Carlos Santos, el joven Areta
Carlos Santos, el joven Areta
CINE

El retorno al pasado de «El Crack»

José Luis Garci recupera a su mítico personaje, el detective Germán Areta. Su última película, «El Crack Cero», llega en octubre a los cines. ABC Cultural ha asistido al pase privado que el director organizó para un reducido grupo de personas

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Una tarde de junio de 2019, en las instalaciones de un antiguo cine reconvertido en estudios de producción en Carabanchel Alto. A pesar de lo poco que queda para el verano, la temperatura en Madrid es bastante fresca y nos ha obligado a echar mano de la socorrida cazadora de entretiempo, aunque dentro del local nos sobrará en apenas unos minutos. Seremos las primeras personas, una docena, que veremos la última película de José Luis Garci.

La sola noticia mueve a la celebración para los que hayan apreciado el cine español de los últimos cuarenta años. Garci ha vuelto a dirigir, después de asegurar que su carrera detrás de las cámaras había terminado tras su último round, siete años atrás: Holmes y Watson, Madrid Days (por cierto, sería curioso conocer el calificativo que otorga Garci al Holmes de Etan Cohen que nos ha llegado hace pocos meses. ¡La importancia de colocar bien una h!). Para retomar todo donde terminó tan pocos años atrás, el director ha elegido un proyecto que se cae del peso por su propia coherencia: una precuela de su díptico más valorado, una pieza que cierra la trilogía negra de El Crack, la referencia socio cultural más viva y vigente sobre la España de los primeros años 80, tan convulsa y demiúrgica respecto a lo que el país ha sido en las décadas posteriores.

En realidad, la abrirá más que cerrarla. Será la tercera pieza pero se adelanta en el tiempo a las dos primeras, para ofrecernos un semblante de Germán Areta justificativo de lo que ya habíamos visto de él. Poco sabemos de ella, de su factura, de su guión, de sus intérpretes, antes de empezar la proyección a veinticuatro fotogramas por segundo, el formato analógico que el autor de Las verdes praderas quiere seguir dando a su obra. He preferido venir a la sala, donde nos acompañará el propio director ávido por ver los primeros gestos de un público reducido, sin leer mucho sobre la producción, sin interesarme por lo poco que se ha sabido de un rodaje y montaje bastante alejados de los focos. Es una sensación parecida a la que experimenté al ver en el cine la tercera parte de El Padrino, dieciséis años después de estrenada la segunda parte. Garci ha esperado incluso más tiempo para volver a su personaje, y por eso la ocasión es de las que se dan pocas en una vida cinéfila. Las luces se apagan tras los saludos de rigor, y nos disponemos a presenciar el origen de un crack que nos cautivó en la adolescencia, la personal y la democrática del país.

Cambio de ciclo

El pase ha terminado. En blanco y negro, con encuadres a la altura de los ojos de sus personajes, lentos movimientos de cámara que reinciden en la cuestión moral de Godard, y con elipsis majestuosas que recomponen las consecuencias de momentos críticos de la historia en la mente del espectador, Garci nos ha trasladado al Madrid inmediatamente anterior al de sus dos obras maestras precedentes. Ha tejido junto a su guionista Javier Muñoz, también director con experiencia en el género criminal, un retorno al pasado del personaje central, con estructura narrativa lineal y una atmósfera histórica y personal de cambio de ciclo, como ocurre en los meses de finales de 1975 en los que han situado el relato.

Hemos visto aparecer en pantalla, con los rasgos de Miguel Ángel Muñoz, a El Moro ligeramente más joven que aquel que compuso Miguel Rellán, y nos han contado cómo fue fichado directamente del arroyo por Areta; se deja ver también, y trata siempre de reconducir con su maestría al investigador, El Abuelo, que ha heredado el perfil de José Bódalo en la piel de Pedro Casablanc. Hasta El Piojo tiene su sitio aunque sea al otro lado de la barrera que marcan la ética y la honestidad.

Víctimas y vampiresas

Es como un run for cover de Garci, un feliz reencuentro con sus sólidas convicciones como cineasta, como aficionado, como divulgador. Otra vez, como ocurrió con Chandler y Hammett, está dedicada a un grande de la literatura negra, James M. Cain, con su homenaje en forma de póliza de seguros en medio del aparente suicidio de un sastre que más parece un asesinato por motivos personales de alguien. Como en toda gran película noir del subgénero de detectives, una bella mujer entrará en la oficina con persianas venecianas pidiendo ayuda al sabueso. El Crack Cero seguirá en esto el mismo patrón clásico. Las mujeres de El Crack Cero desconciertan: no hay una femme fatale única sino que son casi todas, en uno u otro sentido, víctimas y vampiresas. La secuencia de inicio, en esa misma línea, removerá conciencias. Se habrá armado de paciencia el director para encajar la que se le vendrá encima por incluirla.

Cartel de la película
Cartel de la película

Carlos Santos, el joven Areta, ha dado con la clave que nos faltaba sobre el rasgo más perceptible de la recordada interpretación de Alfredo Landa hace casi cuarenta años: sus ojos. Las conchas de galápago que recubrían el cuerpo del ex policía en 1981 y 1983 descansaban sobre una mirada suspendida en el tiempo y el espacio, que era la mejor descripción de lo que ocultaba el alma de aquel private-eye madrileño. No es todavía un hombre infeliz. Sí es un tipo duro, ha vivido ya momentos en la vida que le han dejado esquirlas en su carácter, ha salido de la policía por un caso de abusos, pero no tiene aún la mirada descreída y perdida en el magma de los sentimientos que Landa esculpió en su rostro.

La venganza

Ahora comprenderemos por qué. La mayor declaración de afecto del autor hacia su personaje la consuma Garci con la elipsis que nos evitará a los espectadores el momento en que conoce la peor noticia de su vida, y centrará nuestra mirada en las consecuencias que ese hecho tendrá en el futuro para su rictus y su forma de relacionarse con lo que le rodea. Y es entonces cuando se activa el complejo mecanismo humano de la venganza, presente en toda la trilogía.

Hemos asistido a una proyección «solitaria». No por lo concurrido del pase privado, sino por la sensación de soledad que anidará en Areta y en los presentes en lo sucesivo. Se enciende la luz y Garci esconde sus miradas cautivas hacia nosotros para, sin que nos percatemos, captar el gesto de aprobación o indiferencia que haya causado en cada uno los asistentes. Conversa con su público selecto y va archivando en su memoria los primeros comentarios elogiosos o los meramente curiosos sobre la producción que acabamos de contemplar. Esa sí que es la soledad del creador, aunque sea en un arte colectivo como el cine.