«La niña #de la rosa», fotografía de 1959
«La niña #de la rosa», fotografía de 1959 - © Hereus de Gabriel Cualladó
FOTOGRAFÍA

El tiempo y el silencio de Cualladó

Quizás porque su foto huyó de las estridencias, la obra de Gabriel Cualladó es menos conocida. La Pedrera, en Barcelona, la repasa en profundidad

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Gabriel Cualladó (Massanassa, 1925-Madrid, 2003) es una de esas figuras de la fotografía de nuestro país que necesitaba una revisión, una puesta en común por la dispersión física de su obra y, sobre todo, para darlo a conocer al gran público. Este objetivo de reivindicación de los fotógrafos de nuestro ámbito geográfico más destacados del siglo XX ha movido a la Fundación Catalunya La Pedrera a realizar esta interesante selección de 140 de sus obras que ponen el foco sobre una personalidad tan discreta como sensible a su entorno. Puede que sean justamente estas dos características, su discreción y sensibilidad, que sumadas a su honesta mirada sin grandes artificios y de temáticas cercanas y comunes, lo que le ha dotado de cierta opacidad para el espectador generalista.

Pausas necesarias

Y es de agradecer que, en estos momentos de veloces fuegos artificiales en el mundo artístico, una exposición institucional de gran formato proponga una muestra pausada, reflexiva y llena de silencios que se rompen tan solo por la gran presencia de sus imágenes. Una reivindicación de Cualladó para situarlo como uno de los renovadores de la fotografía española de la segunda mitad del siglo XX, reflejando una poética atmósfera desde una técnica más humana.

Cualladó esencial propone un recorrido cronológico por su mirada silenciosa y atenta, y, de paso, por las consecuencias de los hitos de la Historia cercana de nuestro país, que nos pone frente a los ojos mediante un sólido blanco y negro y unas composiciones tan modernas como inquietantes. Antonio Tabernero, el comisario, lo destaca acertadamente como un fotógrafo del silencio y la atemporalidad. Sus imágenes no entienden de ruidos, de momentos concretos, ni de prisas. Su reflexiva poesía hecha imagen da para perderse en las salas de La Pedrera, amplias, pero en la medida necesaria para no salirse más allá de los márgenes que sus sobrios passpartouts nos ofrecen.

Fotógrafo autodidacta que nunca se consideró más que un amateur, por ello, su producción se caracteriza por una gran libertad de expresión y su poética interpretación del mundo. Su condición no profesionalizada no le alejó de recibir el primer Premio Nacional de Fotografía en 1994. Formó parte de los grupos AFAL y La Palangana, en compañía de otros grandes como Ramón Masats o Francisco Ontañón, desde donde dotaron de humanismo a la foto española de forma casi desapercibida por su escasa repercusión en su momento.

Agrupaba su obra en lo que él mismo denominaba «ensayos», lo que hoy podríamos llamar proyectos, ya que pretendía un profundo reflejo del entorno retratado más allá del momento congelado por su cámara y los reportajes de la época. Esta disposición temática queda fielmente reflejada en los diferentes ámbitos de la muestra, perfectamente acompañada por citas del propio autor que perfilan, en palabras, su ideario y poesía, dando algunas pinceladas sobre su forma natural de trabajar las imágenes con una actitud directa y sencilla, desprovista de manipulaciones. Completamente contrario a la invasión que puede desencadenar la presencia de una cámara, Cualladó destaca por la fina inmediatez que sugieren sus perspectivas.

Su ámbito familiar, Madrid, París o Asturias son algunos de los enclaves y protagonistas que le servían para trasladar emociones, sin intencionalidades grandilocuentes. Provocar un momento de reflexión era su objetivo mediante una emocionante oscuridad técnicamente impecable que nos aleja premeditadamente de lo documental. Un autor de instinto, que permite entrar a los demás prescindiendo del pretendido hermetismo que a muchos les gustaba señalar como «lo artístico».

Dos sorpresas

Dos notas «discordantes» encontramos en la selección de obras, que juegan a mostrar un Cualladó menos contenido y emotivo, más amplio y experimental. Una son las series que realizó en el Thyssen-Bornemisza de Madrid y en la feria ARCO en los años 1993 y 1994. En estas imágenes traslada la atención sobre el visitante-paseante del entorno artístico de forma desenfadada y fuera de los encuadres tradicionales: refleja así la experiencia contemplativa de los centros de arte saliendo de su zona de confort. El otro gran juego lo supone su paso al color mediante su última producción entre los años 1991 y 1998, experimentando con una polaroid que le aporta dos aspectos destacables: el color tamizado característico de esta cámara, así como su inmediatez para jugar con los encuadres, una vez más, con una modernidad asombrosa.