Sofía Imber, durante la entrevista, en su domicilio de Caracas
Sofía Imber, durante la entrevista, en su domicilio de Caracas - Roberto Mata
ARTE

«Sin libertad no hay formas de arte que valgan la pena»

A sus 92 años, Sofía Imber, fundadora y ex directora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, no deja de ser una figura controvertida y laureada. Hoy se dedica a hilar sus recuerdos para publicar un libro sobre su vida

CaracasActualizado:

El día que Hugo Chávez la destituyó como directora del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas (Maccsi), Sofía Imber ni se inmutó. Colgó el teléfono, se tomó un café y regresó a casa. Como si ese anuncio presidencial no hubiese borrado de un plumazo 28 años frente a una de las instituciones culturales más importantes de América Latina. «Yo no lloro», ha dicho. Y aunque hay quienes la han tildado de insensible o cruel, desde que apareció en el plató de su programa «Buenos Días» después del suicidio de su segundo esposo, Carlos Rangel, ella no se quiebra. La controversia es parte de su naturaleza.

A sus 92 años, Imber (Soroca, Moldavia, 1924), prefiere no vivir de recuerdos. Sin embargo, tampoco encuentra cómo desligarse de su pasado. Su casa está llena de fotos que recuerdan su trayectoria en el museo. Obras de arte por doquier y muestras de sus más de 100 reconocimientos nacionales e internacionales por su labor como periodista y gestora cultural. «En mi vida no he hecho otra cosa que trabajar, trabajar y trabajar». Aunque su cuerpo ahora no le permita seguir esas jornadas intensas, su mente no descansa. Hoy dedica sus días a reunir todos los retazos de su historia para dejarla plasmada en un libro del periodista Diego Arroyo Gil y la editorial Planeta, que mostrará la vida de un mujer que Octavio Paz calificó como «en vías de extinción».

–Compaginó el periodismo con el arte. Primero, como directora de la revista «Crítica, Arte y Literatura». Luego, como coordinadora de las páginas de cultura de «El Universal», mientras dirigía el Maccsi. ¿No suponía un conflicto de intereses?

–Al contrario: era una unión de intereses. Porque esa es la única manera de ver el arte en todo lo que representa. El arte no es sólo las páginas culturales, no es sólo una exposición o un cuadro. Es más que todo eso.

–Sus años en Europa fueron determinantes en su camino como promotora cultural. ¿Qué encontró en el arte?

–Encontré lo que buscaba: saber un poco cada día de sus diferentes manifestaciones. Encontré muchísimas posibilidades de ver arte de todas las regiones del mundo, de diferentes pintores, escultores... Porque todo eso forma parte de la cultura.

–¿Qué la hizo pensar que de un aparcamiento y un taller mecánico podría salir un museo que se convertiría en referencia en América Latina?

No hay desastre allí; nada que lamentar. Sólo que ya no es un museo

–Conocí Parque Central y vi que había restaurantes, librerías, panaderías… Hablando con Gustavo Rodríguez Amengual (presidente entonces del Centro Simón Bolívar), le sugerí que nos diera un espacio para el arte. Me entusiasmé muchísimo, porque fue coger algo de la nada para hacer lo que uno desea. Pensaba en una galería, pero el empresario Alfredo Boulton me dijo: «Eso no puede ser una galería. Tiene que ser el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas». Y ese fue su primer nombre. Durante dos años, mi esposo Carlos (Rangel) y yo estuvimos estudiando cómo hacer algo en un pequeño espacio, porque apenas eran 600 m2. Eso era lo difícil. Claro: nunca pensé que iba a ser tan grande (risas).

–Durante su gestión, se realizaron cerca de 650 exposiciones. ¿Cuál fue la más ambiciosa?

–No diría ambiciosa. La exposición que más deseamos hacer fue la de la inauguración del museo. Costó muchísimo trabajo, pero por fortuna contamos con la ayuda de buenas amistades y relaciones con agentes del mundo del arte. Me dirigí a ellos y gentilmente prestaron las obras que cabían en el espacio.

–El museo llegó a tener cerca de 5.000. ¿Cuál fue la adquisición más valiosa?

–Todas tuvieron su dificultad, porque el Estado venezolano nunca ha sido generoso con la cultura. Tuvimos que trabajar obteniendo fondos de diversas instituciones y personas que querían colaborar. A medida que el museo fue creciendo, comenzamos a recibir ayuda, pues se iba conociendo que hacíamos una labor interesante, que no era solamente mostrar cuadros.

–Durante 28 años de gestión, logró sortear gobiernos de tendencias diversas. ¿Por qué entonces era posible hablar de continuidad administrativa?

–Porque nunca pensé que todo tenía que venir del gobierno. El gobierno debe ser atento a la cultura, pero no inmiscuirse en ella. Todo venía de personas y entidades que creían en el centro, porque cada vez daba más posibilidades de explorar.

–¿Qué originó sus desencuentros con Chávez que desencadenarían su destitución?

–No los tuvimos. Incluso Chávez vino una vez al museo sin estar programada su visita. Lo visitó, le agradó mucho y dijo que volvería. No le pedí nada para el museo. Si hubiera sido otro el presidente, sin duda que le habría pedido dinero (risas). El hecho es que yo dirigía el museo como consideraba que se hace en un país democrático. Eso no le gusta a los dictadores. La libertad. Y, básicamente, sin libertad no hay arte, ni formas de arte que valgan la pena.

–El día que Chávez la destituye por televisión usted no cambió su dinámica. ¿Cómo pudo asumirlo con tanta entereza?

Yo dirigía el museo como en un país democrático. Eso no gusta a los dictadores

–Yo pensaba renunciar en marzo. Para la destitución, trabajaba en una exposición y quería terminarla. Iba a irme igual, pero Chávez se me adelantó y por televisión lanzó mi despedida de manera brusca. Sabía que eso sucedería. Ya Chávez estaba dando demostración de lo que eran él y su gobierno. De un momento a otro, el museo sería víctima de su carácter antidemocrático.

–¿Pero llegó a sospechar que se atreverían a quitarle el nombre en un intento de borrar su legado?

–Yo pensaba en todo lo negativo posible, porque nada es extraño a las barbaridades que hacen los dictadores. Podía sospechar que vendieran los cuadros. Es un milagro que todavía no lo hayan hecho; y no lo digas porque les damos ideas (risas).

–El año pasado, después de 15, visitó el museo. ¿Qué impresión le dio lo que fuera su segunda casa?

–Escogí un día cualquiera. Me fui con el periodista Diego Arroyo y mi enfermera. No había desastre, nada que lamentar, sólo que no era un museo ya. Un museo es una afluencia de gente que entra, que sale, que se detiene a mirar, a comentar. El museo es un animal vivo. Y este lo encontré muerto. Me dio dolor por el país, como lo sentimos los venezolanos todos los días.

–El museo tiene actualmente cinco salas cerradas. Y los espacios dedicados a Soto y Cruz-Díez dejaron de existir. ¿Siente que destruyeron su obra?

–Mi obra no: el museo está ahí. El tema es que no cumple con su fin principal que es la relación con la gente, que los venezolanos acudan masivamente a ver las exposiciones o la colección permanente. El museo está al borde de algo muy desagradable: su inexistencia. Pero eso no pasará, porque creo que el venezolano tiene claro que el museo debe existir, y para el mismo pueblo. Este y otros museos.

–De usted se ha dicho de todo. Una de las opiniones que más le impactó fue la del periodista Lorenzo Batallan, quien dijo: «No hay paz para Sofía»

–No es una frase desagradable. Más bien fue un honor, porque significa que estoy siempre en actividad, en la acción, en lo que propiamente es lo mío, tratando de abarcar el mayor campo posible de actividades para que mi paso por esta tierra no sea totalmente inútil..

–¿Ni en la muerte hallará la paz?

–Pienso en la muerte como algo tremendo, terrible. Le tengo pánico como todo el mundo, pero ellos no lo dicen porque creen que no es elegante.

–Una vez comentó que había nacido reportera y que moriría así. Incluso, aseveró que sería capaz de escribir su obituario en ese momento.

–¿Yo dije eso? (risas).

–¿Sigue siendo «Sofía, la intransigente», como se conocía su columna en «El Nacional»?

–Eso te toca decirlo a ti (risas).