Houellebecq fotografiado en una de sus últimas visitas a Barcelona
Houellebecq fotografiado en una de sus últimas visitas a Barcelona - Inés Baucells
LIBROS

«Serotonina», la ceremonia de los adioses

Houellebecq irrumpe de nuevo con su último trabajo, la novela «Serotonina», que sale a la venta el 9 de enero

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Cada vez que Michel Houellebecq saca un nuevo libro, junto a los elogios de sus numerosos fans incondicionales, la artillería habitual de críticas no se hace esperar. La incomodidad y el disgusto que provoca viene de todos lados: desde la trinchera de lo políticamente correcto, la lista sería infinita. Y va desde la complacencia con Trump y sus no pocos guiños a las tesis de Le Pen a su misoginia conocida y galopante en la que la palabra puta (aunque en la actual obra aparecida, «Serotonina», se corrige y dice que ahora hay que llamarlas «escorts») lleva siempre las de ganar.

Por otro lado, sus furiosos arrebatos crepusculares, sus continuas arremetidas contra la decadencia de Occidente y ese empeño apenas disimulado en ir siempre más allá en su negrura, en sus provocaciones y en sus descarnadas exhibiciones de la miseria afectiva contemporánea, se acrecientan, obra tras otra, con distintos disfraces. Sus personajes, o creaciones replicantes, como es el caso del depresivo Florent-Claude Labrouste de «Serotinina», campeón del «preferiría no hacerlo», del «dejarse llevar» abúlicamente, que emprende una especie de ceremonia de los adioses, rememorando, e incluso intentando reencontrarse, con sus antiguas amantes -las pocas que lo hicieron feliz-, así como con el único amigo que tuvo -un aristócrata arruinado, convertido en granjero y activista por los derechos de los productores de leche normandos- están abocados tan sólo a estados letárgicos y dopados de soledad y medicación varia. Como esa serotonina, supuesta «hormona de la felicidad», que le ha sido recetada a Florent y cuyo efecto adverso más importante es la desaparición absoluta de la libido.

Orgías desenfrenadas

Mientras tanto -mientras se despide de su sexualidad- Florent, una vez abandonado su piso, liquidado a una amante tóxica japonesa aficionada en sus ausencias a orgías desenfrenadas con chicos y también con perros de todas razas, y tras renunciar a su contrato de alto nivel en el Ministerio de Agricultura, vegeta en minúsculas habitaciones de hoteles parisinos frente a televisores apagados.

Por boca de su protagonista, pone el dedo en la llaga de la actual política francesa

Unos televisores que alternan debates y participantes «con una desoladora uniformidad en sus indignaciones y entusiasmos». En ocasiones, Houellebecq, por boca de su protagonista, señala este regusto a lo «intercambiable» de la política actual francesa: «Confundía siempre "La République en Marche" y "La France Insoumise", de hecho se parecían un poco». Es decir, el partido de Macron y el de Mélenchon, equivalente al Podemos español. Ahuyentado sin cesar la esperanza de «una vida posible», Florent-Claude, que detesta profundamente su nombre, insiste en presentarse a sí mismo como alguien «simple» en un mundo complicado: «Dios me había dado una naturaleza simple, era el mundo a mi alrededor el que se había vuelto complejo». Fuente de todas las paradojas, el doctor Azote que lo atiende define su caso como el de «un estresado crónico, aún sin dar golpe».

Decadente

Dicho todo lo anterior, es indudable que Michel Houellebecq, junto al algo menos controvertido Emmanuel Carrère, al que le une una gran amistad, son los escritores con más talento que actualmente hay en Francia. Decadente y romántico a partes iguales, reaccionario a la manera de un normando chuan -como fue el también escritor Barbey d’Aurevilly, autor de «Las diabólicas»-, Michel Houellebecq desde luego nunca deja indiferente. Está dotado por la gracia de ser una imparable fábrica de ideas y opiniones, a cual más escandalosa y apocalíptica, y él lo sabe. Su lúgubre exhibicionismo es realmente brillante y nunca decepciona. Con él hay que atravesar todos los rubicones de los prejuicios.