«Corriendo por la playa» (1908)
«Corriendo por la playa» (1908)
ARTE

Los Sorollas de Pedro Masaveu

El Centro Niemeyer muestra a Sorolla de forma inédita a partir de la colección de Pedro Masaveu, su principal coleccionista

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El efecto que produce el Centro Niemeyer cuando uno se aproxima a Avilés en avión es de extrañeza. En medio de un paisaje montañoso y verde, surge una explanada de un blanco resplandeciente sobre la que se elevan los edificios del célebre arquitecto brasileño. Pese a sus grandes dimensiones, el complejo es parte de un proyecto más ambicioso, «la isla de la innovación», inspirado por el mismo espíritu que ha espoleado a otras ciudades industriales a paliar los horrores urbanísticos del pasado reorganizando el espacio en torno a un edificio emblemático. Truncado por la crisis, el proyecto quedó a medias, dejando también aquí la impresión de que entre la megalomanía y la impotencia hay solo un paso.

Todo es nuevo

La cúpula, cuyo aspecto exterior recuerda a un huevo semienterrado, es un espacio diáfano de 4.000 metros dividido en tres salas. Las tres se dedican actualmente a Sorolla. En las dos laterales se ofrece Sorolla en su paraíso, interesante muestra fotográfica sobre el artista, y Notas de Asturias, obras al óleo de factura rápida y pequeño formato que el pintor ejecutaba sobre tablillas o cartones cuando salía al aire libre. En la central, bajo el título Pedro Masaveu, pasión por Sorolla, puede contemplarse por primera vez, gracias al patronazgo de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson, la colección completa del que fue su mayor coleccionista después de Archer Huntington, fundador de la Hispanic Society of America.

Sorolla y Niemeyer tienen poco que ver entre sí. Los une la casualidad y su relación con Asturias. El primero, consagrado a la representación de un mundo luminoso y feliz, trabajó para una clientela acomodada que gustaba de un arte sin complicaciones. El segundo, comunista acérrimo (Fidel Castro dijo que en el mundo solamente quedaban dos comunistas de verdad, él y Niemeyer), tenía una visión muy crítica de la burguesía y creía en la primacía de la comunidad sobre el individuo. Curiosamente -o no tanto, porque todas las diferencias entre hombres tienden a borrarse cuando impera la autenticidad- las obras de Sorolla adquieren bajo la cúpula de Niemeyer un brillo inesperado.

Se ha optado por una solución creativa para el montaje. El resultado es impactante

A priori uno imagina que el lugar ideal para ellas sería un salón alfombrado, protegido del sol por gruesas cortinas, junto a un tapiz flamenco. Asociamos el hedonismo a los interiores elegantes, no a las salas de los museos, donde se vuelve anodino y reiterativo. Conscientes de ello, los organizadores de la exposición han optado por una solución creativa: presentar la colección de Masaveu en estructuras de hormigón y vidrio inspiradas en los caballetes de cristal que hizo Lina Bo Bardi para el Museo de Arte de Sao Paulo.

El resultado es impactante. Y no porque sea posible ver las obras por delante y por detrás (Sorolla no oculta nada, el único toque de ironía que hay en toda la exposición está en la cara de Carmen Magariños, la niña que protagoniza La primera comunión, una cara más de colonoscopia que de sacramento), sino porque, desde ciertos lugares de la sala, se ofrecen las obras juntas y, a la vez, en una sucesión de varios planos, de modo que se descubre en ellas una coherencia que difícilmente podríamos apreciar de otra manera.

Niemeyer, el poeta de la curva, quizás no se equivocó al concebir el espacio del museo como un lugar donde todo funciona mejor sin ángulos rectos.