Roger Scruton (1944) es un filósofo inglés especializado en estética
Roger Scruton (1944) es un filósofo inglés especializado en estética
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Roger Scruton y la filosofía del apego

En su ensayo «Cómo ser conservador», el pensador inglés reivindica los valores tradicionales

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En las últimas décadas se ha producido un notable auge del conservadurismo que amenaza la hegemonía del liberalismo y el socialismo. Aunque no se dejan encerrar en fórmulas dogmáticas unánimemente compartidas, los conservadores rechazan el «progresismo» y la revolución, consideran que existen cosas buenas que hemos recibido y debemos conservar, y sólo reformar en el caso de que sea seguro que se va a mejorar. El conservador invierte la carga de la prueba y considera que es el que propugna el cambio quien debe probar su bondad. Y estima realidades como la religión, la familia, la vida comunal, el arte clásico y el urbanismo tradicional. No piensa que el pasado siempre fue mejor (pues pretende, en principio, conservar el presente), pero tampoco lo será necesariamente el futuro. En principio vive el cambio como una pérdida.

El inglés Roger Scruton, especialista en Estética, es uno de los mejores representantes actuales del conservadurismo. Aúna formación filosófica, estilo elegante y sentido del humor. Cómo ser conservador apareció en 2014. Ahora se publica en español. El prologuista, Enrique García-Máiquez, lo compara con Julián Marías, lo que no es poco, y lo incluye en la nómina de los antiposmodernos, junto a G.K. Chesterton, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Nicolás Gómez Dávila y Fabrice Hadjadj. El autor utiliza casi como lema la máxima de Robert Conquest: «uno siempre es de derechas en los temas que conoce bien». Y sigue el programa de T. S. Eliot: «tenemos que ser modernos para defender el pasado y creativos para defender la tradición».

Un eterno rebelde

Para Scruton, el conservadurismo se basa en dos principios: la creencia de que hay cosas sagradas y la reacción crítica ante los cambios operados por la Reforma protestante y la Ilustración. En el corazón conservador late un eterno rebelde. Según Chesterton, «sólo a un crítico muy superficial le sería imposible ver el eterno rebelde que hay en el corazón del conservador». Según Scruton, discípulo de Edmund Burke, las cosas buenas son fácilmente destrozadas, pero no se crean fácilmente. Todo conservador es devoto de la trascendencia y de la excelencia. Sólo se puede ser conservador si hay cosas que merecen ser conservadas. Y las hay. Sólo es preciso distinguirlas de las que no lo merecen.

Entre las cosas buenas que hemos heredado y debemos conservar están la libertad, la seguridad legal, la protección del entorno, la cultura abierta e inquisitiva y los procedimientos democráticos. Todas ellas se encuentran amenazadas, y el conservadurismo es la reacción natural ante esa amenaza. Ésta es la racionalidad del conservadurismo: defender las cosas existentes es lo correcto cuando lo que se ofrece es peor. Sus inspiradores son F. R. Leavis, T. S. Eliot y la música clásica. ¿Se puede dejar de ser conservador escuchando a Bach o contemplando a Vermeer?

El legado de Europa al mundo se puede acaso expresar con dos palabras: cristianismo y democracia

El deseo de controlar la sociedad en nombre de la igualdad expresa el desprecio por la libertad humana. El legado de Europa al mundo se puede acaso expresar con dos palabras: cristianismo y democracia. Nuestra civilización no puede sobrevivir si seguimos cediendo al islamismo radical. Nuestra tarea consiste en conservar lo bueno y legarlo a nuestros hijos, vivir en un espíritu de gratitud y buena voluntad.

El autor analiza lo que hay de bueno y lo que hay de erróneo en el nacionalismo, el socialismo, el capitalismo, el liberalismo, el multiculturalismo, el ecologismo y el internacionalismo. Y en el conservadurismo, aunque es éste no aprecie errores, pues él fomenta los valores de la amistad y la conversación, la religión y la familia, la defensa del canon cultural y la belleza. Aún así, debe dar respuesta a la crítica izquierdista, que Scruton pasa un poco por alto, según la cual el conservador podría llegar a defender la injusticia. Pero esta respuesta no es imposible, ya que la presunción de bondad de la tradición recibida no impide la reforma de la maldad recibida.

Evitar la nostalgia

El conservadurismo de Scruton lamenta la precipitación y el desorden de la vida moderna, la fealdad de nuestras ciudades y la extravagancia de muchos de nuestros museos. Ahora debemos emprender la transgresión de los antivalores de los arcaicos transgresores. La verdad y la belleza son hoy, más que nunca, transgresoras. Frente a los «delitos de odio» debemos reivindicar la libertad de expresión. «La tolerancia significa estar dispuesto a aceptar opiniones que te desagradan intensamente. De igual forma, democracia significa consentir en ser gobernado por gente que te desagrada intensamente». La educación debe revertir del Estado a la sociedad. No es conveniente que quien tiene el poder político controle la educación. El libro incluye el texto de la Declaración de París que, en buena medida, recoge su espíritu.

El conservadurismo debe sortear la tentación de la nostalgia y el duelo. No puede evitar, eso sí, convertirse en ocasiones en una melancólica meditación sobre la pérdida. En definitiva, «el conservadurismo es la filosofía del apego».