Concha Martínez Barreto, ante algunos de los dibujos de esta exposición
Concha Martínez Barreto, ante algunos de los dibujos de esta exposición - Maya Balanya
ARTE

Concha M. Barreto: «Temo que mi historia nunca sea transmitida»

La fragilidad de la memoria y lo universal de los recuerdos son los temas de la exposición que Concha Martínez Barreto presenta en Espacio Valverde (Madrid)

MadridActualizado:

Concha M. Barreto (Fuente Álamo, 1978) bucea en la historia de su familia con los doce dibujos que llenan estos días las paredes de Espacio Valverde, creados a partir de fotos familiares de los años 50. Dos piezas basadas en un viejo álbum inglés completan esta cita sobre lo frágil de la memoria.

–Usted tiene una relación personal con estas fotografías; ¿las conocía de antes o las descubrió al comienzo de este proyecto?

–Conocía sólo alguna y haciendo un rastreo, tratando de recuperar el archivo familiar, encontré sólo estas doce fotografías de grupos familiares. Al verlas quise que mi padre, que era el único nexo que yo tenía con estas imágenes, me relatara un poco las historias: qué se celebraba, qué se festejaba, dónde estaban, qué casas son las que aparecen, si era su casa natal... Y me di cuenta de que realmente hacía unos sesenta años y tras ese relativamente poco tiempo mi padre ya no sabía reconocer a la gente ni sabía ponerle nombre. Entonces mi trabajo surge de esa frustración, de darme cuenta de que llega un momento en el que, muy pronto, es tarde para recuperar la memoria.

–¿Cómo siente que han cambiado las fotografías al hacer el proceso de dibujarlas, al contemplarlas tanto?

–Me interesa mucho el dibujo, no por el dibujo en sí, sino que entiendo que el dibujo ha sido casi como una acción, porque hay muchísimo tiempo invertido en cada uno de los dibujos. Era importante el dedicar ese tiempo a cada uno de los retratados, invertir un par de horas en hacer cada retrato. Es como la forma de pensarlos. Decía Marcel Proust que se recuerda mejor pensando en una persona que mirando una fotografía y para mí pensar en estas personas ha sido dibujarlas, poder dedicarles tanto tiempo y llegar a un momento en el que yo ya era capaz de identificar a la gente, reconocer a ciertas personas. Aunque eran gente sin nombre, sabía que eran las mismas personas y casi podía construir una historia a través de ello.

–Tratar de imaginar las posibles historias que se han perdido.

Esta exposición habla del miedo a la muerte, del miedo a que nuestra vida termine en nosotros mismos

–Claro, tratar de imaginar. Hay algo curioso con lo del dibujo. Todos están extraídos de fotografías pequeñísimas, de unos 5 por 8 centímetros. Al hacer una ampliación en dibujo tan grande, siempre hay una indeterminación, porque son unos ojos que apenas se ven, unos rostros que apenas tienen definición en algo tan pequeño. Y eso también me interesaba porque yo, de alguna manera, al dibujarlo tenía que estar rellenando esos huecos, esas elipsis que me daba el tener que ampliar la imagen. Y esa indefinición es también una metáfora de llenar las elipsis de que está llena toda la historia familiar.

–¿No había nadie en las fotos a quien reconocieses?

–Identifico a mi padre y alguno de sus hermanos. Se sabe que son todos familia, porque son fiestas familiares, pero él no podía saber quiénes son. Y me parece muy llamativo el contraste de qué ha pasado con la fotografía sesenta años después, cómo generamos una cantidad bestial de imágenes, que casi no tenemos tiempo de visualizar, mientras que antes los álbumes familiares eran esto: toda una vida en doce imágenes. Las únicas doce fotografías de grupo que hay son estas y cuentan toda la vida de esta gente. Me parecía muy interesante ver el consumo que ahora hacemos de tanta fotografía.

–Antes era una memoria más frágil, pero quizá más significativa.

–Sí, y eso también enlaza con el otro proyecto, del que luego te hablaré.

–¿Ha sido un proyecto emocionalmente difícil?

–Surge un poco con el tema de la maternidad, se me despierta algo con las conexiones intergeneracionales. Eso es lo que me lleva a querer rastrear el pasado, la sensación de que yo ahora me hacía fotos con mis hijos, como si eso fuera un salvoconducto para que mi hijo se acordara siempre de eso. Y me doy cuenta enseguida que no, de que la fotografía no es una garantía de que mantenga la memoria. Porque al final parece que la historia de cada uno termina en uno mismo. Y es de eso de lo que hablan estos dibujos, en definitiva, de la permanencia, de la muerte y tal vez del miedo a la muerte y del miedo a no poder transmitir las historias y a que nuestra propia historia nunca sea transmitida. A que nuestra vida termine en nosotros mismos.

–¿Cómo se conectan las dos partes de la exposición?

Rellenar la indefinición de estas fotografías es también una metáfora de llenar las elipsis de las que está llena la historia familiar

–Al hilo de lo que te decía antes de que se fotografían momentos muy significativos, al final de este proyecto me interesé por visualizar más álbumes familiares y me di cuenta de lo universal que es un álbum familiar. Porque retrataban lo que se quería recordar, solamente los momentos felices. Y da igual que sea un álbum de España de los años 50 que un álbum británico, hay una universalidad, un grupo en el que cambia el estilo de vestimenta, pero es siempre como la misma gente sonriendo, la misma gente posando igual, con los mismos lazos afectivos. Me interesaba la idea de que realmente todos nos podemos identificar con cualquier álbum familiar porque están ahí todos los arquetipos. Con esa idea me interesé por adquirir un álbum en Yorkshire, un álbum completo, con 48 páginas. Yo venía de estar trabajando este proyecto, donde la frustración me surgía de no poder poner nombre a la gente. Y tratando de analizar aquel álbum, de las 48 páginas sólo una fotografía tenía un nombre, en el reverso. Ponía «Steven John, 2 weeks old». Que dentro de un álbum familiar sólo una fotografía tuviera un nombre, y encima una persona que ahora podría tener entre 60 y 70 años, me llevó a la idea de querer hacer la acción de querer devolver ese álbum que había sido encontrado en una casa que iban a derruir, como un intento frustrado, imposible, de devolver la memoria. Entonces, debajo de la imagen del reverso de la foto aparecen 48 direcciones de los 48 Steven John que se encontraban en una horquilla de edad que pudieran ser ese bebé de dos semanas que ahora podría tener entre 60 o 70 años. Fui documentándome, investigando, sobre las 48 direcciones de gente llamada Steven John que más podrían encajar por edad y más próximos al condado de Yorkshire, para posteriormente hacer una acción de devolver cada una de esas imágenes del álbum, como un intento frustrado por devolver la memoria.

–Al final un nombre, por sí solo, tampoco es la memoria.

–Exacto. Y el vídeo forma parte también de ese proyecto. El vídeo simplemente muestra el propio álbum, que parece que voy a abrir, y que no llego a abrir, porque es como que parece que no pasa lo que parecía que iba a pasar. Estoy hablando a la vez de la inaccesibilidad de la memoria y de esa tensión entre olvido y memoria.

–¿Qué pesa más en esta exposición, la identidad o el paso del tiempo?

–Ambos, porque –por otro lado– me gusta pensar que estamos llenos de los pedazos de vida de los que nos preceden. Como te he dicho, la maternidad me abrió mucho el querer saber de mis orígenes, de los vínculos familiares con mis padres, mi abuela... Hay una cuestión identitaria, de buscarme en la memoria. Y luego el paso del tiempo, evidentemente, el miedo al paso del tiempo y sobre todo a la impermanencia. Ese es el tema fundamental.