John Muir
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Las rutas salvajes de John Muir

Se publican por primera vez en español los mejores textos del legendario naturalista que inspiró el ecologismo moderno

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La enorme mole del Half Dome destaca en un decorado imponente de picos y gargantas, un poema granítico bruñido por el hielo que parece pintado, irreal. Cuesta creer que las montañas que se elevan hombro con hombro desde el mirador de Glacier Point, en el parque nacional de Yosemite (California), no formen parte de un gigantesco diorama o de una alucinación. Pero no. Lo que vemos es un templo de la naturaleza con sus chapiteles, pináculos y cúpulas, mucho más bello que cualquier otro hecho por manos humanas, como escribió John Muir, naturalista y explorador, considerado «padre» de los parques nacionales de Estados Unidos.

Las editoriales Volcano y Capitán Swing han realizado el esfuerzo magnífico de publicar, por vez primera en español, los mejores textos de este activista alto, delgado y con barba hipster, defensor de los prodigios del Oeste -Yellowstone, Yosemite, Mount Rainier, Sequoia, Petrified Forest y Grand Canyon, entre otros- en dos volúmenes de reciente aparición, Cuadernos de montaña y Escritos sobre naturaleza, espléndidamente prologados por Miguel Delibes de Castro y Robert Macfarlane, respectivamente.

John Muir (Dunbar, Escocia, 1838-Los Ángeles, 1914) fue el primer ecologista moderno, un enamorado de la vida al aire libre desde sus primeras correrías infantiles en la costa oriental de su tierra. Tenía once años cuando su padre, un religioso integrista, decidió emigrar a Estados Unidos con toda la familia. Levantó una granja en Wisconsin y allí John se deslomó al tiempo que recibía su «bautismo en el cálido corazón de la naturaleza». Al estallar la Guerra de Secesión, cruzó la frontera hacia Canadá para evitar ser reclutado. Trabajó en un aserradero y, al final del conflicto, regresó a Estados Unidos, a Indianápolis, donde encontró empleo en una planta de piezas para carruajes. Un grave accidente en el ojo que hizo temer por su visión le convenció de que no podía aplazar su sueño de viajar a Sudamérica tras los pasos de su admirado Humboldt. El día de su refundación como persona, sacó un cuaderno vacío y escribió en la primera página: «John Muir, planeta Tierra, Universo». Contrajo la malaria en Florida y, tras una corta estancia en Cuba, decidió buscar en California un clima más benigno para su salud. Y así llegó a Sierra Nevada y comenzó a labrar su leyenda unida para siempre a Yosemite.

Influido por escritores trascendentalistas como Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, que defendían la necesidad espiritual de mantener el contacto con la naturaleza, fue radical en el paso de la teoría a la práctica, enfrentándose a tormentas subido a las copas de los árboles, cruzando glaciares y despeñaderos y disfrutando de un «noble terremoto» con el único combustible de pan, té, frutos silvestres y un carácter indómito. Instalado en una cabaña en el valle de Yosemite, a los pies de El Capitán -el otro gran hito del parque junto al Half Dome-, recibía visitas de personalidades que llegaban al valle a caballo, con los animales cargados de las comodidades de la civilización. Entre ellos, Emerson, que le decepcionó porque no quiso acampar al raso (un detalle que, en opinión de Muir, «no decía nada bueno del glorioso trascendentalismo»).

Half Dome de Yosemite
Half Dome de Yosemite

Sus escritos hacen gala de un lenguaje vívido, divulgativo y tan prístino como los paisajes, animales y plantas que describe. Sin necesidad de construir aforismos ni de bucear en profundidades filosóficas al estilo Thoreau, emocionó a los norteamericanos, llamando la atención sobre el efecto langosta de los seres humanos sobre los espacios naturales. En 1892 fundó el Sierra Club, una de las organizaciones ambientales más prestigiosas del mundo. Dice Miguel Delibes de Castro que, salvando las distancias, Muir le recuerda a Félix Rodríguez de la Fuente y su capacidad para impactar a la sociedad española de finales del siglo XX. Si Félix salvó al lobo y otras especies amenazadas de la fauna ibérica, Muir salvó el salvaje Oeste.

Leer a alguien que se consideraba poeta, vagabundo, geólogo, botánico, ornitólogo, naturalista, montañero y explorador proporcionará un gran placer a cualquiera que se vea enganchado a alguna de estas misiones en la vida.