Lawrence Ferlinghetti, delante de la librería City Lights, que fundó en San Francisco en la década de 1950
Lawrence Ferlinghetti, delante de la librería City Lights, que fundó en San Francisco en la década de 1950
CINCO MINUTOS DE GLORIA

San Francisco y Ferlinghetti

Hace unos días el poeta celebró 100 años en su ciudad. Su retrato preside una de las salas de la librería «City Lights» que fundó en 1953

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San Francisco está habitada por zombis, muertos vivientes que se cruzan y apenas se tocan con el resto de los mortales -turistas, en su mayoría- que vagan por la ciudad de sol a sol. Lo de zombis es una metáfora que no es metáfora, al cabo, sino crónica periodística en estado puro. Esos zombis son los mendigos que habitan sus calles en una proporción abrumadora. El resto, el ruido del visitante por horas que sube y baja de los tranvías para emular, tal vez, estrofas de Scott McKenzie («If you’re going to San Francisco be sure to wear some flowers in your hair...») o Eric Clapton («I got the blues from my baby left me by the San Francisco Bay…») canturreadas en el Spotify de fondo, y poemas de cuño callejero que florecen bajo la barba blanca de Ferlinghetti y sus amigos de la librería City Lights.

Sorprende que aquella urbe, que tanto fue en y para la mitología de décadas pasadas (aquellos inolvidables 60 y 70), se haya quedado en un reducto de homeless que transitan por sus aceras sin mirar a nada ni a nadie y de esa otra caterva, la de los visitantes low cost, que fibrilan cuando posan para un selfi con el Golden Gate de fondo o se emocionan hasta el orgasmo porque han entrado, y, emulando a Clint Eastwood, logrado escapar de la gran roca de Alcatraz, prisión tan real como cinematográfica.

Me pierdo por San Francisco y sus contradicciones cuando lo que añoro es sentarme en la silla (hamaca) de los poetas -como reza el cartel que cuelga de su respaldo- que se balancea en una de las esquinas de City Lights. El local lo fundó Ferlinghetti en 1953 para dar cabida a aquellos ideales que hoy resultan frases hechas -«Book not Bombs» (Libros no bombas), entre otras- que se venden a dólar y medio la postal. El pasado 24 de marzo allí celebraron el centenario del viejo poeta, aún vivo y coleando. Su retrato preside una de esas salas amuebladas con infinitos estantes, cuya curva no está dibujada por el peso de los años sino de los libros y de los sueños aniquilados dólar a dólar.