El argentino Julio Cortázar nació en Bélgica en 1914 y falleció en París en 1984
El argentino Julio Cortázar nació en Bélgica en 1914 y falleció en París en 1984
LOS LIBROS DE MI VIDA

«Rayuela»: Un rompecabezas en el que la vida imita al arte

Publicada por Julio Cortázar en 1963, sigue siendo una obra inclasificable con una musicalidad sublime

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No sé si la realidad imita al arte, pero yo también me dirigía a la rue de Seine, cruzaba el arco del Quai de Conti y encaminaba mis pasos al Pont des Arts, donde conocí a una adivina polaca que regentaba una librería en una calle paralela a la plaza de Saint-Sulpice. Ese era también el recorrido de Horacio Oliveira que salía en busca de la Maga, acodada en el pretil de hierro del puente mientras miraba las aguas grises del río. Ignoro si he soñado Rayuela, la maravillosa novela de Julio Cortázar, o si la creación del escritor argentino me ha soñado a mí porque, al sumirme en su lectura, doy un salto en el tiempo y en el espacio y retrocedo al París de los años 70 para convertirme en un personaje más de la narración.

Como le sucedía a Cortázar, yo también podría ser Oliveira en sus monólogos por los escenarios del Barrio Latino o Montparnasse, a la búsqueda de un Buenos Aires que no se halla en París pero que tampoco puede estar en otra parte.

Viaje hacia el interior

Acabo de calificar Rayuela como una novela, pero no lo es porque es imposible clasificar este libro a caballo de la autobiografía, la crítica literaria, el ensayo filosófico y la ficción. La obra, publicada en 1963, es un viaje hacia el interior del autor, pero también es una reflexión sobre el proceso mismo de escribir.

Cortázar, que subrayaba que los capítulos de Rayuela se pueden leer de forma aleatoria, estructuró el texto en tres apartados. El primero está centrado en la relación imposible de Oliveira, un expatriado argentino en París, y la Maga, una mujer uruguaya que cuida un bebé llamado Rocamadour. Son miembros del peculiar Club de la Serpiente, ubicado en un desastrado local donde sus amigos se emborrachan, intercambian añoranzas y escuchan el jazz que suena en un viejo tocadiscos.

Del jazz al surrealismo

En el segundo apartado, titulado del «lado de acá» frente al «lado de allá», que es París, Oliveira vuelve a Buenos Aires y se reencuentra con Traveler, su compañero de juventud. Logra un frustrante empleo de vendedor de telas, mientras convive en la habitación de un hotel con Gekrepten, su antigua novia. Por último, Rayuela concluye con una serie de materiales dispersos y aparentemente incoherentes, entre los que figuran recortes de periódico, citas de libros, reflexiones filosóficas, diálogos y poemas que sirven de corolario a los dos anteriores capítulos.

Parece obvio que Cortázar quería hacer de esta obra un rompecabezas con la peculiaridad de que él mismo induce al lector a ensamblar las piezas a su voluntad. Cada uno de los 155 parágrafos tiene sentido de forma autónoma, lo que invita a leer la narración al azar e incluso en voz alta por la musicalidad del lenguaje. No en vano Rayuela es un homenaje al jazz clásico, con referencias a intérpretes como Charlie Parker, Coleman Hawkins o Lester Young. Hay también una influencia del surrealismo en el texto de Cortázar, aunque él mismo subrayó que este movimiento le parecía «necesario pero no suficiente» para rescatar el lenguaje. «Los surrealistas se colgaron de las palabras en lugar de despegarse brutalmente de ellas», afirmó.

Una historia de amor

Pero nos extraviaríamos en la jungla de su prosa y en las citas que jalonan el texto, con las que nos abruma por su cultura, si no fuéramos capaces de darnos cuenta de que la obra es, por encima de todo, una historia del amor hallado y perdido entre Oliveira y la Maga, una relación imposible y a la vez necesaria, una loca pasión que lleva a la autodestrucción de ambos.

No han faltado los críticos que han calificado Rayuela de «antinovela» y, sin duda, podría serlo en la medida que no cuenta una historia lineal ni obedece a las leyes del género. Pero intentar agotar su significado mediante una etiqueta es no sólo una injusticia sino un absurdo porque la genial creación de Cortázar es inefable. Leer Rayuela es lo más parecido a una experiencia mística.

El escritor argentino, que había nacido en los alrededores de Bruselas cuando su padre desempeñaba un cargo diplomático y que murió en París en 1984, tenía una rara sensibilidad para captar el misterio de las relaciones cotidianas y percibir el trasfondo oculto de la mera apariencia. Sus relatos son, en el fondo, una indagación metafísica sobre el ser. Hay que volver a disfrutar de Cortázar, injustamente relegado por el brillo de autores como García Márquez y Vargas Llosa, de los que no desmerece para nada. El transcurso del tiempo no ha hecho más que engrandecer Rayuela, un libro que siempre hay que tener a mano.