Sara Ramo, fotografiada en su instalación en el Museo Reina Sofía
Sara Ramo, fotografiada en su instalación en el Museo Reina Sofía - Isabel Permuy
ARTE

Sara Ramo: «Me interesan las cosas invisibles, las desechadas»

Un doblete de proyectos en el Museo Reina Sofía y la Sala Alcalá 31 traen a Madrid la mirada intimista y teatral de la hispanobrasileña Sara Ramo

MadridActualizado:

La hispanobrasileña Sara Ramo (Madrid, 1975) anima la vuelta de vacaciones en la capital con un doblete de exposiciones: « lindalocaviejabruja», que forma parte del Programa Fisuras del Museo Reina Sofía, y « La caída y otras formas de vida», que ocupará la Sala Alcala 31 a partir del próximo día 12.

¿Cómo ha surgido el hacer estas dos exposiciones simultáneamente en Madrid?

Ha sido una casualidad, la verdad. A los pocos días de recibir la invitación del Reina Sofía a participar en Fisuras me llegó la confirmación de que Alcalá, 31 había aceptado el proyecto que les envié. En un principio pensé en pasarlo para años distintos, pero por problemas de agenda se acabó decidiendo que hiciera las dos a la vez.

Al tener que montar ambas a la vez, ¿han acabado influyéndose mutuamente?

Estoy en un momento de mi trabajo en que todo se influencia mucho, porque estoy haciendo una especie de «collage» gigante de todos mis pensamientos y mis obras. Así que sí, al final hay muchas infiltraciones.

En el proyecto para el Reina Sofía, ya inaugurado, hay incluso ecos de una obra que realizó en sus tiempos de estudiante de Bellas Artes, en Belo Horizonte

Esta es una exposición muy fragmentada, con guiños a obras mías anteriores. Por ejemplo, el papel de pared con una mancha amarilla casi invisible viene de un trabajo titulado «Anunciación», que fue una de mis primeras obras; en ella coloqué un papel de pared en un lugar que luego fue invadido por gente sin hogar. Y los caramelos vienen de « La casa de Hansel y Gretel», mi instalación para la Bienal de Venecia de 2009. En ese sentido es una exposición de síntesis. Pero también es una exposición muy sencilla: las personas entran y no ven mucha cosa, es más para quien vaya a estar bastante atento.

«El teatro es donde podemos colocar todas las cuestiones, simular la vida»

El propio título de la exposición, «lindalocaviejabruja» es también en si mismo un «collage». ¿Pretende deconstruir esas visiones de la mujer, o reclamarlas?

Confieso que hubo momentos en que creí que el título debería incluir otras palabras, como «puta» o «muerta». Pero me pareció demasiado pesado. Así que creo que lindalocaviejabruja resume unas fases por las que la mujer pasa inevitablemente y por las que ha pasado a lo largo de la Historia: de linda a loca, de loca a vieja y de vieja a bruja. Las reclamaría, en todo caso, juntas y desordenadas, absurdas e incomprensibles.

Ambas citas ocupan espacios muy «institucionales»: la llamada Sala de Protocolo del Reina Sofía, y Alcalá 31, que fue la sede de un banco, y donde aterriza la semana que viene. ¿Cómo ha afrontado apropiarse de dos lugares como esos?

Ha sido un incentivo para mí. En la Sala de Protocolo, por todo lo que significa, hacer algo que tiene que ver con lo sucio, con lo extraño, con lo que ves pero no ves, ya me parece en sí algo bastante interesante. Pero, además, cuando esto era un hospital, esa era la sala que se utilizaba para guardar las sábanas y para planchar. Y en Alcalá, 31 –el antiguo Banco Mercantil e Industrial– he hecho una cosa mucho más directamente relacionada con el espacio arquitectónico, jugando mucho con esas columnas extrañas suyas que tienen algo de sustentación y algo de ostentación. He pensado mucho también en esa idea de banco, de construcción de nuestro mundo basado en esa economía.

Por qué lo titula «La caída y otras formas de vida»?

Es una apuesta por formas de vida más invisibilizadas, más sutiles. Lo hice pensando en todos estos nuevos gobiernos autoritarios, en lo que ha pasado en la política brasileña y en el auge de grupos ultraconservadores. Históricamente esto es algo que se repite, pero asusta que se repita después de todo lo que supuestamente se ha avanzado, de lo que hemos reflexionado. Que de repente se vuelva al odio hacia las mujeres, hacia las minorías étnicas. Es algo que me ha impactado mucho en estos últimos años. Y creo que «La caída y otras formas de vida» trata sobre eso: hay algo teatral, como de escenario, pero también formas de resistencia.

Ambas obras tienen un toque muy escenográfico. ¿Cree que el arte ha de ser teatral?

En mi caso, hay mucho de teatro porque fue una actividad que hice desde niña. Y también por mi manera de ver las cosas, ese límite entre la ficción y la realidad que en el teatro queda muy bien plasmado. En el teatro podemos representar la vida, podemos colocar todas las cuestiones. Es una simulación de la realidad y a veces es más que la realidad misma. A mí me interesan mucho autores como Artaud o Beckett, me han influido mucho. Incluso Ibsen. No creo que mi trabajo tengan que ser obras de arte totalmente finalizadas, me gusta mucho más el tema del escenario, porque me parece mucho más dinámico, más móvil, tiene una autonomía más viva.

«Veo en la mujer un dolor de cuerpo fragmentado. Hemos sido esclavas»

Es muy interesante en su obra el uso de materiales que podrían considerarse de desecho: retales, cartones… ¿Por qué le atraen?

La verdad es que no lo sé. El caso es que voy por la calle, veo una basurilla y me interesa. No sé de dónde me viene, pero es una especie de obsesión y creo que pasa hasta en el interior de mi trabajo, que es siempre un reciclaje de cosas, un reutilizar, coger una obra que había usado para una cosa y usarla para otra. Me interesan las cosas invisibles, que no se notan mucho, las cosas que la gente ya no quiere. Esa potencia de reanimar.

Hablando de cosas invisibles, en «lindalocaviejabruja», la figura femenina está medio oculta. Por ejemplo, el pelo que asoma bajo la puerta de un armario, o las figuras del vídeo tras un telón de retales. ¿Por qué esa elipsis?

Sé que esto es algo que muchas feministas van a cuestionar –y entiendo por qué–, pero cuando Lacan dice que la mujer no existe, lo que yo interpreto es que es verdad, porque lo que conocemos como mujer ha sido algo que ha existido sobre el dominio patriarcal. Entonces, la mujer en sí –hasta que no esté en igualdad de condiciones y hasta que no se la considere tan capaz y tan inteligente y tan dueña de su cuerpo como a un hombre– no existe; ella se inventa a sí misma, se rehace y se deshace. Por eso he pensado tanto en la idea del fragmento y del «collage», porque yo veo en la mujer un dolor de cuerpo fragmentado. Creo que, en general, se le da poca importancia a todo el contexto histórico: nosotras hemos vivido en la esclavitud, más esclavas que ningún otro ser humano. Cuando en África existían reinos, antes de que les hiciesen esclavos, nosotras las mujeres ya éramos esclavas. No hemos salido nunca de esa condición de semiesclavas, de semicosas, de objeto. Pero ya hemos empezado a considerarnos desde el lugar de la subjetividad. Es este un movimiento que yo creo que ya es imparable.

¿La mujer ya se ha establecido como sujeto?

No, no, no. Aún no se ha establecido como sujeto, pero empieza a cuestionarse y a cambiar el punto de vista, se quiere ver como sujeto. Los jarrones que forman parte de «lindalocaviejabruja» los incluí porque existía algo llamado bucarofagia: las mujeres se comían el barro de los jarrones para estar más pálidas. Era una especie de droga a la que se enviciaban y al final se les obstruía el hígado. Esto nos parece una barbaridad, pero en realidad nosotras seguimos quitándonos costillas, grasa… Y no lo digo como si yo fuera la liberada, yo estoy como todas o peor. La mujer sigue muy condenada a ser lo que se busca de ella.

Ha comentado que su obra se basa mucho en la idea de la magia, de la maravilla. ¿Cree que el arte es el refugio de esas cosas frente a un mundo tan racional, tan estructurado?

Creo que el mundo está dejando de ser racional y estructurado, se está volviendo al oscurantismo. En Brasil se está cuestionando por parte de los propios gobernantes que la Tierra sea redonda y están diciendo que el problema es que la religión evangélica no entró lo suficiente en la ciencia para cuestionar que la teoría de la evolución. Yo diría que estamos entrando en otro momento histórico. Ya no va a ser más el momento de la ciencia. Aunque no hablaría solo de la ciencia, sino de una economía y una sociedad patriarcal y capitalista que informa la ciencia y que ahora va a tener que experimentar otras formas y otras posibilidades, porque nos está ganando el verdadero oscurantismo. Como estamos en este momento tan extraño, creo que sí es verdad que mi trabajo busca entrar en formas de percepción y de subjetivación que no son tan directas y por eso tienen un toque más mágico. Pero en esto hay también una crítica social y política. Para mí el arte no es nunca un refugio, aunque a lo mejor sí es lo que me hace sobrevivir. Pero me cuesta mucho imaginarme un artista feliz, porque creo que los procesos creativos son muy duros y muy complejos. Pero es cierto que los museos, el arte, el cine o la literatura pueden ser un refugio para el ser humano, una manera de salvarse, de reflexionar y de que estemos conectados con ideas más interesantes.