«Sin título (Cabeza verde)», pintura acrílica de 1982
«Sin título (Cabeza verde)», pintura acrílica de 1982
ARTE

El placer y la rabia de Wojnarowicz en el Museo Reina Sofía

El Museo Reina Sofía presenta una antológica de este artista, cuyo trabajo actuó como respuesta a la «crisis del sida»

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David Wojnarowicz (Nueva Jersey, 1954 - Nueva York, 1992) forjó su obra desde una relación dialéctica entre su intimidad y la urgencia de conformar un «nosotros» social y político. La retrospectiva que le dedica el Museo Reina Sofía explora esta tensión en un recorrido cronológico por sus distintas etapas: la inicial vocación poética, que conducirá hacia lo visual con sus fotos en homenaje a Rimbaud (1979); su obra gráfica elaborada con materiales reciclados y en colaboración con la artista Kiki Smith; o el salto hacia lo tridimensional de la serie Metamorfosis (1984) y que, junto a sus pinturas y fotografías, dará respuesta al deseo de representar unos cuerpos excluidos categóricamente de la normalidad.

La batalla ultraconservadora

Una inquietud que se acentuará durante la «crisis del sida», aupada a lo largo de los años ochenta por la negligencia de los estamentos públicos estadounidenses, incapaces de detener el avance de la epidemia y de poner en marcha campañas de prevención. El discurso político ultraconservador inició también una batalla contra «lo obsceno», lo que propició el debilitamiento de las subvenciones federales a las artes a raíz de las polémicas surgidas con las imágenes de Robert Mapplethorpe y de Andrés Serrano. Por su parte, Wojnarowicz, que había sufrido la violencia y la marginación desde pequeño, atravesó aquel periodo desde la autoexigencia de establecer resistencias al poder; una lucha que tomará un vigor irrefrenable cuando le diagnostiquen la enfermedad en 1988.

En Duelo y militancia (1989), un importante ensayo para el desarrollo de la teoría queer, el crítico cultural Douglas Crimp analizaba el conflicto de expresión entre dolor y activismo vivido en la comunidad gay durante los momentos más duros del auge del sida. Ese mismo año, y ante el incesante número de muertos, Wojnarowicz reclamará la necesidad de dejar de pulir los discursos funerarios y comenzar a practicar «rituales de vida relativamente sencillos, como salir a la calle a gritar».

La cita desgrana el trabajo de un artista implicado de lleno en el periodo que le tocó vivir. Pero muchas de las obras seleccionadas no terminan en sus bordes

Él mismo, que meses antes había retratado en el lecho de muerte a su mentor, el fotógrafo Peter Hujar, colaborará en proyectos colectivos como ACT-UP, organización dedicada a emprender acciones de desobediencia civil contra la gestión del gobierno y la especulación de las farmacéuticas. Pero Wojnarowicz nunca desatendió su trabajo individual, cuya potencia simbólica nace de una iconografía extraída de lo que Crimp denominó «nuestros placeres»: la exploración desinhibida de las distintas posibilidades sexuales, transformada por la irrupción del sida en un ideal perdido e intolerable. También la reflexión sobre la vulnerabilidad del cuerpo adquiere relevancia en su última etapa, donde se filtra el desasosiego ante una muerte que sabía inminente.

Impulso salvaje

La cita desgrana el trabajo de un artista implicado de lleno en el periodo que le tocó vivir. Pero muchas de las obras seleccionadas no terminan en sus bordes: su vigencia alcanza un presente donde el estigma del VIH no se ha borrado con la estabilización de los anticuerpos y donde numerosas comunidades permanecen excluidas del diagnóstico y la terapia. La rabia que emana su obra va más allá de su dimensión autobiográfica y acoge el clamor de muchas otras vidas. La conciencia de estar ante una lucha colectiva transformó su arte en una herramienta para violentar las coordenadas de la homofobia. Un impulso salvaje que ni siquiera su domesticación museística es capaz de anestesiar.