Lempicka con la actriz Virginie Field en 1941. A la izquierda, el óleo «El pañuelo azul»
Lempicka con la actriz Virginie Field en 1941. A la izquierda, el óleo «El pañuelo azul»
ARTE

Tamara de Lempicka, sobre el volcán

Su fama no creció a la sombra de un marido artista. Identificada con la idea de modernidad, el Palacio de Gaviria le dedica una retrospectiva

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A diferencia de otras grandes mujeres artistas de su generación que finalmente han alcanzado el reconocimiento y el éxito popular, Tamara de Lempicka es la única cuya fama no creció a la sombra de un marido artista. Mientras que Sonia Delaunay, nacida en Ucrania en 1885, estuvo eclipsada como creadora por su marido Robert y considerada como una mera decoradora hasta la muerte de éste (acaecida en 1941), y mientras que Frida Kahlo, nacida en México en 1907, desarrolló toda su trayectoria artística a la sombra del gigantesco Diego Rivera (aunque después de su muerte es ella al parecer la que ha terminado eclipsando a su esposo); Tamara de Lempicka (Varsovia, 1898-Cuernavaca, México, 1980), alcanzó un gran reconocimiento internacional por sí misma, prácticamente desde su primera exposición, la cual tuvo lugar en el Salón de Otoño de París, en el año 1922.

Ejemplo de «vida moderna»

Perteneciente a una familia aristocrática rusa refugiada en Francia a raíz de la Revolución de Octubre, Tamara de Lempicka tomó clases de arte en París y trabajó como ilustradora en revistas de moda entre 1917 y 1922. Al igual que Sonia Delaunay, centró su interés en el diseño, la moda y la decoración, pero también alcanzó un gran reconocimiento por sus retratos de ricos y aristócratas. En París, rápidamente se dejó arrebatar por los «Felices Años Veinte» y por todo aquello a lo que Charles Baudelaire había dado en llamar «la Vida Moderna».

De Lempicka se identificó plenamente con esta idea de modernidad, que tuvo su apogeo en la célebre Exposición Internacional de Artes Decorativas de París, en 1925, en la que ella también participó como artista. Si Marinetti había decretado en 1910 que un coche de carreras era sin duda más bello que la Victoria de Samotracia, Tamara se retrata en 1929 conduciendo un elegante bugatti verde. Retrato que fue portada de una importante revista ilustrada alemana. Su reconocimiento como pintora y su éxito internacional fue fulgurante.

Pasar de moda

Es precisamente el periodo de entreguerras la época de su mayor esplendor. Pero el empuje del Surrealismo hizo mucho por cambiar los gustos, y entonces lo elegante, lo refinado y el glamur empezaron a pasar de moda. Durante la II Guerra Mundial se refugia con su segundo marido en Estados Unidos y, aunque allí sigue teniendo un gran reconocimiento entre los adinerados norteamericanos, su estrella ya no volverá a ser la misma. La aparición de nuevos lenguajes artísticos, como el Expresionismo Abstracto, consiguieron que su obra -vinculada a la moda- quedase ya por completo «pasada de onda». A la muerte de su cónyuge se trasladó a vivir a Texas y finalmente se instaló en Cuernavaca, en México, donde terminará su vida, pidiendo que sus cenizas sean arrojadas al volcán Popocatépetl. En este mismo país, en 2009, le organizaron una gran exposición retrospectiva en el Palacio Nacional de Bellas Artes de la capital.

La exposición del Palacio de Gaviria, en Madrid, constituye una interesante muestra retrospectiva de la producción de la artista. Ordenada temáticamente, presenta más de doscientas piezas, con atención especial a las artes decorativas, entre cuadros, dibujos, fotografías, mobiliario, trajes, bolsos y zapatos. La muestra además presenta por primera vez un retrato inacabado del rey Alfonso XIII en su exilio romano, descubierto por la comisaria de la exposición, Gioia Mori.