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«Sueños de revolucionario», Blasco Ibáñez, ese famoso desconocido

Una selección de entrevistas concedidas por el autor valenciano ayudan a llenar el vacío de las memorias que nunca escribió

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En una ocasión, Anatole France le dijo: «El día que usted publique sus memorias, habrá producido la más interesantes de sus novelas». Pese a que Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) nunca lo hizo, su vertiginosa vida quedó prolijamente consignada en las múltiples entrevistas que concedió a periódicos y revistas, españoles y extranjeros, de las que Emilio Sales y Francisco Fuster han seleccionado, en una cuidada edición que prologan ellos mismos, las más representativas, esas que permiten descubrir una personalidad arrolladora, poliédrica e incluso algo excesiva, del autor valenciano.

El Blasco novelista, de un éxito sin parangón entre los escritores españoles de su tiempo, queda aquí completado con otras muchas facetas a las que el propio entrevistado, el mejor publicista de sí mismo, saca punta con el relato de sus aventuras como agitador, periodista, conferenciante, editor, agente aliadófilo, guionista de sus títulos más internacionales o colono en Argentina, de donde salió casi arruinado.

Su faceta política y su desdén por lo identitario hicieron de la suya una figura incómoda para todos

De las entrevistas, muy dispares, destacan las que describen la psicología de un personaje de una ambición desmedida y una seguridad en sí mismo que le costaron algún que otro error de cálculo durante una azarosa existencia en la que experimentó la cárcel y el exilio, pero también un reconocimiento mundial que lo convirtió en millonario gracias a las ventas de unas obras que se traducían a decenas de idiomas y registraban edición tras edición al otro lado del Atlántico. De hecho, y esto apenas se conoce, Blasco Ibáñez sigue siendo hoy el novelista español más leído en Iberoamérica.

Morir de éxito

Cada pasaje del libro relativo a sus veleidades revolucionarias de juventud, a los procesos judiciales que padeció, o a sus proyectos como fundador de ciudades en remotos parajes de la geografía austral no tiene desperdicio, porque en ellos se intuye, sobre la base de la realidad contrastada, una capa de fabulación propia de quien, al fin y al cabo, vivía de la escritura, a la que dedicaba hasta dieciocho horas diarias si esa jornada no había asonada que encabezar, juicio que atender o causa que denunciar...

En realidad, de Blasco Ibáñez se cree conocer mucho pero se sabe poco, sobre todo en su querida Valencia, donde su faceta política, así como su manifiesto desinterés por los aspectos identitarios heredados de la «Renaixença» valenciana hicieron de la suya una figura incómoda para todos. Nada ha cambiado en lo sustancial desde que sus restos fueron repatriados en 1933 desde Menton, cinco años después de su muerte, a la ciudad del Turia, con una muy reciente polémica incluida a cuenta del destino del legado documental del escritor, custodiado en la Fundación que lleva su nombre.

Un cicatero presente, sin duda, para quien acabó por morir de éxito, como, en expresión genial incluida en el prólogo de este libro, valoró Julio Camba: «Admiramos a Blasco Ibáñez a pesar de todo. A pesar de su genio y a pesar de su éxito. A pesar de que algunos no lo admiren y a pesar, también, de que le admiren tantísimos».