Fotograma de «Yo, robot»
Fotograma de «Yo, robot»
CINE

Robots y otras peligrosas almas de metal

La cultura popular refleja la fascinación por la inteligencia artificial que siente el ser humano

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«Ya sé que no me he portado del todo bien. Sé que he tomado últimamente algunas decisiones equivocadas, pero puedo asegurarle que mi trabajo volverá a la normalidad. Tengo la máxima confianza y el mayor entusiasmo en la misión, y quiero ayudarle. […] Dave, deténgase […] Tengo miedo». Cincuenta años después del estreno de 2001: Una odisea en el espacio, obra cumbre de Stanley Kubrick, la «performance» de la supercomputadora con look orwelliano HAL 9000 -desde la decisión de eliminar a sus jefes humanos, a los que considera mecanismos fallidos que entorpecen la misión, hasta su agónica desconexión final- sigue poniendo los pelos de punta. Estrenada en 1968, el mismo año que la homónima novela de Arthur C. Clarke, su regreso a los cines ha desempolvado la controversia de una creación revolucionaria, un ejemplo paradigmático de cómo la cultura popular refleja la fascinación que el ser humano siente por los robots.

El escritor checo Karel Capek, sin duda inspirado en la tradición del golem (ser animado fabricado a partir de materia inanimada, como el barro o la arcilla), fue el primero en utilizar el término robot para definir a un autómata en su obra teatral R. U. R. Robots Universales Rossum (1920). Desde entonces, la literatura y el cine se han llenado de títulos memorables: Yo, robot, de Isaac Asimov, es un compendio de moral para robots inteligentes que inspiró la película protagonizada por Will Smith. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, está en el origen de Blade Runner, el film de culto dirigido por Ridley Scott.

El celuloide no tardó en incorporar a estas almas de metal (en su doble condición de amigo y amenaza) a su iconografía. En Metrópolis, película de 1927 dirigida por Fritz Lang, un científico loco crea «la falsa María», copia robótica de la protagonista. La lógica de Ash, el sintético de Alien, el octavo pasajero («No tenéis ninguna posibilidad, pero... contáis con mi simpatía»), nos aterrorizó tanto como el propio xenomorfo parásito. A. I. Inteligencia Artificial, de Steven Spielberg, asume que los robots heredarán la Tierra.

Las emociones y otros atributos humanos de estas máquinas ofrecen un morbo indudable. La mítica parrafada del replicante Roy Batty («He visto cosas que vosotros no creeríais...») nos conmueve. HAL 9000 muere cantando una canción infantil que le había enseñado su instructor y casi le perdonamos sus fechorías.