Luchita Hurtado
Luchita Hurtado
CINCO MINUTOS DE GLORIA

«Rentrée» demodé

Déjense de novedades vacuas y conozcan a Luchita Hurtado

Actualizado:

La «rentrée» es algo que nos hemos inventado los periodistas -además en francés, así queda más chulo- para rellenar nuestras cabezas huecas de ideas a fuerza de exprimirlas en la obviedad de los ecos tuiteros. Tampoco ayudan mucho las editoriales, los museos… con propuestas que nos eleven a las nubes de la curiosidad. La «rentrée» deviene tan traumática como aquella vuelta al cole y, encima, sin lapiceros nuevos que mordisquear.

Mi refugio para esta rentrée tan demodé se llama Luchita Hurtado, tiene 98 años, es pintora y casi, casi acaba de descubrirla para la comunidad del arte ultramoderno y otros circunloquios el mago Hans Ulrich Obrist en la Serpentine Gallery de Londres. Al mercado se le han salidos los ojos de las órbitas frente a los cuadros de esta artista que nació en Venezuela en 1920 y desde los 8 años reside en Estados Unidos.

Descubierta a sus 98 años para el mundo del arte, fue amiga de Duchamp y Rothko

Su caso me recuerda al de otra pintora centenaria, la cubana Carmen Herrera, que salta a la palestra gracias a una exposición del Whitney Museum de Nueva York hace unos años y de ahí a las mejores colecciones y a las pujas millonarias de ferias y feriantes. Esto después de haber pasado una vida entera sin comerse una rosquilla, guardando sus cuadros debajo de la cama.

Si el noticiero cultural saca a relucir cada dos por tres la casuística de un Van Gogh que vende su primera obra ya muerto y con una oreja menos, me da que comienzan a ser legión los ejemplos de mujeres que han tenido que esperar a una edad más que provecta para que algún dios del arte las venga a ver. No voy a recitar la evidencia de Louise Bourgeois. De vuelta a Luchita Hurtado, lo que se cuenta sobre su vida tiene tanto interés como su obra, trufada de surrealismo: Duchamp masajeaba sus pies mientras Leonora Carrington fabricaba con sus manos una casita para sus hijos, o que en una obra de teatro que escribió su segundo marido, Wolfgang Paalen, participaron Rothko, Motherwell y Lee Krasner, otra dama que pasó años sepultada por aquel Pollock del éxtasis y las borracheras.