Detalle de «Flagelación de Santa Engracia», óleo sobre tabla, circa 1474-1477
Detalle de «Flagelación de Santa Engracia», óleo sobre tabla, circa 1474-1477
ARTE

El renacer de Bartolomé Bermejo

Acertada decisión del Museo del Prado (con la colaboración del MNAC) de poner en valor la obra del pintor cordobés Bartolomé Bermejo

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El nombre de Bartolomé Bermejo no significó nada para nadie desde su muerte -en torno a 1500- hasta bien metido el siglo XX. Durante 400 años, y a pesar de su extraordinaria calidad, su pintura fue olvidada. El olvido fue en su caso fruto de los cambios de gusto vinculados a la condición histórica del ser humano. Ya se sabe: lo que hoy atrae, mañana no interesa. Creadores sublimes pierden conexión con el público, que los posterga sin piedad. Esto ha pasado siempre y le sucedió a Bermejo como le ocurrió a Sittow o más tarde a Caravaggio, y tantos otros.

El precio de una cruz

A finales del XIX, la única obra asociada con Bermejo era la Piedad Desplá de la catedral de Barcelona. Oscurecida por el tiempo, había permanecido años arrumbada en casa del arcediano hasta que el azar la puso ante las personas adecuadas. Fue el inicio de un proceso de recuperación que se desarrolló a la estela del creciente interés por los maestros flamencos. Conscientes de que las relaciones entre España y Flandes habían sido muy intensas desde la época de lsabel la Católica, coleccionistas y marchantes removieron iglesias y monasterios buscando tesoros. Y los hallaron, vaya que sí, sobre todo al constatar que los propietarios no los estimaban y estaban dispuestos a vender barato.

Una pieza formidable, el San Miguel utilizado por el Prado como reclamo de su exposición, salió de España cuando el párroco de la iglesia de Tous -hoy sumergida en las aguas del famoso pantano- se la cambió a un marchante alemán por una cruz para entierros y procesiones. Llevaba allí desde 1468, detalle baladí cuando hay que salir a la calle a manifestarse contra la sequía.

¿Uno o trino?

El núcleo del catálogo de Bermejo -Piedad Desplá, San Miguel de Tous, Santa Engracia de Daroca, Tríptico de Acqui, Santo Domingo de Silos- no estuvo configurado hasta 1914, aunque hizo falta el siglo XX para completarlo. El primer problema estuvo en el nombre del artista. El pintor no siempre firmó del mismo modo. Los estudiosos tardaron en darse cuenta de que Bartolomé de Cárdenas, Bartolomé Bermejo y Bartolomeus Rubeus eran la misma persona. Hubiera bastado con recordar la costumbre de latinizar el apellido, pero para eso había que tener de antemano la solución.

Después estaba el serio problema de la biografía. Salvo que nació en Córdoba y trabajó en Játiva, Valencia, Daroca, Zaragoza y Barcelona, apenas se sabía nada de su vida. Bermejo era sólo un nombre que fue rellenado con toda clase de ocurrencias. Unos, debido a su condición de artista itinerante, le atribuyeron un carácter indómito e inadaptado, a medio camino entre la vanguardia y la bohemia; otros, sabedores de que en sus pinturas empleaba técnicas similares a las de los flamencos de la época, se inventaron estancias en Flandes para aprender el oficio; los más, aprovechando el pedigrí que hoy proporciona formar parte de una minoría oprimida y ser perseguido, excavaron el filón del judaísmo sin percatarse de que afirmar que el pintor fue converso y que trabajó fundamentalmente para conversos que necesitaban acreditar su fe adquiriendo pinturas de catolicidad incontrovertible resultaba tan inverosímil como creer, al estilo de Chesterton, en la existencia de células terroristas integradas exclusivamente por policías infiltrados.

Pura emoción

Menos mal que nada de esto puede impedir que disfrutemos de Bermejo. Su pintura habla por sí misma. Basta con prestar un poco de atención para descubrir su refinamiento y riqueza. Desde la primera pieza de la exposición del Prado, el San Miguel de Tous, con las torres de la Jerusalén ideal reflejadas en el peto de la armadura del arcángel o el rostro de cómic yokai del demonio que yace a sus pies (la misma acorazada criatura que intenta corromper a la Fortaleza en Santo Domingo de Silos y su virtudes), todo es interesante.

En un pequeño espacio el pintor combina magistralmente detalles de realismo extremo y otros de imaginación desbordante. Pero si en algo destaca Bermejo es en la representación de emociones: la melancólica resignación del diablo en Descenso de Cristo al limbo; el gesto de reconcentrado y sádico placer del verdugo en La flagelación de Santa Engracia... Esta obra, por cierto, contiene un enigma al que nadie ha dado respuesta: el sentido de las palabras inscritas en el suelo de la estancia. ¿Se atreve?