Julian Barnes
Julian Barnes - EFE
ARTE

¿Qué pinta Julian Barnes en todo esto?

El escritor británico, autor entre otros títulos de «El loro de Flaubert» y «El ruido del tiempo», abre bien los ojos para analizar algunas de las obras y artistas más destacados de la Historia

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El divorcio entre el arte contemporáneo y la literatura ídem se firmó hace muchos años en un juzgado de guardia, y hasta el día de hoy no ha habido conciliación familiar alguna. Ni a los artistas les interesa lo que cuentan los escritores, ni a estos las pseudo intelectualidades que se marcan los otros por los museos y ferias de medio mundo a precios desorbitados. Si se hubieran mirado más a los ojos -y dialogado-, no digo que el amor fuera ciego y sin concesiones a estas alturas del desbarajuste, pero, al menos, habríamos ganado que quienes escriben de arte como expertos y críticos fueran legibles (supieran contar, seducir con sus argumentaciones) y que quienes se embarcan en estos últimos menesteres desde el ámbito de la literatura como agentes más infiltrados que invitados no hubieran pecado de un talibanismo estético que a veces raya en la demagogia. Por supuesto, ha habido honrosas excepciones en ambos bandos a lo largo de la Historia, y también ya en nuestros días. Pongamos los ejemplos del argentino César Aira y el de Julian Barnes (Leicester, Reino Unido, 1946), de quien ahora se publican en España sus ensayos sobre arte bajo el título de Con los ojos bien abiertos.

Barnes no es complaciente con el arte contemporáneo así por las buenas, y por esa cara bonita que se le queda cuando viene enmarcado con ribetes de lujo, valorado en cifras millonarias, pero tampoco lo desdeña de golpe y porrazo. Sobre todo porque, antes de llegar a este punto en las páginas finales del libro, ha repasado lo que ha dado de sí el último siglo con una maestría insuperable. Con una erudición y un saber contar que desnuda a más de uno y de dos emperadores de ahora y de antes. De todos los tiempos.

Fácil seducción

Ustedes me dirán que, claro, Julian Barnes es uno de los grandes escritores de las últimas décadas con galardones a sus espaldas como el Man Booker y que lo tiene fácil para seducirnos con su prosa y sin otros avales o credenciales de conceptualismo barato... No les voy a adelantar acontecimientos ni hacer spoilers sobre sus más que solventes argumentaciones. Sólo una guinda para que se les abra el apetito: si alguna vez Santiago Sierra y sucedáneos pensaron que habían inventado la pólvora de la indignación y de la protesta pública cuando renunciaron a premios nacionales y a otras insignias de connotado pelaje a bombo y platillo, eso ya lo hizo muchas décadas antes Courbet, que tenía pillado el punto de la notoriedad y la máscara del ceño fruncido mejor que nadie («necesitaba que le hicieran el ofrecimiento público de una condecoración para poder sentirse públicamente ofendido por ello», apunta Julian Barnes y prosigue: «Merece la pena comparar su caso con el de Daumier, a quien se le ofreció la Legión de Honor meses antes y que rechazó discretamente»).

Vida y obra

Siempre he creído que la vida cotidiana -incluidos los cotilleos más nimios y de andar por casa- de los artistas que han marcado la Historia del arte encierra muchas claves para entender el porqué y el cómo de sus revoluciones estéticas. Saber entrelazar esos acontecimientos de alta y baja estofa con habilidad narrativa nos desvela detalles ocultos sobre tal o cual obra que ahora ocupa la atención de museos y exposiciones multitudinarias. Y así discurre Julian Barnes en su recorrido por Géricault, Delacroix, Courbet, Manet, Fantin-Latour, Degas, Cézanne, Redon, Bonnard, Vuillard, Vallotton, Braque, Magritte, Oldenburg, Lucien Freud y Hodgkin. Por ejemplo, con ese proceder nos retrata a un ególatra Courbet y a un discreto Daumier. También caemos en la cuenta de que «la obra de Eugéne Delacroix es extravagante, apasionada, violenta, excesiva; sin embargo, su vida es la de un hombre a la defensiva, temeroso de las pasiones y que valoraba la tranquilidad por encima de todo». Y así uno por uno, los ya citados.

Canon estético

Cualquier lector que se cree enterado sobre el mundo del arte y su discurrir de última hora, se (nos) preguntará por los avales de Julian Barnes cuando afirma que «cuando nos enfrentamos a otro vídeo interminable y repetitivo de un momento íntimo, o a una enorme pared con fotografías banales, podemos decir: “Sí, claro que es arte, claro que eres un artista y que tus intenciones son serias, estoy convencido. Solo que me parece que esto tiene un nivel muy bajo: intenta dotarlo de más ideas, originalidad, oficio, imaginación, en una palabra, de más interés”. El gran escritor de relatos John Cheever dijo en una ocasión que el interés era el primer canon estético». Julian Barnes tiene los avales de quien se convirtió en espectador del arte de una manera voluntaria y sin erudiciones y estudios académicos de por medio.

Apartar cabezas

Barnes fue un niño cuya madre pianista aficionada colgó las partituras cuando vio que no daba más de sí su virtuosismo, que convivió con tres cuadros en su casa que no le contagiaron ninguna sensibilidad extra, incluso siendo uno de ellos un provocador desnudo femenino; que nunca imaginó que llegaría a ser el escritor que es y que le apasionara ver exposiciones hasta el extremo exquisito de aborrecer con mucha educación aquellas en las que solo pisa callos y aparta cabezas; que puede afirmar sin miedo alguno a ser acusado de nada que «si estaba en lo cierto cuando de niño pensaba que aquel desnudo que había en casa de mis padres era insulso, me equivocaba, sin embargo, en mis conclusiones acerca de la solemnidad del arte. El arte no solo capta y refleja la excitación, la emoción que encierra la vida. A veces va incluso más allá: el arte es esa emoción».

Para afirmar esto hay que ver mucho arte, y para contarlo bien, ver mucho más. Ir con los ojos bien abiertos.