John Grisham
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«El soborno»: Una mala partida de John Grisham

Los maestros también fallan, y eso es lo que ocurre con el último intento del escritor superventas estadounidense

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John Grisham tiene 62 años y treinta y una novelas de ficción judicial, gran parte de ellas convertidas en películas. Las cuatro primeras, Tiempo de matar, La tapadera, El informe pelícano y El cliente, publicadas entre finales de los ochenta y principios de los noventa, son las mejores. No tardaron en ser best sellers y éxitos de taquilla, ocurrió casi a la vez, y convirtieron al abogado de Arkansas en lectura imprescindible para todo aquel aficionado al género.

Al considerar su obra en conjunto, de la misma manera que ocurre con el cine de Spielberg o Almodóvar, no hay discusión: nos encontramos ante uno de los grandes, capaz de escribir con una huella propia y ese clic necesario que conecta con el lector y lo aleja de la realidad, incorporándolo a la trama como observador invisible. Sin embargo, si nos detenemos a analizar por separado cada uno de sus títulos, su prolífica producción deriva en una evidencia: Grisham también tiene novelas mediocres. Y esta es una de ellas.

En El soborno los investigadores de la Comisión de Conducta Judicial Lacy Stoltz y Hugo Hatch persiguen a la jueza corrupta Claudia McDover, acusada por un misterioso informador de enviar injustamente a un hombre al corredor de la muerte y aceptar cantidades ingentes de dinero y regalos caros por parte de una banda mafiosa, interesada en edificar casinos en las tierras de los indios tappacola. Desde las primeras páginas, disponemos de toda esta información, porque la intención de Grisham, como en el resto de sus propuestas, no es que nos desvelemos con la incógnita de quién es el asesino o la desconocida identidad de la víctima; ni tampoco se centra en los porqués de la acción, sino en el atractivo del escenario y los perfiles de sus personajes, que aquí fallan y no sostienen una narración demasiado tibia y con una endeble escenografía.

L. Stoltz no es Darby Shaw, la perseguida estudiante de derecho de El Informe pelícano, no tiene su carisma. Además, los espacios un tanto difusos que se describen en El soborno nada tienen que ver con el imponente bufete de La tapadera o los tribunales sureños de Tiempo de matar. Al revés, nos recuerdan a los decorados cutres de una serie para la tele, con mucho presupuesto pero muy mal guion.

Como en una partida de ajedrez, donde las piezas, el fin y los movimientos no varían, y la genialidad reside en la estrategia, en los «pasos de baile» con que los jugadores despliegan sus fuerzas de ataque, Grisham nos tiene acostumbrados a «trayectos narrativos» memorables y no recorridos. Lástima que no sea este el caso: en El sobornoes evidente el dominio de la técnica, pero el genio brilla por su ausencia.