David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed, en los años 70
David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed, en los años 70
MÚSICA

Lou Reed frente a la más negra de las leyendas

El periodista Anthony DeCurtis recompone la figura del mítico rockero neoyorquino equilibrando crudeza y humanidad

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Como en el «far west» de Liberty Valance y en el Manchester asilvestrado de Factory Records y The Haçienda, lo que hay que imprimir en carteles en tamaño rascacielos y trasladar a resplandecientes neones no son los hechos, sino la leyenda. Ya saben: ese «print the legend» que dejó dicho John Ford y repetiría más tarde, con otras palabras aunque idéntico espíritu, Tony Wilson. También Lewis Allen Reed (1942-2013), con su rostro tallado en granito, sus episodios de transformismo salvaje y, en fin, su brutal fama de «rock and roll animal» a jornada completa, tiene algo de figura legendaria, de mito moldeado por el paso del tiempo y fabricado con el mismo material del que están hechos tanto los sueños como las más bajas pasiones de la música popular.

Es en este terreno, campo minado de tópicos y alumbrado por la socorrida alianza de sexo, drogas y rock and roll, donde mejor se ha desenvuelto el espectro de Lou Reed. Ahí está, a cuestas con su leyenda negra, el yonqui díscolo; el pérfido y cruel maltratador; la estrella huraña y malhumorada que se zampaba un par de periodistas para desayunar; el explorador del abismo que acumuló más vicios que virtudes… Si, como en un juego de unir los puntos, conectásemos todas estas facetas, al final tendríamos un retrato más o menos reconocible del rockero neoyorquino, sí, pero también un retrato incompleto. Una caricatura a ratos grotesca reforzada por lanzamientos como « Notes From the Velvet Underground: The Life of Lou Reed», libro en el que el periodista Howard Sounes presentaba al autor de « Satellite Of Love» como un «auténtico monstruo», y contra la que se rebela Anthony DeCurtis con esta exhaustiva y reveladora biografía.

Luz y taquígrafos

El periodista neoyorquino, amigo del músico y firma habitual de publicaciones como «Rolling Stone»,se aproxima a la figura de Reed con luces, taquígrafos y herramientas de lo más variadas para hurgar entre los pliegues de la leyenda, resituar algunos episodios que, como su relación con la transexual Rachel Humphries, habían degenerado con el paso del tiempo y, sobre todo, tratar por igual al rockero maldito que simulaba inyectarse heroína en directo, al admirador irredento de Brian Wilson, y al «envejecido judío neoyorquino que salía de novio a ver un espectáculo con su bohemia y atractiva novia». Ayuda que este « Lou Reed. Una vida» incluya testimonios hasta ahora poco dados a meterse en fregados, como el fotógrafo Mick Rock, responsable de las carátulas de « Transformer» y « Coney Island Baby»; el periodista y compañero de escaramuzas nocturnas Ed McCormack; o Danny Fields, exmanager de los Ramones y uno de los amigos más fieles de Reed. Entre todos rellenan los huecos de la historia.

«Lou Reed. Una vida». Anthony DeCurtis. Libros Cúpula, 2019. 542 páginas. 27,90 euros
«Lou Reed. Una vida». Anthony DeCurtis. Libros Cúpula, 2019. 542 páginas. 27,90 euros

Un buen ejemplo es el polémico episodio de la terapia electroconductiva a la que le sometieron sus padres siendo adolescente para tratar de corregir no se sabe muy bien si su coqueteo con la ambigüedad sexual o los delirios propios de un trastorno esquizofrénico. Otro caso aún más revelador es el de la gestación de « Berlin», desolador álbum sobre una pareja en proceso de demolición con el que Reed puso a prueba los límites de su propia crueldad. «¿Quién quiere que su matrimonio hecho trizas sea descrito en un álbum destinado al mundo entero? O, si viene al caso, ¿quién puede llegar a querer ser golpeada como a mí me ocurrió un par de veces, quién puede?», se pregunta en el libro Bettye Kronstad, primera esposa de Lou Reed y principal damnificada de tan dolorosa grabación.

A su lado, otras voces como las de Laurie Anderson o David Bowie se van entrelazando en un texto que, más allá de anécdotas incendiarias, sigue el curso de la carrera de Reed a través de sus discos y pasa suavemente de sus inicios como compositor a sueldo en Pickwick Records a la furia vanguardista de The Velvet Underground y de ahí a su prolífica y camaleónica discografía en solitario. Es así como vamos conociendo, página a página, al estudiante problemático pero aplicado; al poeta urbano; al «maldito marica adicto»; al astuto transformista con brillos y purpurina; al rudo cronista de las noches neoyorquinas; a la estrella deslumbrante que orbitó alrededor de Andy Warhol; al compañero fiel de Laurie Anderson; al budista zen que falleció «haciendo la famosa posición 21 del “tai chi” con tan solo sus manos de músico moviéndose en el aire». Es así como conocemos, después de todo, a Lou Reed más allá de la más negra de las leyendas.