Imagen de la obra de Rivane Neuenschwander
Imagen de la obra de Rivane Neuenschwander
ARTE

Santa Teresa, a la luz del arte del siglo XXI

La revisión desde el arte actual de la figura de Santa Teresa, en su quinto aniversario, se lleva a cabo, paradójicamente, en el Museo Nacional de Escultura. Así es «Nada temas»

ValladolidActualizado:

La exposición «Nada temas, dice ella. Cuando el arte revela verdades místicas», que comisaría Rosa Martínez en el Museo Nacional de Escultura, retoma el problema de «lo espiritual en el arte» con la convicción de que estamos en un momento estético en el que se ha producido lo que Catherine Grenier llama «revancha de las emociones». La figura de Santa Teresa de Jesús escribiendo, realizada por Gregorio Fernández en 1625, nos introduce en un recorrido de obras excelentes que, sin caer en la ilustración literal, van planteando singulares aproximaciones al fenómeno místico, con un claro hicapié en el factor diferencial femenino.

En cierta medida, el laberinto sutil e hipnótico, realizado con hilos de algodón, de Soledad Sevilla marca el tono poético más intenso en esta peregrinación al «espacio interior de las cosas». Michel de Certeau señaló que la experiencia mística tiene a menudo el aspecto de un poema que se «oye», como se entra en la danza. El cuerpo es «informado» (recibe la forma) de lo que le pasa mucho antes de que la inteligencia se dé cuenta. La mística, con su exceso y ebriedad, describe, como hiciera Teresa de Ávila en su visión total de «Las moradas», una experiencia del máximo valor. Comentándolas, Heidegger subrayó la exigencia de tener siempre a la vista lo más interior y el conjunto del castillo, «no el mero sucederse y ensamblarse de las habitaciones», para tener una visión total y comprehensiva.

Un recorrido excelente que plantea singulares aproximaciones a lo místico y lo femenino

Puede que, como Jacob Boehme apuntara, la raíz de todos los misterios sea el «abismo-sin-fondo» del que brotan todos los contrastes y principios discordantes: la dureza y la suavidad, la severidad y la indulgencia, lo dulce y lo amargo, el amor y la pena, el cielo y el infierno. Regresamos a la ambivalencia de lo sagrado que permanece como un resto en una contemporaneidad que es abismal.

La fe mueve montañas

En el Palacio de Villena nos elevamos por la escalera «pirotécnica» de Cai Guo-Qiang; contemplamos paisajes sublimes y artificiosos de José Ramón Ais; asistimos a la liberación de un conjunto de adolescentes atadas por sus trenzas en el vídeo de Eglé Rakauskaité; entramos a formar parte de la estancia ocupada por las sombras del cubo ornamental, inspirado en La Alhambra, de Anila Quayyum Agha; apreciamos la intensa performance que Eulàlia Valldosera realizó en la Cisterna de Estambul en 1997; sentimos el peso opresivo que la mujer soporta en las fotos de Pilar Albarracín; disfrutamos de la escritura quebrada de Waqas Khan... Unas insulsas cerámicas de Miquel Barceló quieren ser alegoría del cuerpo dolorido. Escuchamos la respiración o el éxtasis gracias a la pieza sonora de Nikos Navridis. Atravesamos a cámara lenta el muro de agua en el vídeo de Bill Viola, o volvemos a reconocer el ingenio de Francis Alÿs, con su acción en la que, junto a 500 personas provistas de palas, demostró que la fe mueve montañas.

Atravesamos «moradas» cargadas de emoción y no exentas de tono crítico queconducen hasta unas paredes tapizadas con dibujos de Josefa Tolrà, una médium que en Cabrils, a mediados del siglo pasado, dio rienda suelta a unas «fuerzas fluídicas» que parecen tejidos cargados de deseos bondadosos.

El laberinto sutil de Soledad Sevilla marca el tono poético de esta peregrinación

La mística nos lleva a otra morada más incómoda, a un sitio donde experimentamos el abandono o, en otros términos, un dejar paradójico: «Dejar a Dios por Dios». Una tradición antigua llama a salir de la casa del padre para recorrer el afuera y desplegar el duelo de una intimidad. El desierto está en el interior; «dejar a Dios» se convierte en el principio de la desapropiación perfecta. La aridez interior y la desertificación surgen, como todo, por amor a Dios. La gloria (eso que se vigila en silencio) tiene en el centro un vacío. La plenitud del vacío, en la clave de cierta mística oriental, puede apreciarse en la intervención de Anish Kapoor en el Colegio de San Gregorio, al colocar un espejo circular cóncavo de color rojo junto al imponente Cristo yacente de Gregorio Fernández. En estas hermosas salas, donde están instaladas las obras barrocas del Museo Nacional de Escultura, también se han dispuesto unos vídeos de Kimsooja y Marina Abramovic que pasan un tanto inadvertidos, y la conocida escultura «Arch of Hysteria» (1993), de Louise Bourgeois, magníficamente ubicada junto a un demonio del siglo XVIII.

Vanidad de vanidades

En la Casa del Sol, que acoge la colección de reproducciones de esculturas de la Antigüedad, se proyectan los vídeos de Cristina Lucas -destruyendo a mazazos una réplica del «Moisés» de Miguel Ángel- y Rivane Neuenschwander -que graba una pompa de jabón que recorre su estudio en lo que acaso sea un recuerdo de la vanidad del «homo bulla»-.

En los «Cuadernos», Wittgenstein señala que la tendencia hacia lo místico proviene de la no satisfacción de nuestros deseos por la ciencia. Recordemos el silencio final del «Tractatus», que tal vez no sea el mero callar ante la evidencia de la lógica o de la ciencia, sino el combate por algo que, queriendo ser expresado, siempre se retira o se demora y permanece inexpresado. Recuerdo estas ideas al aproximarme a esa obra de Bruce Nauman sobre la tarea de los artistas como seres destinados a revelar al mundo verdades místicas, neón canónico que abre la exposición. Tal vez esa respuesta plástica a un anuncio de cervezas sea un justo freno a las tendencias sublimadoras de la cultura, aunque en ningún caso pueda amparar un cinismo que nos dejaría en el pantano de la banalidad. A veces sólo se trata de decir algo estúpido, una frase grandilocuente en la que, a pesar de todo, creemos.