«La ronda de noche»
«La ronda de noche»
ARTE

Ronda de noche con Rembrandt y Vermeer

El Rijksmuseum arranca el 350 aniversario de la muerte del genio con «Todos los Rembrandt». La conmemoración llegará en junio al Prado confrontándolo con Velázquez y Vermeer. Miradas afines en España y Holanda

Actualizado:

La galería central del Rijksmuseum no debe medir más de 60 metros, porque, al cruzar su puerta batiente, nuestra mirada se queda ya agarrada de la mano que, iluminada por un rayo de luz, nos tiende el capitán Frans Banninck Cocq. Nos hace saltar junto a él al interior de su lienzo, La ronda de noche.

La galería de este museo neogótico tiene algo de planta basilical, con sus capillas laterales que son las salas de las que cuelga la mejor colección del mundo de pintura holandesa del Siglo de Oro. Desde el principio de este deambular ya intuimos algo diferente a lo que vemos en otras colecciones de pintura española, italiana o francesa del siglo XVII, repletas de escenas mitológicas, religiosas o militares: ¿Dónde están aquí los descendimientos, las huidas a Egipto o las epifanías? ¿Dónde Dánae, Proserpina, Daphne y Apolo?

Antes de la sala de Rembrandt, los cuadros del Rijksmuseum, de formato extrañamente pequeño, nos llevan a conocer una pintura distinta. Es la consagración de la pintura de género que nos golpea por su implacable verismo. Y también por sus temas «nuevos»: escenas que retratan una vida burguesa, familiar y urbana en el interior de sus casas y su mundo, esencialmente femenino, con composiciones que parecen transcurrir en un largo día de fiesta.

Cifras apabullantes

Quizás no exista otro país en el que, en un periodo de tiempo tan breve, se hayan hecho tantas pinturas: se estima que entre 1600 y 1700 se pintaron en Holanda de cinco a diez millones de cuadros. Entre 1650 y 1675 están activos Rembrandt van Rijn (1606-1669) y Johannes Vermeer (1632-1675) y, al menos, media docena más de pintores de primer orden: Carel Fabritius, Gerard Dou, Gerard ter Borch... ¿Qué es lo que hizo posible una producción tan prolífica? ¿Qué llevó a las Provincias Unidas a escribir un capítulo fundamental en la Historia del Arte?

El teórico Karel van Mander ya afirmaba que la pintura holandesa del Siglo de Oro derivaba de la flamenca del XV, del preciosismo con que Jan van Eyck, Robert Campin o Roger van der Weyden pintaban, con la excusa aún de una escena religiosa, los interiores de sus casas, las chimeneas y las biblias de los cancilleres, los damascos y las pieles de sus abrigos o los zuecos de sus santas. Por otro lado, la vida de los artistas se ve salpicada por acontecimientos dramáticos, militares y políticos, que, sin embargo, no parecen haber dejado huella alguna en sus obras. El siglo XVII es el más sangriento de la Historia, donde las guerras se conocen por el número de años que duran. Los Países Bajos, divididos por la lucha civil entre calvinistas y católicos, se batían contra el reino de España de la misma manera que lo hacían contra el mar.

El mar cubría las llanuras una y otra vez, cuajando los paisajes de molinos, diques, canales y puentes. Fueron magistrales ingenieros navales; con su flota consiguieron dominar el comercio de gran parte del mundo. En 1602 se fundó la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, VOC, que, con sus 160 navíos surcando los océanos, desembarcaba mercancías inverosímiles. De los sultanes de Turquía llegaron los tulipanes y, con ellos, la tulipomanía, que devino más tarde en una fiebre que estalló en la década de 1620 por el aumento de su precio. Se conservan registros de ventas absurdas: lujosas mansiones a cambio de un sólo bulbo. Fue la primera burbuja especulativa de la Historia.

Así, Ámsterdam y su puerto se convirtieron en el mayor centro de comercio del norte de Europa. Se constituyó la bolsa de valores, considerada hoy, después de la de Amberes en 1460, la más antigua del mundo. Este comercio global creó una élite con dinero más que abundante para decorar sus casas. Prosperaron las artes decorativas, la búsqueda de los artículos de lujo y, sobre todo, la pintura, que se convirtió en el nuevo símbolo de estatus. Desaparecido el patrocinio de la nobleza y la Iglesia, la burguesía será quien elija los temas a pintar. Querían encontrar en los cuadros su propia vida, su severidad y sus sueños: sentirse reconocidos. El arte holandés supuso el arranque del futuro mercado artístico internacional.

Este es el contexto en el que Vermeer y Rembrandt alumbran su manera de hacer pintura. La de Vermeer parece la prolongación natural de la mentalidad de la época. La de Rembrandt es un salto de pértiga colosal por encima de ella.

En una pared cerca ya de La ronda de noche, aparecen tres cuadros muy pequeños que anuncian una calma sideral. Son los tres cuadros que el Rijksmuseum tiene de Vermeer. La callejuela (1658) mide poco más de medio metro y es tan real que parece no existir. Quizás por eso se dice que el arte de su autor queda en una vía muerta: detrás de sí, sólo la fotografía, siglos después, intentará dibujar con su objetivo el aire que rodea a las figuras.

Exactitud del tono

La lechera (1659), está vestida con los colores preferidos de Vermeer, amarillo y azul ultramar, y vierte concentrada un hilo de leche muy densa en un cuenco de barro. Parece que no debemos perturbarla. El bodegón, el cesto y, sobre todo, la pared bañada por una luz forman una realidad intensa, pequeña pero dilatada, mágica. La exactitud del tono. Un artista, al final, debe tener el don de ver las cosas corrientes de manera distinta. Cuando Rembrandt pinta una copa de vino, ésta abandona su naturaleza de copa y entra a formar parte de una acción. La ilumina con una luz teatral, la encaja en un escenario. Vermeer, sin embargo, la aísla, quiere una luz sólo para ella, le concede la virtud de ser ella, única, material e independiente, en un mundo de tiempo inmóvil.

«La lechera», de Vermeer
«La lechera», de Vermeer

Vermeer pinta La lechera unos 16 años después de que Rembrandt empezara a trabajar en La ronda de noche. Ambos cuadros son una revolución pictórica y ambos representan polos opuestos. Simplificando el estudio de Svetlana Alpers sobre pintura holandesa del XVII, puede decirse que Vermeer representa la sublimación de la pintura descriptiva y su deuda con la observación, mientras que Rembrandt utiliza la narración, los temas de Historia como excusa para morder con su pintura de fiera la médula de la expresión, la acción, los gestos y los recovecos del alma. Sus estudios de luz y materia son sólo un medio para pintar hasta el fondo el dolor, la soledad, el fracaso, el poder, la ceguera o la vida a un paso de la muerte.

Diez años, diez días

En un documental sobre los últimos años de Rembrandt, Simon Schama describe una escena: en 1885, un joven artista atraviesa las salas del Rijksmuseum para quedarse clavado delante de un cuadro. «Entregaría diez años de mi vida a cambio de estar delante de este cuadro diez días». ¿Qué es lo que tiene La novia judía? Poco después, el joven Van Gogh dejó escrito que Rembrandt había pintado ese cuadro «con mano de fuego». Schama interpreta el impacto que recibió delante de esta obra como el que produce cualquier obra maestra: ataca directamente a las vísceras. Van Gogh fue otro pintor que llevó la pincelada hasta su extremo más físico, y sucumbe delante de este cuadro final de Rembrandt. En él, el maestro anciano, arruinado, retrata la encarnación física del amor. Todo cuanto significa ser tocado, acariciado...

Su autor acomete este cuadro final con la furia de la materia. La manga que pinta aquí no tiene una explicación fácil: hace falta, como hizo Van Gogh, estar delante de ella. Esa manga, en decenas de tonalidades de oro, es una costra, una masa de densidad pictórica que contiene todo un mundo incrustado: cáscara de huevo machacada, de cristal, barro, sílice... El pintor actúa sobre la pintura como siglos más tarde lo harán Pollock, Freud o Kiefer, pintando emociones con la materia.