José Mateos es uno de los poetas a quienes hemos preguntado sobre Rilke
José Mateos es uno de los poetas a quienes hemos preguntado sobre Rilke
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Rilke, en los límites de lo expresable

Por la vigencia de Rilke en el siglo XXI hemos preguntado a seis poetas: Antonio Colinas, Álvaro García, Olvido García Valdés, Chantal Maillard, José Mateos y Álvaro Pombo. Todos coinciden en que su misterio sigue vivo

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¿Fue Rilke el más grande poeta del siglo XX? A veces es difícil decirlo. En una carta a Marina Tsvietáieva Rilke le dijo que había escrito un poema en Muzot, sentado al sol, entre viñedos, «encantando a las lagartijas con el sonido del poema». ¿Encantando a las lagartijas? ¿Quién podía creerse algo así? Pero lo que en cualquier otro escritor sonaría a fantasmada casi cómica, por lo vanidosa y absurda, en el caso de Rilke nos parece no sólo posible sino real, porque Rilke era capaz –no me pregunten por qué– de encantar a las lagartijas con el sonido de sus poemas. Porque Rilke sabía hacer hablar a los muertos, a los ángeles, a los animales, al vacío insondable del más allá, al amor, a la pobreza, a la soledad, a la enfermedad, al tiempo, al infinito, a la muerte. Y es que su lenguaje, su poesía, su exaltación lírica, lograban transfigurar ese misterio que conocemos como «realidad» y, de alguna forma que nunca entenderemos, llegaban a expresar con palabras lo que sólo la física cuántica ha conseguido expresar con fórmulas matemáticas.

Adam Zagajewski lo explicó muy bien cuando escribió que Rilke había llegado a los límites de lo expresable, como si fuera un jugador obsesivo que entraba en un casino y apostaba todo lo que tenía a un solo número, sólo que al final, cuando todo el mundo pensaba que lo iba a perder todo, hacía saltar la banca. Y de paso, sí, Rilke conseguía encantar a las lagartijas, entre los viñedos de Muzot, con el simple sonido de un poema.

Para hablar del misterio de Rilke hemos querido consultar con algunos de los mejores poetas españoles cuál es su influencia y su significado. Aquí están sus respuestas a un breve cuestionario.

1. En su opinión, ¿qué papel ocupa Rilke en la poesía del siglo XX?

2. ¿Cómo definiría usted la poesía de Rilke?

3. ¿Qué le ha enseñado la poesía de Rilke, si es que le ha enseñado algo?

4. ¿Cuál es la poesía o el ciclo de poemas que prefiere de Rilke? ¿Por qué?

5. ¿Cuál es, en su opinión, el poeta español más afín a Rilke?

ANTONIO COLINAS (La Bañeza, 1946) ha explorado como pocos la dimensión metafísica de la poesía. Su último libro de poemas es «Canciones para una música silente» (2014).

1. El papel de Rilke es central en el pasado siglo. Central porque representa de manera ideal al poeta y a la poesía. Rilke es un poeta, no un «constructor de poemas». Ineludible, porque él se adentra en un siglo de cambios y de convulsiones sociales con la sola fuerza de su palabra.

Los versos de Rilke conservan esa vibración, ese eco de la poesía verdadera José Mateos

2. Pureza y simbolismo son dos de las claves primordiales. Hay también en ella un gran afán de búsqueda, pues este es otro de los fines de la poesía auténtica: ser vía de conocimiento. También la definiría como ejemplo ideal de fusión entre vida y obra, entre la experiencia de ser y la experiencia de vivir, que para mí son actitudes inseparables.

3. Fue un maestro desde mi adolescencia. Mi padre me regaló la edición que José María Valverde preparó de sus «Obras» para Plaza & Janés (1967). Rilke entró en mi vida globalmente, no sólo a través de su poesía, sino también de su prosa y, de manera muy especial, de su epistolario.

4. Me gustan mucho los primeros libros de Rilke («El libro de horas», «El libro de las imágenes»). Reconozco lo que en los posteriores hay de novedad, de poderosa carga simbólica, de culminación del conocimiento; pero, a mi edad, acabamos siendo lectores por razones de predilección: leemos lo que simplemente nos gusta y conmueve.

5. Quizás recordaría al cordobés Ricardo Molina. El libro de sus «Salmos» es muy rilkeano.

ÁLVARO GARCÍA (Málaga, 1965) cree, como dice en uno de sus versos, que «están cerca los vivos y los muertos». Su poesía surge del ahondamiento en ese misterio. Su último libro es «Ser sin sitio» (2014).

1. Es mi poeta preferido del siglo XX; el que me impacta y aterra más incluso que Pound, Yeats, Valéry, Eliot, Juan Ramón Jiménez y Octavio Paz.

2. Sometimiento y atomización, reventar los datos objetivados de la vida hasta llegar a donde haga falta: al poema.

3. Me enseña lo más rilkeano de todo, lo más arduo: a comprobar en mí.

Me resulta tan difícil hablar de Rilke como de un familiar muy cercano Álvaro Pombo

4. Las «Elegías», dos de los «Réquiem» y la «Trilogía española». La poesía ya no es, como antes de Rilke y de Baudelaire, un acompañamiento de la vida, sino al fin un equivalente, un sustituto de la vida, cuyos movimientos no canta o cuenta, sino que emula (otra vez el terror).

5. En Rilke todo –no sólo las palabras– es más exigente: contrapunto absoluto. Si hubiera algo de ese contrapunto en un gran poeta español más reciente sería en Claudio Rodríguez.

OLVIDO GARCÍA VALDÉS (Santianes de Pravia, Asturias, 1950) ha construido su poesía sobre una obsesiva búsqueda, como dice en un poema, de «las junturas y médula, los sentimientos y pensamientos del corazón». Su obra poética está recogida en «Esa polilla que delante de mí revolotea. Poesía reunida» (1982-2008) (2008).

1. Un nombre mítico que durante décadas se percibió como el poeta (categoría eurocéntrica que seguramente desapareció con él).

2. Difícil, definirla. Pide atención; la misma que el poema presta a los seres, a los afectos y el pensar. Da, a cambio, el nivel más alto de conciencia. El poema, como el arte, se concibe como lugar de lo transcendente.

3. No sólo la poesía; también, la prosa y, muy en especial, sus cartas –variadísimas, intensas, llenas de detalles, sabias–. Muestra la escritura como un espacio central de la vida, en el que encuentra (y ofrece) la densidad y la levedad de nuestro paso por el mundo.

4. Las «Elegías de Duino». Por la mirada que arroja sobre cuestiones nunca resueltas. Por su lentitud, por cómo van llegando y creciendo, por el asombro de cómo dice lo más difícil, cómo lo muestra y hace presente.

5. Por algunos rasgos que comparten con él, citaría a Vicente Núñez, María Victoria Atencia, Claudio Rodríguez, Esperanza López Parada

CHANTAL MAILLARD (Bruselas, 1951) ha llevado su poesía, igual que Rilke, hasta el límite de lo inexpresable. Nadie ha sabido adentrarse como ella en el dolor o en el vacío de un cuerpo devastado. «La herida en la lengua» (2015) es su último libro de poemas.

1 y 2. Con respecto a 1 y 2, estas son cosas que dejo a los estudiosos de la literatura, que son quienes se ocupan de definir y de situar históricamente las obras literarias. Yo sólo las leo, y si me alcanzan, las recibo.

Rilke representa de manera ideal al poeta y a la poesía. Es un poeta, no un «constructor de poemas» Antonio Colinas

3. Un poema que perdure, o incluso un verso a menudo es suficiente, no hay que pedirle más a un autor. En el caso de Rilke me quedo con dos fragmentos: los siete primeros versos de la «Primera elegía», allí donde «todo ángel es terrible», y aquellos versos de «El libro de horas», que suscribo: «Oscuridad, de la que yo desciendo, te amo más que a la llama que al mundo pones límites».

JOSÉ MATEOS (Jerez de la Frontera, 1963) es sencillamente uno de los mejores escritores actuales. No hay poética más despojada, más intensa, más musicalmente silenciosa que la suya. Su último libro es el maravilloso diario en prosa «Un año en la otra vida» (2015).

1. Sin duda un papel muy influyente. Fue alguien que, tanto en sus poemas como en sus cartas, reflexionó sobre aspectos de la creación artística con enorme lucidez y autenticidad. No sabría decir si esto lo convierte en un gran poeta. Hay una moda tonta que consiste en juzgar con parámetros más propios del deporte los asuntos artísticos. No existen poetas mayores ni menores, más grandes o más pequeños. Simplemente poetas que alcanzan a decir el gran misterio de la existencia con emoción y verdad. Rilke me parece uno de ellos.

2. La poesía de Rilke me llega por mediación de sus diferentes traductores. Y curiosamente, incluso en las traducciones más torpes, conserva esa vibración, ese eco de la poesía verdadera. Definir en qué consiste esa vibración, ese eco, sería como definir un olor. No es posible hacerlo sin caer en la falsificación y en la tontería pedante.

3. Lo que más me interesa de Rilke no es lo que hay en su poesía de él mismo –sus manías, sus condesas, sus esteticismos–, sino lo que hay en él de poesía encarnada. Y muy especialmente me interesa el itinerario vital para lograr ese objetivo. Pocas vidas ejemplifican tan bien que la paciencia atenta, la espera, es la ocupación principal del poeta.

4. Las «Elegías de Duino», sin ninguna duda. Aunque me interesan también «El libro de horas». Y por supuesto, en otro orden, sus cartas, sus extraordinarias cartas.

5. No sabría decirle. El eco de Rilke –o más bien de algunos aspectos de Rilke– se puede percibir en algunos poetas españoles. A mi modo de ver, a veces en el poema «Espacio», de Juan Ramón Jiménez.

ÁLVARO POMBO (Santander, 1939) es un escritor que se merece una biografía tan voluminosa como la de Rilke. Lúcido, contradictorio, inteligentísimo, nadie podrá prever jamás cuál va a ser el próximo giro de su mente. La poesía fue su primera vocación. Su último libro de poemas es «Los enunciados protocolarios» (2009).

La poesía ya no es, como antes de Rilke y de Baudelaire, un acompañamiento de la vida, sino un equivalente Álvaro García

1. Me resulta tan difícil hablar de Rilke como de un familiar muy cercano. Desde que leí, allá entre dieciséis y diecisiete años, los «Cincuenta poemas» traducidos por José María Valverde, hasta la fecha, sesenta años más tarde, Rilke es parte de mi manera de narrar el mundo. Sucede, sin embargo, que yo soy un pésimo historiador de la literatura. Si alguien menciona a Rilke, a T. S. Eliot o a Lorca, yo recito sus textos de memoria o los releo en voz alta. Lo mismo hago con los romances viejos y nuevos. O con Antonio Machado.

2. Para mí la poesía de Rilke forma parte de lo que Wallace Stevens denominó «supreme fiction». Se trata de una «religio poetae». Lo que hace que lo sea es que crea el mundo al cual nos volvemos incesantemente sin darnos cuenta, y al cual proporciona la vida de las ficciones supremas, sin las cuales seríamos incapaces de concebir este mismo mundo.

3. Con Rilke aprendí a rezar poéticamente. Rezar no sólo es invocar a Dios, sino también, en una época de descreimiento, invocar lo invisible: somos las abejas que liban en lo visible la miel de lo invisible.

4. Prefiero los tres «Réquiem» y las «Elegías de Duino», traducidas por Gonzalo Torrente Ballester, los «Sonetos a Orfeo» y los «Cuadernos de Malte Laurids Brigge».