«El hermano de Celia. Regalo de Pascuas, CXXXVI» (1933), de Serny
«El hermano de Celia. Regalo de Pascuas, CXXXVI» (1933), de Serny
EXPOSICIÓN

Serny, los rasgos de la emoción

El nombre de Serny está indisolublemente ligado a dos personajes de la literatura infantil: Celia y Cuchifritín. A esa faceta le dedica una muestra el Museo ABC

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Cuarto de los siete hijos de un magistrado, la infancia de Serny trascurriría en El Puerto -donde una calle lleva su nombre- y Córdoba, hasta que la familia recalase en Madrid en 1917. Atraído por los dibujantes de las revistas ilustradas de la época, muy en especial por Penagos, publicó su primer dibujo en el semanario Buen Humor con 14 años. Y, a partir de entonces, y compatibilizándolo luego con los estudios de Derecho para satisfacer el anhelo paterno, se embarcaría en la tarea de ilustrador, ocasionalmente humorista, en muchas de las mejores publicaciones, descollando especialmente por su virtuosismo con la línea y, aún más, por su dominio del gouache.

Su carrera, en un ambiente plagado de sobresalientes dibujantes, no pudo ser más meteórica y hoy siguen deslumbrando algunos de sus trabajos en color para revistas como Buen Humor, Nuevo Mundo o Argos.

Pero si hay una actividad en la que me gustaría hacer hincapié en los años anteriores a la Guerra Civil es en la de cartelista, tanto por sus obras para el entonces importantísimo baile de máscaras del Círculo de Bellas Artes (en cuyos concursos de 1932, 1933 y 1934 ganó el primer premio), como por sus carteles cinematográficos de los años treinta, entre los que nos dejó algunos tan sensacionales como el de París Mediterráneo (1932), o El Testamento del doctor Mabuse (1934), que le sitúan como uno de nuestros mejores creadores de esa vertiente artística, junto a Enrique Herreros y Josep Renau, y que seguramente es lo que llevó al crítico José Francés a escribir en 1931 que Serny era «el Toulouse-Lautrec de nuestra época», no tanto por una afinidad con el estilo del galo -que no la hay, aunque también se empeñara en ello César González Ruano-, sino por su dominio casi innato de ese lenguaje.

José Francés llegó a escribir en 1931 que Serny era «el Toulouse- Lautrec de nuestra época»

El otro momento álgido de su carrera en aquel período se produce cuando Prensa Española le encarga asumir las ilustraciones de ese personaje mágico de la historia de la literatura infantil española, Celia, de 1932 a 1936, en las páginas de Gente Menuda, primero sección y luego suplemento de Blanco y Negro. Las aventuras de esta niña, fruto de la imaginación de Elena Fortún (1886-1952), habían contado inicialmente con el auxilio de Regidor, que, pese a su innegable destreza técnica, era un dibujante estéticamente demasiado decimonónico para dialogar con unos textos en que, casi por vez primera en nuestras letras, se podía percibir el desconcierto con que la infancia responde a la lógica de los adultos.

Simbiosis total

La perfecta correspondencia entre la escritora y los gouaches del dibujante, en total estado de gracia, es uno de los casos de mayor simbiosis que yo he conocido. No me sorprende, pues, que cuando el editor Manuel Aguilar decidió convertir aquellos relatos en libros recurriera a Serny para iluminar los correspondientes a las andanzas de Cuchifritín, el hermanito de Celia, y que, tras la Guerra, se siguieran sucediendo las ediciones, algunas de ellas redibujadas por nuestro artista. Como también me parece un acierto de la comisaria de la muestra en el Museo ABC, Begoña Summers, notable pintora y nieta del artista, y quien mejor ha estudiado su obra, que haya hecho de la exhibición de un notable número de originales de esa serie -menos familiares para el público que las imágenes de los libros- la médula espinal de la exhibición.

La guerra truncaría todo aquel camino cuando, sabiéndose amenazado por haber creado carteles en 1936 para Acción Popular, tuvo que refugiarse en la Embajada Francesa y posteriormente en el Liceo Francés, hasta el momento de poder pasar a Francia desde Valencia, para regresar enseguida a la zona controlada por los nacionales (a San Sebastián, donde se alistaría en el ejército de Franco, y, tras una estancia en Villanueva de la Serena y en Sevilla). En la capital andaluza trabajaría con Jardiel Poncela, y allí inició su colaboración con algunas publicaciones de los sublevados, en varias de las cuales denunció las tropelías llevadas a cabo por los republicanos en las ciudades en su poder.

Destellos geniales

Terminada la contienda, se casó en Madrid con María del Milagro Dal-Ré, con la que tendría seis hijos, y seguiría ilustrando hasta casi el final de sus días, con destellos de su genialidad juvenil (como los dibujos de 1957 en esta exposición para La señora Chapirulina. Memorias de una hormiga, de Matilde Ras, otra pionera de nuestra literatura infantil), y realizando carteles y algún mural, pero prefirió concentrarse en la pintura, iniciada antes de la Guerra, preferentemente el retrato infantil (en un tiempo se le calificó como «el pintor de los niños»), el femenino y la recreación del universo del carnaval, situándose en un territorio pictórico tan complaciente como a menudo anacrónico.

Hay, sin embargo, una actividad que quiero resaltar de aquellos años: su tarea como director artístico, de 1947 a 1952, en la revista Bazar, editada por la Sección Femenina, donde tanto él como muchos de sus compañeros mantuvieron bastante de aquel espíritu gráfico innovador que alentaron los tiempos republicanos, y cuya importancia, por las connotaciones ideológicas, no ha sido suficientemente valorada.

En 1984 sus paisanos le nombraron académico de la Academia de Bellas Artes de Santa Cecilia de El Puerto de Santa María y su última exposición pictórica tuvo lugar en 1993 en la galería Rubens, en Vitoria, dos años antes de su muerte.

Y, aunque entre nuestros dibujantes ocupa un lugar de honor, uno no puede dejar de preguntarse cómo habría sido su evolución a partir de 1939 si el ambiente estético hegemónico hubiese sido distinto al que fue.