Detalle de uno de los puestos del Rastro con las lonas de Antonio M. Xoubanova
Detalle de uno de los puestos del Rastro con las lonas de Antonio M. Xoubanova
ARTE

Seguirle el rastro a 3.000 imágenes

La muestra «Archivo Rastro», proyecto para la Universidad Complutense, invita a diferentes artistas a sumergirse y dar una segunda vida a negativos encontrados en el mítico mercado madrileño

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Posiblemente, pocos mercados de pulgas tengan tanto encanto como el de Madrid. Hasta tal punto que se diferencia de los demás por poseer un nombre propio -el Rastro-, en alusión a los trazos (los rastros) que dibujaban con su sangre los animales que eran arrastrados desde los mataderos de la capital, que en el pasado se ubicaban en su actual emplazamiento.

Un Rastro -con todos sus rastros- que no solo ha seducido a escritores (el último, Andrés Trapiello), sino también a artistas y comisarios. Aquí nace, sin ir más lejos, un peculiar archivo que en 2016 comenzaron a conformar Louis-Charles Tiar, Cati Bestard y Marta Sesé. Hasta ahí se desplazaban cada domingo (y lo siguen haciendo) para hacerse con los negativos fotográficos y las diapositivas de autores anónimos que pone a su disposición este «gran almacén» en forma de mercado popular al aire libre, con los que se puede escribir una Historia, otra y alternativa, de la fotografía en nuestro país.

«Hay a quien le sorprende que nos interesemos por estos materiales, y no por fotos en papel -explican sus propietarios-. Sin embargo, estos soportes también son interesantes porque cuentan con su propia historia y sus propios “rastros”: ese polvo u hongos de algunos negativos; los rasguños de las diapositivas o los textos escritos en sus marcos. Hay que añadir además su grandísimo potencial, pues ofrecen la posibilidad de ampliar, de digitalizar sus contenidos, a lo que se suma que son materiales muchísimo más baratos a la hora de adquirirlos. Algunos nos los han regalado. Los comerciantes del Rastro le daban más importancia a las cajas que los contenían, algunas de las cuales escondían hasta 150 negativos», reparan.

En la actualidad, el Archivo Rastro de Tiar, Bestard y Sesé cuenta con más de 3.000 originales (escondidos en la habitación de uno de ellos, confiesan), de los que se han digitalizado casi la totalidad. Desde sus comienzos, a sus responsables les movió la inquietud de analizar qué ocurre cuando todo ese material, sin autor definido, y al que sus dueños le dan una lectura personal, es ofrecido como herramienta a los demás.

Una buena respuesta a esa pregunta se la da ahora una exposición homónima, con sede en el espacio C Arte C de la Universidad Complutense de Madrid, resultado de poner sus fondos a disposición de un nutrido grupo de artistas, no solo fotógrafos, seleccionados bien por estar interesados en la idea de archivo, bien porque trabajan con alguno o porque han llegado a generar el suyo propio.

Sus aproximaciones son tan heterogéneas como los contenidos de los materiales originales. Las hay, como la de Ferran Pla o Cristina de Middel, que casi se realiza de forma tangencial. Esta última, con su humor habitual, selecciona cuatro imágenes para «ilustrarlas» y cuestionar su sentido artístico. Otros, como Félix R. Cid se sirve absolutamente de todas, agrupándolas por su naturaleza en color o blanco y negro y fusionando en una única pieza su información, dando pie a obras casi pictóricas.

«La del Barrio», de Cristina de Middel
«La del Barrio», de Cristina de Middel

Autores como Antonio M. Xoubanova apuestan por lo tridimensional. Con él se inicia el recorrido porque su propuesta es un guiño al origen de todo, generando un puesto del Rastro al imprimir las imágenes que le han interesado sobre las lonas que estos usan en su construcción. O Cristina Mejías: Dos proyectores enfrentados proyectan hasta 300 diapos sobre la misma superficie translúcida, lo que genera una reclasificación del archivo tan mecánica como descontrolada. Miguel Ángel Tornero o Rafa Doctor (coleccionista de fotografía anónima) les acompañan en la cita.

Mirada digital

Si la muestra recala en la Complutense es porque sus artífices ganaron la II convocatoria del programa Conexiones, lo que les dio pie, en un gesto con la institución, a generar su propia convocatoria para incluir a estudiantes: «Eso ha permitido la entrada de Nicholas F. Callaway y Colectivo Pipol, y constatar cómo las nuevas generaciones tienen una aproximación a lo digital más clara». Así, mientras el primero analiza el concepto de «serie» dentro del archivo, apuesta además por el vídeo o los gifs animados, mientras los segundos, con una veta instalativa, generan perfiles falsos de Instagram con imágenes del Rastro.

No es éste el primer experimento de los comisarios con su conjunto. Ya en su día hicieron otra convocatoria desde la revista Madriz -que editan- solicitando imágenes del Cielo de la ciudad (de ahí su nombre), y que acabó en un libro. Quizás sí el más ambicioso (y en verano llegará a Barcelona, donde Tiar se estrena como galerista), lo que invita a sus responsables a formularse un montón de preguntas: ¿Es compatible lo analógico con lo digital? Por descontado, dado que son dos palos de la misma Historia. ¿Es cuestión de edad el que se apueste por lo analógico? Tal vez, más bien, una reacción a la aceleración resultado de un consumo masivo de imágenes. «Nuestro archivo no parte de un impulso romántico por el soporte, aunque es inevitable que también se dé. Quizás, con 20 años menos, coleccionaríamos discos duros. Paradójicamente, para poder compartir los contenidos ha habido que digitalizarlos». ¿Se podría abrir el asunto a otros mercadillos?: «El proyecto nació en Madrid y vincula a artistas “de” Madrid. Nos hemos resistido a incluir otros rastros porque no hemos encontrado justificación». El conjunto sigue creciendo. Seguiremos su rastro.