Una de las obras de «Temblor y nubes», de Carlos de Paz
Una de las obras de «Temblor y nubes», de Carlos de Paz
ARTE

El universo fluctuante de Carlos de Paz

Arriesgado e interesante «punto de fuga» para su producción son las obras últimas de Carlos Paz. Estas se combinan con otras pretéritas, atestiguando la naturaleza plural de su universo creativo en una muestra en el Patio Herreriano

ValladolidActualizado:

Por lo general, un proyecto expositivo suele reunir un conjunto de obras realizadas ex profeso y que conforman un discurso integral. Pero hay ocasiones en que el artista construye su propuesta con piezas de diferentes momentos, estableciendo entre ellas una serie de conexiones argumentales para que la totalidad resulte elocuente. Vínculos que, en cierta medida, hacen que se amortigüe relativamente algo de la mismidad de cada una y cuya contrapartida será la emergencia de aspectos que –desde una percepción exclusiva– quizás no fueran tan evidentes. Esto es lo que sucede en la exposición de Carlos de Paz (Valladolid, 1964) en el Patio Herreriano de Valladolid, compuesta por pinturas, dibujos y esculturas de los últimos cuatro años.

Potente sin ser pesada

Atendiendo a su materialización, las primeras son de carácter gestual, elaboradas a base de estarcidos, goteos, letras y manchas que configuran una trama visualmente muy potente pero nada pesada: dinámica y aérea, como se sugiere desde el propio título de la exposición; no en vano, José María Parreño las ha comparado con una suerte de constelaciones o con imágenes de cortes histológicos. Sensación etérea que se acentúa al estar pintadas –salvo tres de ellas– sobre metacrilato, cuya transparencia provoca que la iluminación y el entorno incidan sensiblemente en su percepción; la luminosidad de estas obras proviene no solo de su condición pigmentaria sino de su integridad material, lo que hace que se plantee una sugerente relación con el espacio en el que se encuentran situadas.

Reflexión y transparencia que, al tiempo que problematizan el plano pictórico, abriéndolo (rematerializándolo circunstancialmente), por ello mismo absorben «matices» que no se hallan en los cuadros salvo de manera incidental y cambiante. Lo que también ocurre en el que presenta un espejo como soporte, donde todo cuanto se coloca ante él es susceptible de convertirse en imagen pictórica.

La luminosidad de estas obras proviene no solo de su condición pigmentaria sino de su integridad material

Una sutil correspondencia con los gestos y cualidades matéricas de los anteriores la apreciamos en las tres propuestas tridimensionales; en ellas combina distintos materiales (generalmente orgánicos) que remiten a manchas y trazos que ahora se definen en el espacio. La sensación aérea –antes comentada– surge de nuevo en estas piezas, cuya sombra provoca una gráfica liviana en las tarimas donde se instalan, como sucede con los alfileres que fijan sus dibujos (tinta azul o negra sobre papel) a la pared: líneas/sombras que pasan a integrar unas composiciones, esta vez muy abigarradas, repletas la mayoría de formas y figuras (incluso humanas), todo ello regido por una dinámica fluctuante y acumulativa.

Realizados durante un periodo de dolorosa incapacidad física del artista (como consecuencia de un accidente), aunque su repertorio icónico es distinto no dejan de advertirse ciertas equivalencias gráfico plásticas con el resto de sus obras, lo que supone un arriesgado e interesante «punto de fuga» para su producción.