Robert D. Kaplan, autor de «Rumbo a Tartaria»
Robert D. Kaplan, autor de «Rumbo a Tartaria» - Ernesto Agudo
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«Rumbo a Tartaria», viaje por el viejo vientre de Rusia

El tan brillante como controvertido periodista y corresponsal de guerra Robert D. Kaplan se aventura en territorios que hoy, con conflictos como el de Siria, cobran máxima actualidad

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Robert D. Kaplan (Nueva York, 1952) no se fía de los mapas. Cuando comienza su viaje en Budapest «rumbo a Tartaria», su anfitrión, Rudolf Fischer -un sabio experto en los Balcanes- le recomienda que para reconocer a simple vista la zona por la que se va a aventurar descarte los mapas posteriores a 1989 y elija más bien los del siglo XIX, que aún marcaban los límites de los imperios austrohúngaro, ruso y otomano. La caída de aquellos imperios fue seguida por la creación de pequeños Estados nacionales con fronteras marcadas a veces por el reparto de zonas de influencia de las potencias europeas o por la creación de Estados sobre una base étnica. En el primero de los casos se impuso el absurdo, en el segundo la violencia racial y nacionalista. No se sabe cuál de las dos opciones ha sido más perniciosa.

El viaje de Kaplan comienza en Hungría y termina en Turkmenistán. Fue un periplo realizado en 1998 y escrito en 2000. Podríamos decir que es un viaje por el bajo vientre de Rusia tras la cataclísmica caída de la Unión Soviética.

Gran curiosidad

A veces Kaplan nos evoca la figura de un sagaz viajero a cuenta de la Roma de César Augusto que explora los peligros y oportunidades que se abren más allá de los conocidos límites del imperio. Se adentra en esos pequeños reinos en los que se eclipsa la vieja URSS e indaga hasta qué punto convendría que el poder incólume de una OTAN bajo el incontestable poder norteamericano se haga cargo de ellos.

Pero Robert D. Kaplan, además de leal explorador al servicio del imperio, ha sido y es periodista de raza y un rastreador de una curiosidad inmensa y sin prejuicios. Aquí es donde el maravilloso relato de sus periplo se asemeja al de un Herodoto aventurándose en tierra incógnita para traer a sus contemporáneos noticia de la inmensa variedad de la humanidad. Viaja en autobuses y trenes destartalados y se aloja siempre en hoteles situados en el centro más bullicioso de la ciudad, sin importarle si las cucarachas corren alegremente por entre las patas de la cama. Su objetivo es buscar la verdad y preguntar por ella a quien mejor cuenta le pueda dar.

Pragmático

Los capítulos dedicados a Turquía, el Líbano y Siria son de una sagacidad premonitoria. En Beirut, cuando pregunta sobre si el régimen de los Al Assad tiene futuro (estamos en 1998 y Hafez, padre de Bashar, aún tiene el mando), Elias Khoury, escritor, columnista de An-Nahar, responde: «Espero que no. No obstante, por desgracia un régimen así podría tenerlo. Estos regímenes han conseguido destruir no solo sus sociedades, sino también toda alternativa. Como no hay posibilidad de que sobreviva una alternativa, tal vez hay que elegir entre control total y caos total».

No menos estremecedor es su visita a la localidad jordana de Zarqa, cuyo deprimente recuerdo le persigue incluso en Turkmenistán: «Me acordé de Zarqa, la caótica aglomeración urbana -con sus hordas de adolescentes en paro típicas de la población de Jordania-, donde es posible que esté escrito el futuro de Oriente Próximo». La reflexión pone los pelos de punta porque en Zarqa se crio y formó Abu Musab al Zarqawi, el salvaje yihadista que creó la banda de asesinos que con el tiempo se transformaría en Daesh.

El viaje de Kaplan comienza en Hungría y termina en Turkmenistán. Fue un periplo realizado en 1998 y escrito en 2000

Kaplan es un servidor del imperio de la vieja escuela, de los que ya estamos echando de menos, un pragmático insobornable, sin idealismos metafísicos ni visiones de destino manifiesto. Cree que la democracia no es posible donde no existe una clase media que la sostenga y que, por el bien del Estado en cuestión o de la estabilidad internacional, más vale no aventurarse en experimentos inciertos ni en confundir la labor de un diplomático con la de un misionero.

Odios étnicos

Y descreído de los mapas posteriores a 1989, descubre dos fronteras esenciales en su viaje: la de los Cárpatos, que dividía el viejo imperio austrohúngaro del otomano, y la del Cáucaso, que fue frontera en disputa de turcos, rusos y persas. Los territorios de lo que fue Austrohungría son asimilables sin riesgos para el imperio. Y a medida que el viaje se desplaza hacia Oriente, la apuesta sube hasta llegar a hacerse muy poco recomendable.

En Rumanía y Bulgaria el gangsterismo se ha asociado a intereses empresariales. Y en el Cáucaso bullen los odios nacionalistas y étnicos que impiden la creación de unos partidos políticos homologables a los de Occidente. Más allá, hay que ser realistas y asumir que nuestros valores son demasiado exóticos. Parece que los viejos patrones del imperio tomaron nota de su lección, pero decidideron elevar la apuesta y correr más riesgo del que la prudecia aconsejaba.

En su periplo, sin embargo, falta una indagación fundamental: la de Rusia, que se percibe solo como un abismo de sombra y tierra de insondables tinieblas, como el reino de Mordor, que, por otro lado, ofrece a Occidente una perfecta coartada moral y política para seguir en el viejo juego de Kipling y decidir si merece la pena asumir riesgos en esta o aquella parte del bajo vientre de un imperio agónico. Una lástima que Kaplan no se adentre por el territorio del viejo enemigo y descubra no solo una parte de la verdad que debe conocerse, sino también la infinita diversidad del género humano que allí también habita.