Juan Manuel de Prada - Raros como yo

Del premio a las hogueras

La fama de Concha Alós comenzó con una polémica y siguió con escándalo, pero eso no disminuye sus méritos

Juan Manuel de Prada
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na editorial de reciente creación, Recalcitrantes, acaba de recuperar venturosamente « Las hogueras», la novela con la que Concha Alós (1926-2011) obtuvo por segunda vez el Premio Planeta, allá por 1964. Un par de años antes lo había ganado con «Los enanos»; pero Plaza & Janés denunció el premio al día siguiente del fallo, alegando que la novela había sido previamente contratada para su colección «Selecciones de Lengua Española». La concesión y posterior remoción del Premio Planeta a una autora por entonces desconocida fue un escándalo literario de primera magnitud que ocupó durante varios días titulares en la prensa, donde Concha Alós es presentada como «una maestra de treinta años» (aunque en realidad contaba seis más), desenvuelta y gafapasta, que se defiende como una leona ante las maledicencias: «Yo no hice más que lo que suelen hacer otros muchos concursantes –explica a ABC–. Seguí los consejos de unos y otros y mandé copias de mi novela a diferentes concursos para probar suerte». Y apostilla con cierta desfachatez: «Este revuelo me beneficia, ya que, al fin y al cabo, no deja de ser una propaganda, y la propaganda siempre va bien».

Y no le faltaba razón. La publicación de «Los enanos» será uno de los debuts más resonantes de la época; y convertirá a Concha Alós en la autora de moda, vitola que seguirá exhibiendo todavía durante algunos años, antes de irse deslizando lentamente por el tobogán del olvido. Leída hoy, «Los enanos» resulta una novela a la vez solanesca y existencialista, ambientada en una pensión barcelonesa, con el patio lleno de ratas y las habitaciones ocupadas por una galería de personajes bien captados, aunque arquetípicos: el boxeador sonado y hambriento, la prostituta bondadosa, los hermanos incestuosos… Su protagonista, Eloísa, una muchacha desvaída y melancólica, escribe un diario, en el que retrata la sórdida vida de la pensión, alternándola con retazos y ensoñaciones de una historia amorosa frustrada, hasta completar una novela implacable y amarga que sorprende por su madurez.

Orígenes confusos

Siempre envolvió a Concha Alós cierto halo de amargura que se tradujo en una literatura estremecida de pasiones ásperas. Tal vez la persiguiera el fantasma de unos orígenes confusos (de ahí que en sus obras se reiteren asuntos familiares escabrosos); y, desde luego, dejó una honda huella en su memoria la huida de su familia desde Castellón hasta Lorca, cuando las tropas nacionales estaban a punto de tomar la ciudad, que convertiría en asunto novelesco en «El caballo rojo» (1966).

Con apenas diecisiete años se casa con el periodista Eliseo Feijóo, a quien acompañará a Palma de Mallorca cuando lo nombren director del diario «Baleares». Allí estudiará magisterio, ejercerá como maestra y hará sus primeros pinitos literarios; también será allí donde, al cabo de los años, conozca a un aprendiz de escritor, once años más joven que ella, llamado Baltasar Porcel, del que se enamorará rendidamente. Separada de su marido desde 1959 e instalada en Barcelona, su relación con Porcel, que pronto se convertirá en afamado escritor (gracias en parte a los desvelos de Alós, que se encarga de traducir al castellano sus obras), causa gran escándalo. A ella nunca le importó demasiado, tal vez porque el escándalo la acompañaba desde niña; o le importó tanto que siguió escribiendo novelas protagonizadas por mujeres heridas por el rechazo social, como «Los cien pájaros» (1963), donde una muchacha de provincias, ilusionada y pobre, se enamora de un hombre rico que la abandona tras dejarla embarazada.

La envolvió cierto halo de amargura que se tradujo en una obra de pasiones ásperas

En 1964 obtiene por segunda vez el Premio Planeta con la magnífica «Las hogueras», donde usando la técnica del contrapunto nos cuenta la historia de Asunción, una maestra solterona, y Sibila, una ex modelo casada con un filósofo y oscuramente atraída por un truhán. La frustración de ambas mujeres, a la vez que las ahoga de soledad, las envuelve en un sensualismo devorador. El estilo descarnado y a la vez turbador de Concha Alós alcanza aquí su expresión más cuajada y desafiante; y los ambientes rurales de Mallorca (donde transcurre la acción de la novela) añaden un clima opresivo a una historia de almas aplastadas por el aburrimiento o arañadas por la amargura, soñadoras de un pasado sublimado y un futuro esquivo que les da la espalda. Leída hoy, «Las hogueras» conserva toda su belleza doliente, también cierto perfume de desencanto y nostalgia de la felicidad perdida.

Cambio de registro

Fue el último éxito neto de Concha Alós, que ya en los años setenta probará a cambiar de registro con un volumen de «narraciones antropófagas», «Rey de gatos» (1972), en el que introduce elementos fantasiosos, incluso terroríficos, aunque persevere en su lealtad a unos asuntos y a unos personajes que acaban siempre probando los cálices más amargos.

Sus últimas obras, durante la década de los ochenta, pierden el fuelle que caracterizó sus años de esplendor, y abundan en vagabundeos oníricos que desmerecen de su vibrante realismo poético de épocas anteriores. Tal vez esos vagabundeos eran la premonición de una penosa vejez que discurrirá solitaria –separada ya de Baltasar Porcel– por los pasadizos del alzheimer. A su entierro, en el cementerio de Montjuic, frente al mar, apenas acudió un puñado de amigos.

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