. Distintas variaciones de lo salvaje expuestas en un lenguaje que abarca todas las posibilidades de la lengua, del romanticismo más apasionado al habla más castiza.

Lo menos leído

También lo salvaje llena ese esteticismo estéril de los relatos románticos reunidos en las primeras colecciones («Femeninas», «Epitalamio»...), camafeos preciosos y artificiales que son la parte menos leída de Valle, junto a esa obra tan extraña que es «La cara de Dios», su novela más larga y menos representativa, que cuenta una larguísima historia de celos y de honras en peligro en el Madrid de Arniches, y sobre la que Valle nunca quiso volver. Esto cierra el primer volumen, que deseamos tener porque deseamos tenerlo todo, todo Valle, del mismo modo que deseamos tener toda la «Biblia» y no sólo los libros que nos gustan.

En medio de tantas maravillas y de tanto esplendor, me gustaría reflexionar sobre varios puntos, para no perdernos: «La lámpara maravillosa», «Los cruzados de la causa», «La media noche», el esperpento.

Un libro misterioso

«La lámpara maravillosa» porque es una rareza no sólo en la obra de Valle, sino también en la literatura española moderna. Testimonio del interés de Valle por el ocultismo (que no consiste en «ocultar» las cosas ni en escribir en enigma, como parecen creer algunos críticos, sino precisamente en sacar a la luz el conocimiento oculto, Isis sin velo) y por el quietismo de Miguel de Molinos, suele considerarse un libro misterioso escrito para iniciados, y también la «estética» de Valle.

El prólogode «La media noche» es el primer gran manifiesto de nuestra novela moderna

Para mí, «La lámpara...» es parte del mismo mundo de vaguedad y belleza decorativa de los libros modernistas. No tiene ningún misterio, ni tampoco ningún mensaje oculto: es, simplemente, un libro vago lleno de frases ampulosas y vacías. Su tema obsesivo es el deseo de salir del Tiempo a fin de comprender que todas las cosas son eternas e infinitas.

A Machado le gustaba (quizá porque deseaba que a los demás también les gustaran sus propias disquisiciones metafísicas, infinitamente más inteligentes que las de Valle), Unamuno no entendía para qué lo había escrito y a Juan Ramón Jiménez, que sí era un verdadero místico de la poesía, le parecía «humo». Estamos de acuerdo con Juan Ramón, y tampoco podemos considerar «La lámpara...» una estética de Valle, dejando aparte ciertas consideraciones sobre las limitaciones del lenguaje. ¿Representa la estética de un escritor obsesionado con la Historia y las tradiciones, la violencia y la sociedad, ser «como el ruiseñor, que no mira la tierra desde la rama verde donde canta»?

Levantar horcas

«Los cruzados de la causa», primera de las breves novelas de la serie de «La guerra carlista», es un libro estremecedor porque se detiene más que otros para explicar la visión del mundo de la España tradicionalista. Estremece pensar que Valle fuera carlista y sintiera en algún momento como legítimas las ideas expuestas por estos arrogantes aristócratas, Montenegro, el marqués de Bradomín, Cara de Plata.

Montenegro clama que sería necesario «levantar horcas durante un año entero» para colgar a los liberales, a los judíos, a los indianos, a los plebeyos y a los que se oponen a la religión, del mismo modo que habría que cortar la mano a los jueces, ya que la justicia debe ejercerla el señor feudal y no un funcionario que aplica leyes. Bradomín añade que antes de subir al trono Carlos VII, «convendría pasar una hoz segando las cabezas más altas». Tiempo llegaría en que un general, tan gallego como ellos, pondría en práctica el levantamiento de horcas y el segado de cabezas. Afortunadamente no logró segarlas todas. Y, por cierto, ¿qué fue del ruiseñor que no quería mirar la tierra?

Pero Valle cambia. Durante la Gran Guerra trabaja como corresponsal en Francia y se siente aliadófilo, aunque dice respetar a los que, como Benavente o Baroja, se declaran germanófilos. Claro que uno de sus motivos para defender a los aliados es que le parecen los verdaderos católicos, así como Benavente defiende a Alemania porque está convencido de que, si vence, establecerá el socialismo en el mundo. ¡Menudo lío tenían en la cabeza los padres fundadores de la España moderna! Más tarde, Valle sería el impulsor de movimientos intelectuales contra la guerra y a favor de la Revolución Bolchevique, quizá por aquello de que los extremos se tocan.

Todas las perspectivas

El prólogo de «La media noche» es el primer gran manifiesto de la novela moderna española. Desearía Valle, nos dice, contar lo que sucede en un solo día de la guerra en Francia, pero desde todas las perspectivas posibles, libre «de la humana y geométrica limitación», la que nos impone durante toda nuestra vida un único punto de vista, parcial y subjetivo. Un deseo de ver la realidad como la vería un dios que estuviera en todas partes al mismo tiempo; un deseo, una necesidad, de representar el mundo en toda su fabulosa complejidad: el verdadero deseo del novelista moderno. Es ese mismo deseo de «representación de la simultaneidad» que Hauser veía en Joyce.

Queda el tema más importante de todos. Lo que representa Valle-Inclán hoy en día, y el efecto que su prosa efectista y fulgurante ha tenido en nuestras letras. Porque creo que hay un problema en Valle, el mismo problema que tenía Quevedo, y que Azorín explicó muy bien en «Al margen de los clásicos». Una pobreza de alma, una incapacidad para sentir el dolor ajeno. En Valle no es exactamente así: es, más bien, una obsesión por ver a los demás como monstruos o marionetas. Es el pelele de Goya, o sus brujas, más que los serenos retratos del período medio, lo que gusta a Valle. Y lo verdaderamente trágico, quizá demoledor, es la lectura que hace del «Quijote».

Toda la Historia de la novela europea es un diálogo con Cervantes, y el arte de un novelista depende de la forma en que lee el «Quijote». En una entrevisa para «El Heraldo de México» de 1921, afirma Valle: «Don Quijote no reacciona nunca como un hombre, sino como un muñeco; por eso provoca la hilaridad de los demás, aun cuando él esté en momentos de pena». Es esta mala lectura de Cervantes, la lectura barroca (no muy diferente de la que haría Galdós, por cierto), la que pone una limitación al arte exquisito y deslumbrante de Valle.