Uno de los dibujos de Paco Guillén
Uno de los dibujos de Paco Guillén
ARTE

Pulsión, doma y sedimento en Paco Guillén

Canarias tiene en Paco Guillén a un artista visceral, que ahora muestra todo su potencial en La Regenta, en Las Palmas

Actualizado:

Hay en Doma una dialéctica que se mueve entre la pulsión creativa visceral, indómita e ingobernable que caracteriza la obra de Paco Guillén (Las Palmas, 1974), y el fino ejercicio conceptual que, desde la emoción llevada a la razón, establece el artista. Una fricción en simbiosis necesaria para que el descarnamiento de sus piezas y la sofisticación intelectual de sus ideas desarrollen una investigación que transite por la pasión pero también por la conciencia. Un proyecto que establece una taxonomía de actos, gestos, sonidos, ecos, recuerdos, escombros, trazos, marcas, señales, sedimentos, heridas, cicatrices, rastros y restos que conforman la cartografía sentimental de un lugar concreto en un determinado momento.

La exposición en La Regenta de Las Palmas comienza estableciendo el territorio (meta)físico sobre el que la propuesta se desenvuelve, un espacio acotado pero insondable, un lugar donde la ruina distópica del ocio y la especulación flagrante de un futuro previsible aunque incierto incardinan el ámbito de conflicto y de relación. Guillén decide centrarse en ese contexto con la minuciosidad de un científico que efectúa un trabajo de campo y con la sensibilidad de un zahorí que busca lo oculto. El artista reconoce el terreno mientras realiza un frottage superlativo, literal, llevando a la zona de análisis los metros de papel que la cubrirán y que recogerán, con el roce del grafito, la morfología sensible de las tierras y de los elementos que contiene.

Un canódromo abandonado y su enorme cartel devastado con la silueta de un estilizado galgo en carrera sitúan el epicentro de la propuesta en la ruina contemporánea, en cómo los sueños se convierten en distopía, en cómo el paso del tiempo lo corrompe todo. Precisamente es en la serie «Carne fiesta» en la que nos habla más explícitamente de esa putrefacción, del despojo, del resto, de ese ser y de ese arte que van mutando a lo largo del tiempo, degradándose y sublimándose, fosilizándose o volviéndose etéreo, cadáver y vida, como el violento taconeo de la bailaora sobre una plancha xilográfica, astillándola, quebrándola, marcándola, hiriéndola y ensuciándola, para generar una nueva obra.

El dibujo convulso de Guillén va invadiendo de manera expansiva un espacio expositivo bien planteado por artista y comisario, a la vez que va generando una composición de emociones extenuante que deja las vísceras de nuestra sociedad a la vista. Un dibujo tan automático como razonado, un trazo entendido como performance, como videocreación, como acción, como intervención sobre los muros de la sala, unas líneas llenas de amor, de odio y de osadía, de sarcasmo, de sentido del humor y de ironía, de inteligencia y pasión; unas líneas que marcan los surcos indelebles de la vida del artista y de su personal pulsión creativa.