Uno de los depositos de la Biblioteca Nacional
LIBROS

Sánchez Rivero, un alma fina en la Biblioteca Nacional

Esta institución se conoce también a través de los estudiosos que trabajaron en sus dependencias, como Ángel Sánchez Rivero

Actualizado:

Desde que en mayo de 2010 la Biblioteca Nacional de España fuera incomprensiblemente degradada, ha perdido más del 40% de su presupuesto, un centenar de trabajadores y cerca de una tercera parte de sus lectores presenciales. Cuatro años después recuperó su condición administrativa de dirección general, pero nunca volvió a ocupar el lugar preponderante que había ostentado en el panorama cultural español. En 1980 recibió a 350.000 lectores; hoy no llegan a 95.000 y la tasa de ocupación de las salas no alcanza el 25%. Bien es cierto que se han multiplicado las consultas de los fondos digitalizados, cada día más abundantes, aunque para eso no hace falta una Biblioteca Nacional sino una «web» potente: internet posee los saberes y las herramientas de los que la tricentenaria institución carece. Galeón a la deriva –según la descripción de un exdirector–, intenta trocar a los lectores por espectadores de las múltiples exposiciones y actos. Se presenta estos días en el hall principal de los lectores –cada vez más arrinconados– una polémica exposición sobre Leonardo cuyo comisario es una estrella de la televisión.

Durante los últimos 120 años, la Nacional fue lugar de encuentro de investigadores, eruditos y bibliotecarios que sentaron las bases de una exigencia intelectual que en nuestros días se ha orillado irremediablemente. La editorial Pre-Textos ha tenido el acierto de recuperar la obra de un autor olvidado, Ángel Sánchez Rivero, cuyos artículos y ensayos se recogen en un volumen editado y prologado con la exquisitez de otros tiempos por Enrique Selva. Nacido en Madrid en 1888, Sánchez Rivero fue coetáneo de la Edad de Plata, articulista atento al pulso de su época, traductor, gran conocedor de lenguas clásicas y estudioso de las modernas y colaborador de publicaciones como « Revista de Occidente», «España» y «La Gaceta Literaria». A los veinte años ingresó en el Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios y enseguida en la Biblioteca Nacional, en su sección de Bellas Artes, donde permaneció inamovible de por vida.

Discreto y apartado

Introvertido, tímido y reacio a cualquier tipo de vanagloria, fue «un hombre para quien el prójimo no existe como caja de resonancia sino como tema de conocimiento», escribió Benjamín Jarnés. El prototipo del bibliotecario discreto y apartado, extremadamente riguroso, que se despreocupa de exponer o publicar sus obras porque lo que le interesa es seguir investigando. Sánchez Rivero no se permite, por ejemplo, escribir sobre su admirado Heinrich Wölfflin hasta no adquirir un conocimiento del alemán que le permita leerle en su lengua original. Gonzalo Sobejano dijo que ningún otro español interpretó a Nietzsche «en estratos tan hondos de ética y concepción general del universo».

Ello no es óbice para que el bibliotecario exprese sus opiniones con rotundidad. «Raramente divaga, no se permite la digresión, apenas recurre a la metáfora», afirma Selva. Expone en un artículo sus dudas sobre la autenticidad de una tabla adquirida por el magnate Horacio Echevarrieta, que se pretendía sufragar con una suscripción popular, y entabla en otro una polémica con Américo Castro a propósito de la concepción –improvisada o consciente– del «Quijote». Sostiene Sánchez Ribero que la obra trascendió su inicial propósito de ser una breve novela ejemplar cuando Cervantes, en el capítulo II, enuncia la visión de Sancho pero todavía en la mente de don Quijote, antes de que surja el escudero, en una frase que le abocó a desarrollar esa contrapuesta visión del mundo sobre la que se sustenta la novela.

Bajo la estela de Ortega

Sánchez Rivero escribió, bajo la estela de Ortega, sobre todo crítica de arte, a veces de autores y exposiciones hoy de interés menor, pero desliza algunas reflexiones que impactan al lector de nuestros días: «Constitúyase o no la nacionalidad catalana, el hecho no tiene la menor importancia, como no la ha tenido la constitución de la nacionalidad estoniana. Es un fenómeno de desintegración española como fue el caso de Portugal, que fue uno de los medios que utilizaron Francia e Inglaterra para debilitar la monarquía española, y sólo en tal sentido tuvo importancia». Murió joven, con poco más de cuarenta años y sus amigos y los intelectuales de la época lamentaron la pérdida de un autor tan discreto como prometedor. «Era un alma fina», escribió Francisco Ayala, «y toda clase de popularidad le estaba vedada».