Laura Ferrero, autora de «Piscinas vacías»
Laura Ferrero, autora de «Piscinas vacías»
LIBROS

«Piscinas vacías», el ruido de las cosas que se marchan

Afilada, escueta, desnuda: así es la escritura de Laura Ferrero. Sus cuentos son de los que dejan huella

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«Hay muchos tipos de ruidos. Está el ruido de la calle. El de los pájaros al amanecer. El de las cosas que de repente llegan y el de que aquellas que se marchan», se dice en un cuento de «Piscinas vacías». Y este libro de Laura Ferrero (Barcelona , 1984) está compuesto -como si fuera una partitura- con esta última clase de ruidos: el ruido de las cosas que de repente llegan y se marchan. Aunque, si escuchamos bien, hay un ruido insistente que se oye mucho más que el otro. Es el ruido de las cosas que se marchan. Porque esa es la melodía de fondo que preside estos relatos: unas leves notas de piano, apenas acariciadas, apenas ensayadas en una sala que está bastante lejos de donde estamos nosotros. Pero esa melodía siempre está ahí. Y cuando la oímos -es decir, cuando leemos estos cuentos-, todos pensamos en la pérdida, en la ausencia, en los amores que terminan, en las vidas que se acaban. Y de repente nos damos cuenta de que estamos frente a una piscina vacía a la que una niña ha ido arrojando los objetos que han ido formando su vida; sólo que esa piscina también nos muestra todos los objetos abandonados que forman nuestra propia vida.

En los relatos de «Piscinas vacías» hay literatura de verdad y no imitación de segunda mano

Y ahora, una confesión. Empecé a leer este libro con desconfianza. La referencia en la contracubierta a Lorrie Moore y Raymond Carver no me presagiaba nada bueno. No sé por qué, pensé en un minimalismo postizo, en tragedias de cartón piedra, en silencios hipertrofiados que en realidad no ocultaban nada más que el aburrimiento y la astenia vital. Por suerte estaba equivocado. En «Piscinas vacías» hay literatura de verdad y no imitación de segunda mano. Aquí hay personajes e historias, por desvaídos que puedan parecer los personajes y por tenues que nos parezcan las historias. Y estos cuentos sobre recuerdos que no se van y amores truncados y vidas que parecen inservibles se nos quedan flotando en la memoria (y en el corazón, me atrevería a añadir). A primera vista, estos cuentos sólo tratan de unas vidas que parecen tan poco importantes que sólo van dejando un rastro tan leve como el rastro de los caracoles. Pero poco a poco, a medida que leemos, vamos descubriendo que ese rastro casi imperceptible es el rastro que también van dejando nuestras propias vidas.

El destino de una vida

Laura Ferrero cita a menudo un poema de Anne Carson en el que aparece el término «worldsharp», «agudo como el mundo», que es el que le hubiera gustado usar para titular este libro. Pero el título se prestaba a confusión y la autora lo cambió por «Piscinas vacías». Hizo bien. De todos modos, la escritura de Laura Ferrero es afilada, escueta, desnuda, como el mundo que se anuncia en ese verso de Anne Carson. Pero esa desnudez no significa que los relatos estén vacíos o sean simples simulacros. Porque en estos cuentos, contra lo que pueda parecer, ocurren muchas cosas, y esas cosas que ocurren son cosas importantes, cosas que determinan el destino de una vida, cosas que te dejan marcado para siempre; lo que pasa es que esas cosas ocurren sin que los protagonistas, muy a menudo, quieran asumir que están ocurriendo o que ya han ocurrido y son inexorables. Y sí, ahí es donde aparece ese ruido -o esa melodía- que hacen las cosas que se marchan.

Y ahora ya sólo me queda decir una cosa: estos cuentos de Laura Ferrero son buenos, y algunos incluso son muy buenos. Si tuviera que elegir uno, me quedaría con «El bebé azul», el más largo, aunque «Polen» también suena insistentemente en mi memoria y reclama una mención. Aquí la tiene.