Sobre estas líneas, obra de Pedro Cabrita Reis de 1993
Sobre estas líneas, obra de Pedro Cabrita Reis de 1993
ARTE

El poder de las imágenes en Cartagena

Un año más, el festival «La Mar de Músicas» demuestra que su propuesta artística no es un mero complemento. Su exposición central en 2019 se ocupa de la naturaleza aurática de las imágenes

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La Mar de Músicas es, desde prácticamente su nacimiento, una seña de identidad inequívoca de Cartagena, una de las ciudades que en las últimas décadas, como Bilbao o Málaga, han tomado la cultura como motor de transformación, de modo que les granjease un nuevo posicionamiento y consideración en el imaginario metropolitano de nuestro país. La Mar se ha convertido en algo más que escaparate o presentación de la ciudad: es, hoy, sinónimo de ella, por no decir una suerte de sinécdoque.

El vigor de este festival ha desbordado los límites de lo musical, de modo que nació como programa paralelo La Mar de Arte, que viene contando, edición tras edición, con una nutrida y estimable propuesta expositiva; en 2019 bordea la decena de muestras.

Entre ellas, El poder de las imágenes, una colectiva con obras de 17 autores nacionales e internacionales, procedentes de colecciones españolas, adquiere un interés inusitado. Son muchas las virtudes que la adornan, como su condición de antológica de algunos de los artistas que han pasado por La Mar de Arte a lo largo de su Historia. No es menor el carácter «intrahistórico» que atesora, ya que se da en su concepción una suerte de «efecto dominó» que remite a otras exposiciones importantes en los últimos años en la Región de Murcia, como fue Místicos, en Caravaca de la Cruz, puesto que ideas como las de las reliquias o la veneración de las imágenes aparecían en aquélla, comisariada, como ésta, por Nacho Ruiz y Carolina Parra. Así pues, no deja de ser valioso cómo la entrega de Cartagena es un aggiornamento de conceptos y usos de la imagen que en el Barroco se hicieron fuertes y que, desde el comisariado, se trasladan al escenario artístico contemporáneo.

La principal virtud

Aquí estriba la principal virtud, en su tesis y puesta en escena a través de una nómina de artistas (Barclay, Wurm, Holzer, Jaar, Calle, Ruff, Gilbert & George, Gordillo o Murakami) y la elección extremadamente pertinente de las piezas, en ocasiones rarezas, con el fin de visibilizar conceptos o vectores sobre los que se asienta el discurso. Esto ya indica la ambición conceptual de esta exposición, que se aleja de cualquier prejuicio en la dirección de entender este tipo de muestras como vacua actividad paralela de un festival musical.

Las obras expuestas poseen una pretendida condición fronteriza, presentándose como filos de las navajas por los que transitar, como ejercicios de interpelación acerca de la naturaleza material de las mismas, del sentido y finalidad de las imágenes, de la consideración que ostentan en nuestra cultura y de cómo nos relacionamos con ellas. Se ponen en juego, a través de obras que no se muestran desabridas a pesar de su instrumentalización en pos de un enriquecedor conflicto, numerosas estribaciones de la teoría del arte.

Fetiches y reliquias

Son, por así decirlo, obras-umbral que hacen concurrir nociones como fetiche, reliquia, aura, reproductibilidad, serialidad, agresión, ekphrasis, así como introducen escenarios binarios o dialécticos como imagen/objeto, bidimensionalidad/tridimensionalidad, plástico/verbal o conservación/agresión. Lo que subyace es la continua redefinición del objeto artístico, de sus especificidades, límites y transgresiones que vienen tanto a ensancharlo como a problematizarlo.

La dimensión cuasi sagrada de la obra de arte como un icono religioso, un exvoto o una reliquia -también el fetiche-, late en buena parte de las piezas seleccionadas. Como revela el título, los comisarios toman como referente el capital libro de David Freedberg El poder de las imágenes (1989), en el que se evidencia esa condición de artefacto y, de ahí, la agresión de la obra de arte como acto de iconoclasia por su valor simbólico. Así, la destrucción y el inexorable deterioro están muy presentes: obras nacidas para un uso que las pondría en peligro o que requerirían la transformación por parte del poseedor, como cuadernos de dibujos o recortables de Ugalde o Valcárcel; las fotos arañadas de Buetti, cuya semántica y sentido descansan sobre ese acto; la sacralización del devenir de algunas otras, como la de Gordillo, que luce su «herida», al modo del Archivo F. X. de Pedro G. Romero, producida por un espectador en 2016 en un arrebato iconoclasta.

Otro asunto es la «expansión» del objeto artístico y la adquisición de un rol de fetiche u homenaje, como ocurre con un fotograma de 2001 de Kubrick, apenas un segundo fílmico que cambia de naturaleza materializándose en imagen fotográfica que asume no sólo precio -fundamental distinguir entre éste y el valor-, sino consideración de obra per se; el Mr. DOB de Murakami, un vulgar peluche que, en última instancia, es una alusión al bombardeo de Hiroshima; o el autorretrato fotográfico de Wurm, convertido en estatua y figura sacra.