ARTE

Los tesoros ocultos de Calder

El Centro Botín arroja luz sobre proyectos que el escultor Alexander Calder no pudo finalizar, y también sobre algunos de sus desconocidos empeños creativos

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Alexander Calder (Lawnton, Pensilvania, 1898 - Nueva York, 1976) llegó a París en 1926 y entró en contacto con la vanguardia europea a través de su amistad con artistas como Jean Arp, Joan Miró o Marcel Duchamp. Este último inventará el término «móviles» para designar las esculturas más genuinas del norteamericano: sus famosos artefactos suspendidos del techo, donde las corrientes de aire producen movimientos de una mágica ingravidez.

El propio Calder señaló que el verdadero punto de inflexión para el desarrollo de sus móviles tuvo lugar cuando visitó, en otoño de 1930, el taller de Piet Mondrian en París. Allí quedó impresionado por una pared blanca de la que colgaban unos tableros pintados de diversos colores y que formaban una composición abstracta. Calder imaginó entonces la posibilidad de que el movimiento también formara parte de la obra. Y ese será, precisamente, el germen de una de sus más innovadoras aportaciones a la modernidad escultórica: la integración de un dinamismo capaz de otorgar vida a la materia.

Nuevas lecturas

Las grandes exposiciones y monografías dedicadas a Calder hasta hoy han puesto el foco de atención en esta poética basada en la cosmología y en la ingravidez. La actual cita en el Centro Botín, en Santander, también se acerca a esta dimensión, pero su objetivo trasciende las lecturas habituales. Ello responde al interés del comisario, Hans Ulrich Obrist, quien desde hace tiempo viene desarrollando un trabajo de investigación, recopilación y puesta en orden de los trabajos que Calder planteó y no llegó a realizar. El resultado es una exposición cuya metodología incluye la reivindicación de lo intencional a través de un horizonte que integra, según palabras del comisario, «proyectos olvidados, proyectos directa o indirectamente censurados, proyectos incomprendidos, proyectos oprimidos, proyectos perdidos, proyectos irrealizables».

Un recorrido jalonado por bocetos, dibujos y maquetas que ilustran las búsquedas, las aproximaciones, los tanteos y los fracasos del artista; también se incluyen algunos empeños creativos que avanzaron en direcciones inesperadas y que revelan el per- severante compromiso con la innovación que Calder mantuvo hasta el fin de sus días.

Renzo Piano ha llevado a cabo el diseño de la muestra reforzando nuestra visión de la levedad

Entre los proyectos nunca realizados que pueden contemplarse en el Centro Botín se encuentran propuestas situadas en los márgenes de los principales estudios sobre Calder. De 1939 datan los cinco modelos escultóricos que el artista planteó para el zoológico del Bronx, a cuyos animales también retrataría en una amplia serie de dibujos. De 1944 es un conjunto de piezas en bronce, modeladas como maquetas de esculturas de grandes dimensiones y destinadas a integrarse en un proyecto arquitectónico de Wallace K. Harrison. Lo más interesante es que el artista las planteó como transitables, como si se tratara de arcos triunfales a mitad de camino entre lo orgánico y lo mineral, y opuestas al sentido solemne y distante de los monumentos tradicionales.

Frente a estas esculturas apoyadas en el suelo se sitúan los móviles suspendidos y que integran un ritmo dinámico. A Calder le interesaba controlar ocasionalmente el movimiento de sus obras con un pequeño y silencioso motor para, según sus palabras, «mover las piezas como si fuera la coreografía de un ballet».

En danza

La lógica de este proceso le llevará a participar en producciones musicales y de danza, donde sus esculturas se transformarán en auténticas escenografías en movimiento. Estos trabajos también están presentes en la cita, que recoge varios bocetos llevados a cabo entre los años treinta y cuarenta y que detallan escenografías abstractas nunca realizadas, como la que llegó a plantear para una composición musical de Harrison Kerr. En 1939, Wallace K. Harrison y André Fouilhoux, arquitectos del pabellón Consolidated Edison en la Exposición Internacional de Nueva York de 1939, encargaron a Calder el diseño de un «ballet de agua» para la fuente del edificio. Aunque no se llegó a ejecutar, la exposición muestra unos exquisitos dibujos donde el artista diseña un orden pautado para el fluir acuático: una escultura hecha únicamente del efímero momento en el que el agua se proyecta en el aire, se eleva y finalmente cae. El autor ya había tanteado esta poética dos años antes en la Fuente de Mercurio para el pabellón republicano español de la Exposición Universal de París de 1937, donde el metal líquido brotaba del centro del estanque y circulaba a través de bandejas metálicas.

La muestra permite sumergirnos en el proceso creativo de un artista que dibujaba con alambre en el espacio, que esbozaba en papel ideas para ballets, que manejaba con maestría los colores puros, y que cuenta entre sus diversos logros el de haber abierto el camino para el advenimiento del arte cinético. Para él, la necesidad de liberar la escultura del peso de la tradición no solo pasará por hacerla gravitar y despegarla del pedestal, sino también por explorar el placer despreocupado del juego, el humor y la sorpresa.

En coche para volar

Ese mismo espíritu es el que hará posible que incluso llegue a trasformar un coche en una veloz pintura móvil: esta es una de las obras más llamativas y extrañas de la exposición, donde los colores de Calder decoran la carrocería de un BMW que, en 1975, llegó a correr las 24 horas de Le Mans. El arquitecto y Premio Pritzker Renzo Piano ha llevado a cabo el diseño de esta muestra, con una propuesta que intenta reforzar nuestra visión de la levedad, la suspensión y el movimiento que emana de las mejores obras del Calder.