CINE

Richard Linklater y las políticas de la mirada

El director tejano regresa con «Todos queremos algo» al mundo de su «Movida del 76», pero también al de «Boyhood», demostrando la capacidad que las imágenes de sus películas tienen para dialogar entre sí y establecer interconexiones

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«En los sueños comienzan las responsabilidades» es un verso de W. B. Yeats del que se apropió el escritor Delmore Schwartz para escribir un relato con el mismo título en 1935. Vladimir Nabokov lo consideraba una de las cumbres de la literatura estadounidense, quizás porque no pretende describir la realidad de manera objetiva sino acceder a ella a través de la subjetividad y la fantasía, como en sus propias obras. Un personaje anónimo tiene un sueño en el que se ve a sí mismo en el interior de un cine mientras proyectan una película sobre sus padres antes de su matrimonio. Aunque las imágenes en la pantalla están fuera de foco y el encuadre nunca se mantiene estable, los espectadores siguen el espectáculo embelesados. Él, sin embargo, hace de vez en cuando comentarios en voz alta, rompiendo el hechizo y provocando las quejas de quienes le rodean. Cuando sus palabras suben de tono al ver a sus padres discutir y amenazar de ese modo su relación, un acomodador le coge del brazo y le obliga a salir del cine. Justo entonces se despierta, solo para descubrir que ese día cumple 21 años, ya es mayor de edad, y afuera está nevando.

Si ahora mismo nos convirtiésemos en espectadores reactivos como el protagonista de la historia, todos querríamos ser Marty McFly (Michael J. Fox) en cualquiera de las tres partes de «Regreso al futuro», para viajar en el tiempo y alterar las cosas a nuestro capricho, convirtiéndonos en arquitectos de nuestras vidas. Por supuesto, hay otras opciones además de la ciencia ficción, con sus maquinitas de juguete hechas a medida del mundo moderno, donde el género más sospechoso es el realista porque presenta imágenes incuestionables, cuando ya todos sabemos que no hay nada más cuestionable que una imagen. Una de esas opciones podría ser « Todos queremos algo» («Everybody Wants Some», 2016), la nueva película del director Richard Linklater (Houston, Texas, 1960).

Estilo libre

Jake (Blade Jenner) llega a su nueva casa varios días antes de comenzar sus estudios en la universidad. En ella se encuentra con sus compañeros del equipo de béisbol. Los saludos son condescendientes, cálidos, antipáticos y despreocupados, mientras él busca una habitación para dejar su colección de discos en un rincón e instalarse. Su presencia se disuelve muy pronto en el grupo, entre bromas crueles, sonrisas forzadas, protagonismos temporales, porros de marihuana, cervezas, paseos en coche por el campus, piropos a las nuevas estudiantes y fiestas sin normas, en las que el sexo se practica donde se puede y con quien se puede, evitando en lo posible cualquier tipo de énfasis.

No parece suceder nada demasiado interesante aunque la película nos recuerde constantemente que cada vez estamos más cerca del comienzo de las clases y del final del verano. Al igual que en otras películas de Linklater, tenemos la sensación de estar experimentando algo muy diferente del tiempo si lo medimos en términos euclidianos, como si fuera una recta y lo convirtiésemos en la distancia más corta entre dos puntos, porque para eso necesitaríamos a Marty McFly. Aquí estamos más bien en una sucesión de puntos, donde lo lineal no existe y donde cada cual es libre de fabricar un argumento en caso de necesitarlo.

«Todos queremos algo» presenta un mundo suspendido ante miles de posibilidades, todavía pendiente de cobrar forma pero abriéndose a nuevos significados a medida que sus personajes dejan de ser simples bocazas y expresan sus incertidumbres. Unos y otros creen tener el mundo en sus manos, porque en sus fantasías son los mejores jugadores de béisbol: «pitchers», «catchers», «first basemen»... Para ellos, el universo es un campo de juego en el que uno tiene el control cuando encuentra su lugar en él. La victoria o la derrota, no obstante, depende de todos a la vez. También la película depende de algo así, de un control invisible sobre sus diferentes partes, teniendo en cuenta que no traza una línea sino una línea de puntos; es decir, que no se sitúa en el centro de una historia sino en sus múltiples periferias.

Linklater explicaba en una entrevista que esta película puede entenderse al mismo tiempo como una secuela de « Movida del 76» («Dazed and confused», 1993) y de « Boyhood» (2014). Se refería a la capacidad de sus imágenes para establecer interconexiones con ellas, y –esto lo añado yo– para dialogar con buena parte de su obra, construida a partir de acontecimientos suspendidos, ante los cuales a veces nos gustaría reaccionar, exigiéndoles este o aquel desenlace, sin darnos cuenta de que en realidad el desenlace somos nosotros, los espectadores. Somos hijos de una época, de unas canciones, de unas imágenes, y no queremos darnos cuenta.

Un largo sueño

En los 80, por ejemplo, creamos una serie de sueños luego destruidos por la apisonadora de políticas reaccionarias; por la sensación de ser invencibles pese a regresar vencidos de las guerras o por el final de las dictaduras; porque aún seguíamos dormidos y soñábamos con conquistar la galaxia; por héroes como Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone y Bruce Willis; porque comenzaba el deshielo ideológico y los muros que nos dividían estaban a punto de caerse, o porque en España la Transición desembocaba en las locas aventuras de la Movida.

Esta película, a diferencia del cine estadounidense en general, no hace menciones directas de nada de lo anterior, ni sobre Reagan, el Irangate o el sida, consciente de que en aquel momento y en este preciso instante cada cual libra siempre su propia batalla, cada cual puede sentirse victorioso o derrotado por motivos muy diferentes entre sí; y Linklater se conforma con recordarnos que algún día fuimos soñadores y que sin sueños la realidad ofrece muy pocas garantías para reparar las heridas que nos produzca el paso del tiempo.