Imagen de la Feria del Libro de Madrid de este año
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CINCO MINUTOS DE GLORIA

La soledad del escritor en la Feria del Libro

Dentro de una caseta pasan las horas en la Feria del Libro

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Hace unos días me invitaron a conversar con un escritor, cuyo nombre no voy a desvelar, en una isla remota de nuestra geografía, cuyo topónimo tampoco viene al caso, en el curso de una de las muchas ferias literarias que florecen en mayo como las setas en otoño. El autor ha publicado un libro, cuyo título ya imaginan que callaré, que no va mal en ventas para lo que están siendo las cifras en los últimos años. Él, encantado del tirón -y que dure-; yo, feliz del reencuentro porque -esto sí lo voy a confesar- nos conocemos hace tiempo. Cruzamos unos miles de kilómetros con el mar bajo nuestros pies y un viento de locos al final del camino. Llega la hora: nos sentamos a charlar sobre él y su libro delante de veinte personas aproximadamente (en su mayoría mujeres, por cierto). Todos encantados de habernos conocido en este «petit comité» que parece más un club de lectura que una presentación al uso.

Va por ustedes, escritores de soledad sonora y que sudan la camiseta libro a libro

Llega el momento en el que el autor sin nombre firma ejemplares. No serán más de quince aquellos en cuya primera página estampe una dedicatoria. Después de las millas aéreas, el viento en contra y otras inclemencias, toca hacer las maletas, y a seguir la vida: él, con su agotadora agenda promocional y yo, a mi casa. Y pienso: los autores de carne y hueso -los de «best sellers» estratosféricos tienen otra pasta- hacen más kilómetros que un viajante de comercio y venden sus productos puerta a puerta.

Hace unas horas se inauguró la Feria del Libro de Madrid. Una caseta detrás de otra. Unas en el tendido de sol y otras, en el de sombra. En su interior, agazapados tras sus títulos, esos autores de carne y hueso, y también los de otra pasta. Llega la hora de la firma de ejemplares. Unos tanto, y otros tan poco: las colas interminables que esperan a los superventas y la soledad sonora del bullicio ajeno que rodea a aquellos que no desesperan, pese a que las comparaciones resultan odiosas. Va por ustedes, escritores de soledad sonora, de kilómetros infinitos y que sudan la camiseta libro a libro.