El Palacio de la Paz y la Reconciliación de Astaná, obra de Norman Foster
El Palacio de la Paz y la Reconciliación de Astaná, obra de Norman Foster
ARQUITECTURA

Una pirámide dentro de otra

La pirámide del Louvre del recientemente fallecido I. M. Pei no queda del todo huérfana. Otros ejemplos contemporáneos con más o menos fortuna comparten su silueta

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La pirámide del Louvre será la obra con la que la posteridad recuerde la figura del recientemente desaparecido I. M. Pei. Inaugurada en 1989 como parte de los grandes proyectos encomendados por Mitterrand para modernizar las infraestructuras culturales parisinas en el II centenario de la Revolución Francesa, su función era la de proporcionar una solución a los problemas de acceso del público al Louvre.

Su forma y la caprichosa creencia de que el número total de paneles que la integran es de 666 (en realidad son 603 romboidales y 70 triangulares) la ha convertido en pasto para tesis de esoterismo barato y también en perfecto pretexto para atribuir a Mitterrand el sobrenombre de «El faraón», dos detalles que hacen patente la frívola y banal comprensión que predomina en torno a esta tipología, que en los tiempos recientes se ha encarnado en algunas llamativas (pero conceptualmente vacuas) visiones de los artífices del espectáculo.

Formas estrambóticas

En 2008, y también concebido como un proyecto para París, Herzog & de Meuron plantearon el edificio 307 Triangle: una gran torre que se justificaba como una pieza que mejoraba el tejido urbano del área metropolitana y devenía silueta destacada dentro del sistema de ejes y monumentos de la ciudad. No llegó a ser construido, pero podía ser leído como una evidencia del descarrilado camino que la antaño contenida y rigurosa arquitectura de los suizos tomó tras aceptar convertirse en monumentales «star-architects». En su caso, la referencia a la pirámide resuena en la ampliación de la Tate Modern londinense en 2016.

De manera comparable puede interpretarse la estructura para el edificio residencial VIA 57West, en Manhattan, de Bjarke Ingels, que afirma su presencia recurriendo gratuitamente a una pirámide deformada con claustro. Estrambótico es quizá el único adjetivo que describe la Pirámide de Kazán (Rusia), construida en los tiempos de Yeltsin, y que alberga un centro cultural y de entretenimiento. Aunque seguramente sea el Palacio de la Paz y la Reconciliación en Astaná (Kazajistán), de Norman Foster, el más tosco ejemplo del uso grandilocuente de la pirámide. Al parecer, fue construida para satisfacer los deseos del presidente del país, que pidió al arquitecto que le construyera una pirámide en 21 meses. El primer boceto realizado por el despacho tenía las dimensiones de la de Giza. Demasiado ambicioso incluso para el comitente, el proyecto fue reelaborado y convertido en una pirámide equilátera cuyos lados miden 62 metros.

La pirámide de Pei dio pie al esoterismo barato y a darle a Miterrand el sobrenombre de «El faraón»

No obstante, en la web de Foster+Partners, se destaca una cita publicada en «The Times», donde se le vincula a la antigua pirámide egipcia y se la pone por encima de la pirámide parisina de Pei, como corroborando que Foster (una vez más) debía ser reconocido como el autor de una obra definitiva de nuestro tiempo, un aspecto que le permitiera solapar lo delicado de construir para un gobierno totalitario un edificio, aunque su finalidad fuera la de acoger un evento destinado a incentivar la concordia y el entendimiento entre los diferentes credos religiosos. Seguramente la pirámide de Foster deba leerse bajo la definición de «kitsch» que dio el escritor Hermann Broch como confusión de la ética con la estética.

Un malentendido

Lo llamativo es comprobar cómo nuestra cultura lleva siglos arrastrando una comprensión confundida de lo que en su origen representó la pirámide para la civilización egipcia. El arquitecto y arqueólogo francés Jean-Claude Golvin advierte cómo fueron los antiguos griegos quienes tergiversaron o banalizaron el significado original, que los egipcios designaban con el término «mer». Llamar «pyrámis» (término que designaba una especie de pastel de trigo) a aquellas construcciones es ejemplo de los términos peyorativos que escogieron para denominar objetos egipcios que fuesen de gran tamaño o especialmente venerados. Golvin señala asimismo que esos sentidos simbólicos de las pirámides que hoy persisten tienen su origen en la época romana, y no están ligados a sus verdaderos orígenes.

Un vistazo a la Historia permite comprobar cómo este «triunfo de la forma abstracta pura», como la llamó Siegfried Giedion, fue objeto de una fascinante atención por parte de pintores y arquitectos del XVIII y XIX. Étienne-Louis Boullée y Jean-Jacques Lecqueu, entre muchos otros –como Goya, con «La Pirámide» y su proyecto de monumento−, revisaron e imbuyeron de una complejidad y significación propia esta estructura ante la que palidecen estos fetiches contemporáneos.