Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943)
Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) - Inés Baucells
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«El rey recibe»: la revolución del 68, según Eduardo Mendoza

La última novela del escritor barcelonés donde revisa movimientos «sesenteros», como el feminismo o el arte pop, resulta fiel a su estilo, y a su sorna, aunque chirría en ciertos aspectos

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La mejor literatura de Eduardo Mendoza ha nacido prendida a ciertos contextos históricos como la Barcelona industriosa y la anarquista en convivencia con el desarrollismo urbano. También lo más destacable de «El rey recibe» tiene que ver con su habilidad para ofrecer un mundo, el nacimiento de la cultura actual, que se cifra en las distintas evoluciones que conocemos como revolución del 68. Su novela se asoma un momento a la olvidada Primavera de Praga, abortada por tanques soviéticos. También a la época de tibia esperanza de apertura que supuso Fraga Iribarne y su Ley de Prensa. La novela evita París, y quizá guiada por un cierto poso autobiográfico, traslada a su protagonista, Rufo Batalla, al Nueva York de finales de los sesenta, cuando Manhattan era temible por su inseguridad, pero donde ya anidaban los movimientos que han definido la contemporaneidad: el feminismo, el despertar gay, y la iconoclasia del arte pop, que el escritor catalán prefiere tratar en el enfrentamiento entre «High» y «Low» de las corrientes musicales.

Lo más «mendocino» de la novela es la elección de un personaje, Rufo Batalla, que implica un modo de ser extraterritorial. Comenzó como periodista de relleno en crónicas sociales para una revista de cotilleo, y pasa luego a trabajar en una oficina comercial de la embajada española en Nueva York, en un ambiente burocrático que nada compromete al personaje, quien se parece bastante a un Bartleby, al que le pasan cosas que no termina de entender del todo.

Vena picaresca

Ese héroe sin atributos es heredero de Javier Miranda -personaje de «La verdad del caso Savolta»- y vuelve a dar a Mendoza alto rendimiento literario, que esta novela tiene en lo que podríamos llamar su lado serio, no grotesco. Porque hay otro, que también es «mendocino», en el que Rufo Batalla se ve envuelto en una tramoya de un príncipe eslavo exilado que pretende recuperar el trono de un país báltico lindero con Estonia, denominado Livonia, y cuyas vicisitudes llevan la novela de Mendoza a otros lugares menos logrados. No es que no resulte gracioso, podría ser una historia que funcionase como novela exenta de las varias que Mendoza ha ideado como ejercicio del intergénero de la parodia, que muchas veces le he celebrado, pero aquí no cuadra. Lo principal es que si bien el episodio de Formentor resulta jocoso, su inserción en la trama neoyorquina me ha parecido cogida por los pelos.

Resulta muy conseguido el trazado de la vida americana y sus contradictorios modos de existencia

Y, sobre todo, rompe tonalmente la novela al iniciar excursos, como el que narra la historia de Livonia, tan prolijos como ajenos al interés que el argumento social iba sosteniendo antes. Destaco el relieve psicológico muy particular en el dibujo de personajes como Valentina, o Ernie. También resulta muy conseguido el trazado de la vida americana y sus contradictorios modos de existencia, con perspicaces incursiones en lo social familiar como el fin de semana pasado en las playas de Hamptons.

Culturalismo

La psicología de Rufo Batalla, que desea ser querido pero no lo logra, que carece de vocación definida, y que ve pasar los acontecimientos con cierta perplejidad, es muy acertada. Ello le permite eludir toda clase de moralismo, en cualquier sentido, lo que no es fácil abordando los asuntos que trata. Ni abraza lo nuevo por serlo, ni deja de señalar la zafiedad de ciertos planteamientos rupturistas tanto en el arte como en la vida social. No le queda a la zaga en mérito el tono humorístico, de vena muy picaresca y muy de Mendoza, que le sirve para examinar ciertos rasgos críticos sobre el artista maudit, personificado en el dialogo con el joven músico francés Yves y las opiniones que vierte sobre Brahms.

Hay, por último, en «El rey recibe» un rasgo culturalista, que no se limita a las citas o reflexiones en distintas lenguas, que era menos visible en las anteriores novelas de Mendoza, y que considero muy necesario para este dibujo de los cambios sociales de finales de los años sesenta, verdadera trama de una novela que no precisa de otras. El personaje protagonista mismo podía ser eslabón, sin que se echaran en falta los derroteros grotescos del rey báltico que dificultan la excelencia de la novela.