El cantautor Joaquín Sabina
El cantautor Joaquín Sabina - Isabel Permuy
MÚSICA

Sabina, una vida convertida en poema

El mayor bardo de nuestra música popular dignifica hasta la sordidez y el esperpento

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Las letras de las canciones de Joaquín Sabina están recogidas en el volumen titulado «Palo seco» (Colección Visor de poesía). Como sabemos, son letras tan populares que en ellas nunca se pone el sol: puedes oírlas de igual forma en un bar del Mar del Plata o en una emisora portuguesa, en la montaña de Quito o en un garito gitano de Jerez. En ellas no solo se escucha la música, sino que se escuchan y se piensan las palabras, por eso emociona tanto que su casticismo urbano madrileño no deje de recorrer el mundo generación tras generación. Si somos las canciones que nos gustan, Sabina logra que nos identifiquemos con cada uno de sus personajes y con cada una de sus historias tal vez porque lo que cuentan forma parte de nuestra vida o de los sueños que forman parte de nuestra vida.

No hay duda de que Sabina es el mayor poeta de nuestra música popular. Sus letras mantienen en todo momento esa tensión de imágenes, de emociones, esa compleja red de sentimientos a la que llamamos poema. En realidad él coge una ciudad y la convierte en poema. Coge sus calles, sus bares, sus putas, sus colgaos, la vida de la gente y las convierte en versos que contienen la sentimentalidad de nuestra época. Quiero decir la electricidad urbana de nuestra época. En ellos está toda la imaginería pop de la España postcañí, esa que en este tiempo se ha teñido de democracias, movidas, crisis, nuevas formas de amor y un buen repertorio de adicciones.

Misterio sentimental

Su imaginería siempre es sorprendente porque potencia todo lo que trata, porque hace nueva y distinta la consuetudinaria realidad. En verdad todo lo que toca Sabina lo convierte en Sabina. Empezando por la manera de concebir la poesía. Decir de ella que es realista es cortarle las alas. Cualquier oyente o cualquier lector sabe que la realidad en una letra de Sabina se dignifica, que hasta la sordidez, lo canalla o lo rutinario se hace esplendoroso. Su pasión por la realidad, por ello, es tanta que siempre tiene un sustantivo o un adjetivo para jugar con ella, para sacarle su misterio sentimental, esto es, su humor, su absurdo, su vena esperpéntica. Su límite, porque la realidad para Sabina siempre se juega en los límites: en las madrugadas, en los descampados de la noche, en los territorios turbios de los amores perdidos.

Teñida de tristeza, a veces de desesperación, la palabra de Sabina siempre intenta mostrarnos una sorpresa o arrancarnos una sonrisa. De ahí que un escote se convierta en un relicario que perfuma la juventud o que el bar de aquel amor lo ocupe ahora una sucursal del Banco Hispanoamericano. Le gusta jugar tanto con las metáforas o las asociaciones como hacer del poema un territorio identificable, una experiencia común. Le gusta echarse la ironía a la espalda y ver el tumulto del vivir desde un vitalismo resistente, impenitente y corrosivo. Ni su palabra ni la vida que se expresa en su palabra se atiene a ninguna ley que no sea la de la ciudad, sus personajes a la deriva y sus corazones insaciables.

Hay un Madrid de Sabina como hay un Madrid de Almodóvar, como hay un París de Brassens o un Nueva York de Woody Allen

Hay un Madrid de Sabina como hay un Madrid de Almodóvar, como hay un París de Brassens o un Nueva York de Woody Allen. El Madrid de Sabina tiene sus propios códigos, su geografía identificable, su temperatura emocional. Su enorme despliegue escenográfico solo prueba que es un personaje más de sus poemas. Hasta tal punto llega la presencia de esta ciudad que incluso está presente cuando se habla de cosas íntimas, no relacionadas aparentemente con ningún espacio concreto. Sabina ha creado una peculiar visión de Madrid, un Madrid de muchas ciudades que se resumen en una, un Madrid de muchas almas que se reducen solo al alma de Sabina mismo.

Autorretrato

Ni que decir tiene, claro, que las letras de las canciones de Sabina, como todo buen poema, a quien primero retratan es a él mismo. Él, el maldito de Tirso de Molina, el romántico para el que los excesos son una forma de apurar el tiempo, el nómada por los amores que alguna vez se dejaron, el que lo niega todo porque todo fue verdad ha creado canciones que son poemas y poemas que son himnos, ha buscado con ello la complicidad de la gente y se ha encontrado con que la gente ha permanecido fiel al puñado de emociones y de imágenes que nos deja.

La poesía, la canción para Sabina, es el inicio de toda rebelión. Por eso siempre busca el alcohol de la claridad, del pacto y el acercamiento a un oyente o a un lector vestido con ropa de calle. Manipula con humor todas las convenciones, descree de todo menos de descreer, crea palabras intensas para que no acaben en las alcantarillas de las ideologías del consumo. Le gusta la palabra natural, el estilo coloquial, la juglaría más que la clerecía, un lirismo salvaje donde revivir todos los actos heroicos de la vida. Tiene el humor como su arma más sagrada, con él consigue reírse del mundo y con el mundo.