El taller de vaciados, al igual que el de Calcografía Nacional, se mantienen en activo
El taller de vaciados, al igual que el de Calcografía Nacional, se mantienen en activo - Ignacio Gil
LIBROS

La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se enchufa al futuro

En 2013 inició una nueva fase, la última de un proceso de modernización que comenzó en la década de 1970. En la institución nacida en 1752 se habla de I+D+i y de equipos multidisciplinares

Actualizado:

Quién iba a pensar que un vaciado de yeso de hace dos siglos acabaría escuchando la última canción de Justin Bieber en las tripas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El mismo edificio donde, en el segundo piso, Javier estampa obras de arte modernas con tórculos de los siglos XVIII y XIX. O donde, dos plantas más arriba, un arqueólogo llamado Néstor trabaja con una cámara de fotos, un programa informático y unas gafas de realidad virtual como principales herramientas para la recuperación de patrimonio histórico. La Academia ha entrado en el siglo XXI, pero los madrileños (y los visitantes de la ciudad) aún no se han dado cuenta.

-Disculpe, ¿sabe dónde está la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando?

-Mmm... No, lo siento.

Quienes la conocen, dicen que la Academia es un ente paradójico. Fue puntera desde su nacimiento, reclamando en 1752 la nobleza del arte frente a su concepción gremial, pero hoy pesa sobre ella la imagen de antigualla. Fue el primer lugar de España que organizó una exposición pública, en 1753, pero su Museo no abrió hasta 1986. Es la segunda mayor pinacoteca de Madrid -con más de 1.400 pinturas, 1.300 esculturas y 15.000 dibujos-, solo por detrás del Prado, pero la diferencia de visitantes es abismal: 110.000 frente a 2,5 millones. Quienes la conocen, dicen que durante buena parte del siglo XX la Academia languideció, se dedicó a subsistir. Hasta ahora.

En la entrada al Palacio de don Juan de Goyeneche, la sede de la Academia desde 1773, han colgado desde septiembre una pantalla luminosa que radia las exposiciones que se pueden visitar: se intercalan desde fotos de Isabel Preysler (de la exposición «Vanity & Time», de Jonathan Becker), hasta las trece obras de Goya de la colección permanente o la programación musical. También la exposición «Carlos III y la difusión de la Antigüedad», en la que su moderno Laboratorio de Humanidades Digitales ha tenido un papel destacado: el resultado se puede «tocar» en tabletas.

Ambiente innovador

Este lugar no tiene nada de monacal y polvoriento: la planta de los despachos es un ir y venir constante de gente. Se saludan, se enganchan aprovechando el encuentro -«¡ah!, tenemos que hablar de...»-, o acuerdan buscarse más adelante para resolver algo pendiente. Siempre hay algo pendiente. Un proyecto que estudiar, un hallazgo que comentar o un problema que resolver. La cafetería de la cuarta planta parece el corazón de su actividad. Aquí no se viene a descansar, se viene a debatir.

Académicos numerarios, becarios recién salidos de la universidad e investigadores de esta institución y de otras intercambian ideas y chocolate. En la cafetería se habla de drones, de cámaras de alta resolución, de nuevas técnicas arqueológicas o de cómo introducir un cambiador de bebés en el baño de la tercera planta.

-¿En qué es hoy puntera la Academia?

-En la relación entre los saberes tradicionales, las humanidades y las nuevas tecnologías.

Es Itziar Arana (Madrid, 1975), coordinadora del Centro de Investigaciones Avanzadas de la Academia. La primera vez que la vi estaba sentada en esta misma sala de reuniones rodeada de universitarias. Colaboraban en el proyecto dirigido por el director, Fernando Terán (Calatayud, 1931), para intentar reconstruir los conventos, hoy perdidos, de Atocha y la Trinidad Calzada, un proyecto del que también forman parte el Museo del Prado y la ETS de Arquitectura de la Politécnica.

Arana comenzó a trabajar en 2013 en la institución. Entonces se iniciaba una nueva etapa, la última fase de un proceso de más de 40 años de puesta a punto de la Academia. Su primera decisión fue crear la estructura para poder participar en proyectos públicos. Hasta ese momento la Academia no estaba acreditada como centro investigador solicitante.

Hicieron los trámites. En 2014 se presentaron por primera vez a cuatro convocatorias públicas de I+D a escala nacional y les concedieron las cuatro. Más adelante llegaron otras dos a nivel europeo. Hacen de «socio fuerte» de humanidades en proyectos tecnológicos. Cuentan que una vez, durante los trámites, bloquearon una «web». Fue al poner la fecha de creación de la Academia. La «web» no estaba configurada para que una institución del siglo XVIII solicitara proyectos del siglo XXI.

I+D+i

Los nuevos proyectos aún no han visto la luz. Los primeros lo harán a lo largo de 2017. Ahora lo poco que puede verse de ellos son decenas de cajas de hace 30 años llenas de fichas manuscritas por el historiador de arte y académico José María Azcárate y sus alumnos. Es una institución paradójica. Tras la muerte de Azcárate, sus hijas las enviaron a la Academia: era una recopilación -inmensa- de términos que tenían que ver con el patrimonio. Recogió el testigo Antonio Bonet (La Coruña, 1925) y propuso crear un vocabulario básico de las artes que fuera aceptado por la RAE. Al final no será básico. Se está haciendo la transcripción y se tejerá en una arquitectura «web» muy elaborada.

En los peines se almacenan algunas obras de la segunda mayor pinacoteca de Madrid
En los peines se almacenan algunas obras de la segunda mayor pinacoteca de Madrid - Ignacio Gil

A raíz de este proyecto, desde Florencia les han propuesto sumar fuerzas. Allí están elaborando un diccionario multilingüe. «Ya veremos si colaboramos, porque no tenemos capacidad, e igual que el de Azcárate quedó así y lo hemos retomado ahora, quizá nosotros lo dejemos así y se retome más adelante».

Física e informática

La lista de proyectos nacionales que están en desarrollo se completa con la catalogación de las vidrieras en edificios públicos de Madrid, de las que ya se ha hecho un mapa, y la ampliación de un plan de excavación de la Casa de Diana Arcaizante, en Pompeya, además de la recuperación de los conventos. Mientras, hay muchas otras cosas que están en fase de ser pensadas o de ver qué recursos tiene la Academia para ponerlas en marcha. Como una de la que Arana solo puede comentar que hay una Facultad de Física incluida. U otra, para crear una herramienta informática que discrimine la información de la «web» y ponga en relación imágenes, textos y sonidos. «Es de un equipo multidisciplinar, muy técnico, y yo estoy por medio intentando ver por dónde me tengo que meter…».

Todos estos proyectos tienen en común uno de los dos objetivos de la Academia, inmutables desde sus orígenes: la protección y la difusión de la cultura.

Ver lo que no se veía

La introducción y desarrollo de las nuevas tecnologías en el arte permite «ver cosas que no se veían antes», dice el director de la Academia, Fernando Terán, también urbanista. Como observar el detalle de las gárgolas en las catedrales góticas. «Completarían el estudio de la arquitectura de una manera que no se ha podido hacer hasta ahora». Entonces se refiere al puente de la Constitución de 1812, situado en la bahía de Cádiz… y en el Museo de la Academia. No fue el primer trabajo en reproducción 3D, pero sí la primera vez en que un académico, en este caso el autor del puente, Javier Manterola, lo donó como obra.

La academia se ha consolidado como «el socio fuerte» de humanidades en proyectos tecnológicos

Se encuentra en una sala llena de cuadros en soportes clásicos, todo obras del siglo XX. Y ahí, desde abril de 2016, en una esquina, está la instalación, con un televisor a la altura de la vista y una pantalla táctil a la altura de las manos. Muestra el puente de Cádiz mejor que una maqueta. Da sensación de realidad.

El puente pasó por el Laboratorio de Humanidades Digitales (LHD), nacido en 2015 como un departamento que presta servicio al resto. Investiga y desarrolla tecnologías 3D para la difusión del patrimonio, como la fotogrametría: una técnica con la que escanean objetos a través de fotografías, muchas fotografías. Después las ensamblan para restituir el objeto geométricamente. ¿Cómo se toman fotos de un puente de 185 metros de altura? Con drones.

«Es algo en lo que estamos empezando, pero, que yo sepa, tampoco hay ningún museo que lo haya hecho hasta ahora», dice Terán.

También en el Museo

Museo, tercera planta, sala 59. «Esto lo he visto yo antes…». Se trata de un cuenco de cerámica persa, en color turquesa y con decoraciones del siglo XII. Desenfundo el móvil. Me meto en la App de la Academia y accedo al apartado de obras en 3D. Efectivamente, ahí están las dos: la primera, la que tengo delante, estática pero real. La segunda: una reproducción en 3D realizada a través del estudio fotogramétrico y que, sin embargo, es la única que puedo tocar, girar y darle la vuelta. Se ha creado en el LHD, a cargo del arqueólogo Néstor Marqués (Segovia, 1991), que logró incluso reproducir el brillo exacto de la cerámica.

Esta tecnología ha conseguido ser protagonista de la exposición temporal «Carlos III y la difusión de la Antigüedad». Se encuentra en las dependencias en las que, hace unos meses, el delegado del Museo, José María Luzón (Jaén, 1941), me guiaba con una antorcha... de luz LED. Con ella iluminaba, como si de fuego se tratara, la única copia existente de la Puerta del Paraíso.

Realidad virtual

Ahora, hasta el 16 de marzo, junto a las copias en yeso que mandó hacer Carlos III de las esculturas halladas en las excavaciones de Pompeya y Herculano, se encuentra el 3D de las originales, proyectadas en tabletas. Se pueden tocar, acercar y jugar a las siete diferencias con la copia que tienen encima. La más llamativa, la Afrodita de Herculano, un vaciado «frankenstein» que une la copia de 1775 con una túnica roja de plástico de 2016. Se obtuvo con una impresora 3D según las dimensiones exactas de la original de Nápoles, ya que la copia la había perdido.

-Es una exposición para eruditos, aunque la comisaria le haya dado un toque final atractivo con los cuartos de realidad virtual.

En 2014 concurrió a cuatro proyectos de I+D+i. Le concedieron todos

Cómo no va a ser atractivo. Te pones unas gafas HTC Vive (que se parecen a las de los buzos), unos auriculares, y coges un «stick» que empieza a vibrar como si estuvieras en plena erupción del Vesubio; precisamente lo que ves. El recorrido también pasa por grutas en lava o el patio de San Telmo.

No es la única ruta guiada del Museo a cargo de la tecnología. Desde hace un año y medio, en la primera planta funciona la App Museum Experience: una guía virtual del museo que te planifica la ruta, te lee una breve explicación de los cuadros y te dirige por el entramado. ¿«La Primavera» de Arcimboldo?: «A 300 metros, gire a la derecha». Por ello, la primera planta se encuentra plagada de balizas bluetooth (beacons), que localizan el móvil con menos de un metro de margen de error. No es lo mismo escuchar la explicación de «El entierro de la sardina» que de «La Tirana», ambas de Goya.

Gastos y patrocinios

Es noviembre. Varios operarios trabajan en el patio del lucernario. Están colocando algunos focos. Esta noche habrá fiesta en la Academia, pero no es una fiesta de la Academia. La convocante es « Vanity Fair España», que celebra sus primeros 100 números.

El Laboratorio de humanidades digitales desarrolla tecnologías 3d para difundir el patrimonio

En este patio tendrá lugar el cóctel. Los invitados pasarán después al patio de las esculturas, se sentarán en mesas redondas «con bonitos manteles», que dice Terán, y cenarán plácidamente rodeados por reproducciones en yeso de esculturas como el Laocoonte o el gladiador de Borghese. Solo esta noche puede suponer entre 5.000 y 8.000 euros en ingresos.

Esto también forma parte de la adaptación a los nuevos tiempos, que han traído una reducción drástica de fondos. La institución tiene problemas para financiar los gastos corrientes como el mantenimiento de las instalaciones o el fondo artístico, los gastos de personal o la vigilancia. Para este tipo de desembolsos cuentan con dos subvenciones que, en cuatro años, se han reducido en un 70 por ciento. Además, «el presupuesto para actividades es cero», dice el académico y coordinador de proyectos Javier Blas (Madrid, 1961). Recurren a la vía del patrocinio para poner en marcha todos sus proyectos: desde las exposiciones hasta la programación musical.

Desde 2012, la Academia ha acumulado un déficit de dos millones de euros que solo han logrado cubrir con el legado testamentario de Guitarte, donado a condición de que se gastara en la adquisición de obras. Un legado que hasta la llegada de estos tiempos había servido para comprar cuadros como el autorretrato de Goya ante el caballete, el «Bodegón de limones» de Zurbarán o el único cuadro de Juan Gris que tiene la Academia: un bodegón cubista con frutero, botella y periódico.

«Menos mal que, copiando lo que hacen otras grandes instituciones europeas, hemos descubierto el negocio que supone alquilar los espacios. Gracias a eso estamos remontando un poco», cuenta Terán.

Prejuicios

¿Por qué este desconocimiento tintado de naftalina? No hay en la Academia quien no sienta ese estigma. Entre los más jóvenes, quien no reconozca que se sorprendió al conocerla. Y entre mis conocidos, hay incluso quien llegó a preguntarme: «¿Pero la Academia se puede visitar?».

-De todas las aportaciones históricas que ha mencionado como pioneras de la Academia, solo hay una del siglo XX.

-Durante gran parte del siglo XX, la Academia fue simplemente un centro de formación que, además, las vanguardias del fin de siglo XIX dejaron de considerar imprescindible. El arte contemporáneo rechaza la Academia como reivindicación de la libertad creativa del artista. Esto hizo que las academias languidecieran -explica Blas.

El vaciado de la Afrodita de Herculano, de 1775, se completa gracias a la túnica impresa en 3d

Así fue hasta los años 70. «Era un edificio destartalado, con once salas mal iluminadas. Había algún ingreso de académicos, sí, pero no había conciertos, no había conferencias, exposiciones temporales…; lo que se llama tener una vida vegetativa», reconocía la conservadora del museo, Mercedes González de Amezúa.

A partir de entonces, se rehabilitó el edificio, se construyó un salón de actos, se abrieron las 22 salas de la primera planta, luego 17 de la segunda y, en 2002, otras 20 más. Se adquirieron nuevas obras de arte, se activó la programación musical y se generó la estructura organizativa necesaria para ponerse en marcha. En 40 años, la Academia se ha reinventado y está preparada para llevar las Bellas Artes hasta los confines del mundo, o casi. Pronto la localidad de Bishop Auckland, en el condado de Durham, al noreste de Inglaterra, tendrá 30 obras donadas por la Academia, a condición de que se estudien en la Universidad. También preparan un «show en Japón. La Academia quiere llegar a donde el arte español no ha llegado nunca y, de paso, aumentar su proyección internacional.

Un cambio

La semana anterior a la publicación de este reportaje, un día de enero, encontré a una señora delante de la pantalla luminosa de la fachada de la Academia apuntando con esmero en una libreta las fechas de los conciertos. Decidí alejarme un poco y volver a preguntar.

-Disculpe, ¿sabe dónde está la Academia de Bellas Artes?

-¿Ha dicho la Academia? Donde la segunda bandera.