«Pixeladas», uno de los dibujos del colectivo, de 2002
«Pixeladas», uno de los dibujos del colectivo, de 2002
ARTE

Reivindicación de la ética y estética «chana» en Sevilla veinte años después

Miki Leal, Juan del Junco y Fernando Clemente fueron, con el cambio de siglo, The Richard Channin Foundation. Su irreverencia de entonces es ya material de museo

Actualizado:

El CAAC recupera, con buen criterio, uno de los momentos más interesantes del arte andaluz y –nos atreveríamos a decir- que también del panorama nacional del ya no tan reciente cambio de milenio. Unos procesos que han merecido ser revisitados ahora, casi dos décadas después, para estimarlos en todo su sentido, ya que no fueron bien ponderados entonces.

Recordamos haber visitado en 2000 el estudio de la sevillana calle Macasta con motivo del ciclo PaseARTE, organizado por Lorna Scott y Esther Regueira. Entrar, salir; todo parecía confuso, abigarrado, lleno de gente, en todo alejado de los paradigmas de lo que nos habían enseñado a los historiadores del arte que debía ser un estudio de artista: cerveza, comida, diversión, humo, ajetreo.

¡Cómo nos reímos!

Apenas un año después, en un artículo en estas páginas, señalaba un exceso de improvisación y contingencia y el peligro que corrían de caer en una patética vorágine e, incluso, de hacer carrera de ello. Cuánto se debieron reír, pues precisamente era eso lo que pretendían hacer y así lo hacían, como el buen prestidigitador, delante de nuestros ojos, sin que fuésemos capaces de percibirlo.

Tardamos en comprender que la importancia de The Richard Channin Foundation (1999-2004) no radicaba en la dimensión artística de las obras, acciones o iniciativas que produjeron o impulsaron; la producción posterior de los tres componentes del colectivo -Miki Leal (Sevilla, 1974), Juan del Junco (Jerez de la Frontera, 1972) y Fernando Clemente (Jerez de la Frontera, 1975), cada uno siguiendo unas líneas, unos tiempos y unas pautas de actuación diferenciadas- posee una trascendencia mayor. Pero he ahí la paradoja que la cuestión entraña. Por un lado, resulta imposible justificar la trayectoria actual de los tres creadores sin ese interesante viaje iniciático, del que son deudores. Por otro, sin la aparición del colectivo sería imposible explicar con la misma fuerza la eclosión de una generación de artistas jóvenes que encontraron en las inauguraciones y actividades lúdico-sociales de la RCHF, y en su actitud desacomplejada y heterodoxa para con el arte y el mercado, una coartada para encontrarse, reconocerse, mostrarse y reivindicarse.

Miki, Juan y Fernando -la Channin- hicieron de la necesidad virtud; del evento arte, un contexto y un espacio de agitación e interacción relacional con la sociedad; de la ascensión de lo hortera y popular a los predios de una supuesta alta cultura, un credo estético -lo chano-, y de la auto-reverencia a la personalidad autoral, un intenso leitmotiv. Este alto nivel de exposición pudo producir un desgaste prematuro, pero permitió un eco que fue oído más allá de las fronteras de lo local.

Bajo un mínimo análisis, el dibujo -con materiales muy precarios- les permitía trascender lo pictórico que tanto peso había tenido en la escena hispalense sin traicionar una herencia. Con juegos muy serios, recombinaron todo el bagaje histórico recogido y lo proyectaron hacia el futuro. Y no todo se limitó a chanza, hermandad e irreverencia. Piezas como Directo al estrellato (2002), Cola de caballo (2002) o La custodia del cubata (2002-2008) -recientemente censurada en una muestra colectiva- revelan una conciencia crítica, una profundidad ética y un conocimiento contextual que siguen resultando incisivas y reveladoras.