Ian Bostridge (de pie), autor de este ensayo, durante uno de sus recitales
Ian Bostridge (de pie), autor de este ensayo, durante uno de sus recitales
MÚSICA

Schubert, la vida como invierno

El tenor Ian Bostridge nos acerca, con un tono heterodoxo y vital, a una de las obras cumbre del gran compositor vienés

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« Winterreise», «Viaje de invierno», es para muchos la cumbre de la escritura «liederística» de Franz Schubert (Viena, 1797-1828). Está compuesto por veinticuatro canciones infinitamente tristes, todas obras maestras. Schubert las escribió en el último año de su vida, cuando sabía que el tratamiento con mercurio que estaba siguiendo para curar su sífilis no había conseguido detener el avance de la enfermedad y que el final era irreversible.

Los poemas de Whilhelm Müller (Dessau, 1794-1827) cuentan veladamente la historia de un joven que, después de un desengaño amoroso, vaga por los caminos a través de un paisaje invernal. Seguramente el joven era preceptor de una muchacha, de la que se enamoró. Era correspondido, e incluso la madre estaba a favor del matrimonio. Ya no sabemos más, pero podemos imaginar el resto: el padre no vio con buenos ojos que su hija se uniera a este don nadie, y el joven se quedó sin amada y sin trabajo. Esta era una situación corriente en la época, y también el tema de «La nueva Eloísa», la célebre novela epistolar de Rousseau, que fue uno de los grandes «best sellers» del romanticismo temprano. También Franz Schubert se enamoró en un par de ocasiones de muchachas de la aristocracia a las que servía de profesor de música.

Curiosidades

El tenor británico Ian Bostridge (Londres, 1964) es uno de los más renombrados cantantes de «lieder» de las últimas décadas y ha interpretado este ciclo muchas veces, pero su librono es en absoluto un ensayo musicológico. Bostridge, que afirma varias veces que no posee una educación musical profunda, se propone sobre todo comprender la creación de Müller y Schubert en toda la amplitud de sus resonancias culturales, biográficas, filosóficas y sociales. El método de Bostridge es notablemente heterodoxo y vital, y rehúye el tono de la erudición o del ensayo. Cada capítulo, dedicado a una de las veinticuatro canciones, aborda temas distintos y sorprendentes, ahonda en la vida de los creadores o se adentra en la historia, la ciencia y en el arte de la época, viaja al presente, añade digresiones políticas o estéticas, y acumula todo tipo de curiosidades y de informaciones pintorescas.

Resulta muy interesante la evocación del período Biedermeier en que fue compuesto el ciclo y también del ambiente de la Austria de Metternich, una época de vuelta del absolutismo en que cualquier actividad intelectual o artística estaba sometida a censura y sospecha.

Bostridge ve con cierto escepticismo la admitida tesis de que Schubert fuera homosexual

Es fascinante enterarse, por ejemplo, de que en la Austria de la Restauración había enormes dificultades legales para contraer matrimonio. Solo las personas con una sólida posición económica podían hacerlo, lo cual explica, en parte, la desolación del caminante sin nombre y también la situación de tantos hombres jóvenes, como el propio Schubert, para los que la idea de formar un hogar era un sueño irrealizable.

Digamos, por cierto, que Bostridge ve con cierto escepticismo la tesis, generalmente admitida, de que Schubert fuera homosexual.

Sería imposible resumir siquiera la inmensa variedad de temas que se tratan en este libro. Bostridge resume la curiosa teoría de Zizek que pone en relación las imágenes, sensaciones y elementos narrativos de «Winterreise» con la campaña rusa durante la Segunda Guerra Mundial, y estudia la importancia que tiene el nuevo sentido de la velocidad, de los horarios y de la medición del tiempo en los servicios postales (algo que siempre hemos relacionado con la aparición, unos años más tarde, del ferrocarril).

Rincones y bellezas

Por otro lado, asimismo, reflexiona sobre la soledad y sobre el frío y dedica páginas interesantísimas al clima y al cambio climático; sobre el hielo y los cristales de hielo como origen de la vida, una de esas ideas «supersticiosas» que la moderna ciencia parece ahora confirmar; sobre los glaciares y el descubrimiento de la verdadera antigüedad de la tierra, y pone en relación, en un capítulo brillante, la cabaña de un carbonero que aparece en medio del paisaje, con la sociedad secreta de los Carbonari, uno de los muchos grupos que se oponían a la ideología absolutista y que contaban con la simpatía del poeta Müller y también, aunque no de forma tan abierta y explícita, con la del músico Schubert.

Este es un libro lleno de rincones y de bellezas. El pequeño ensayo sobre la importancia de la trompa en el romanticismo alemán resulta tan iluminador que casi nos hace añorar un estudio completo en forma de libro de este tema aparentemente infinito.

Hemos de sufrir sin embargo, como parece inevitable, las consabidas interpretaciones delirantes que relacionan al romanticismo (creador de la revolución, de los derechos del hombre, de la idea del «intelectual comprometido», de la idea de arte de vanguardia, de la idea de «pueblo», defensor de la libertad, descubridor del inconsciente, etc.) con el nazismo. En cuanto a la traducción de Luis Gago, solo puede decirse que es ejemplar.