Santiago Lorenzo
Santiago Lorenzo - Inés Baucells
LIBROS

Santiago Lorenzo: Todos somos asquerosos

La última novela de Santiago Lorenzo, repleta de hallazgos, muestra su pasión por los inadaptados y una aversión mal disimulada por los «mochufas», que lo empuja a preferir la soledad

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Ya nadie llamaba asqueroso a nadie. Era un adjetivo perdido, confinado a la crítica gastronómica infantil, aunque no es difícil detectar un sutil reverdecimiento del término ni aventurado atribuirlo a la última novela de Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964). El autor, como su protagonista, tiene antecedentes sin confirmar. En el cine perpetró Mamá es boba, película de un talento desgarrador, inadaptado. Una obra de culto, vaya, título honorífico que no logró certificar con Un buen día lo tiene cualquiera. Entre los libros se le nota menos el desarraigo congénito, pero ha sido capaz de publicar una historia sobre un terrorista del Grapo que no puede cobrar un billete de lotería por carecer de DNI (Los millones) y otra sobre tres hermanos que odian las tablas y heredan un teatro (Los huerfanitos). El personaje central de Las ganas, se pueden imaginar, no era más feliz.

Los asquerosos muestra a su sosias -él mismo vive en una aldea segoviana semiabandonada, cuyo nombre se niega a desvelar- «metido hasta las trancas en la empresa suprema de hacer a cada momento solo lo que quisiera hacer». Es mejor no conocer de antemano los pormenores de cómo llega hasta su nirvana, después de vivir un infierno laboral -toreando las quejas telefónicas de los clientes de una de esas empresas que todos sufrimos- y de un incidente con un policía que lo empuja al destierro.

Se ha comparado a su Manuel con Robinson Crusoe e incluso con los personajes de Theroux, pero la huida del antihéroe español es más interior y radical, al amparo de la España vacía. Por ahí se parece más a los disparatados hijos de Eduardo Mendoza.

No al aburrimiento

Manuel se convierte de la noche a la mañana en millonario o, para ser más preciso, rico en tiempo, que al contrario que el dinero sí tiene límites. «Lo bueno no era que con tantas horas por delante pudiera hacer lo que le saliera de los cojones. Lo bueno era que no paraban de salirle cosas de los cojones todo el día», precisa el autor. El aburrimiento no es una opción. Muy al contrario, el personaje disfruta de un tiempo eterno, «sin salpicaduras sociales». Su felicidad es tan terminal que acaba por sentir envidia de sí mismo.

El relato está plagado de hallazgos lingüísticos, marca de la casa, todo ello en el poblado ficticio de Zarzahuriel, un Macondo al revés, donde mata el tiempo, o le da vida, de las más diversas maneras. Se entrega a la lectura «austral», se inicia en la agricultura y juega «en ajedreces en los que llevaba las blancas y las negras». Pero lo que termina de convertir en adictiva esta novela singular es el ritmo y la intriga, aliñados con un humor zaino, de incorrección suicida.

Tal es el ataque contra las convenciones que el lector puede optar por afiliarse a los ofendiditos o abandonarse a su evasión reconfortante, terapéutica, que un autor más avispado y menos ambicioso habría exprimido como autoayuda. El toque coelhiano estaba ahí mismo, tentador: Manuel descubre la «desnecesidad» y lleva al extremo la máxima de que no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita.

Lorenzo es consciente del riesgo mayor, que su público se identifique como «mochufa» o «desnormal», que le agarre aprensión al texto y tirria a su autor, tan explícitos son los aguijonazos. «Lo siento mucho si te he ofendido. Pero a mí no me toques», apostilla, antes de concluir que todos somos, como mínimo, «candidatos a asquerosos».