Peter Kingsley
Peter Kingsley
LA URRACA

Peter Kingsley y el catafalco

Nos guste o no, dice este filósofo británico, la cultura occidental ha muerto, aunque hay recetas para redimirnos

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Poco antes de morir, Carl Gustav Jung tuvo la visión de que a la humanidad le quedaban sólo cincuenta años y luego llegaría su final. Esto sucedía en 1961. En 2011, cincuenta años después, tuvo lugar la catástrofe de Fukushima, en una época de desastres, crisis y reestructuraciones mundiales a la que aún no le vemos el final. Esa visión es el punto de partida del último libro de Peter Kingsley, una obra impresionante titulada Catafalque y dividida en dos gruesos volúmenes, uno escrito al estilo Kingsley, una especie de vórtice envolvente y obsesivo que atrapa la atención del lector para llevarle tenazmente hacia conclusiones asombrosas y otro dedicado a las notas y a la erudición. Kingsley insinúa que si el primero, como buen catafalco, es un gigantesco monumento funerario dedicado al fin de nuestra civilización, el segundo ofrece, de forma secreta (y quizá inútilmente) varias recetas de salvación.

Nos guste o no, dice Kingsley, la cultura occidental ha muerto. Hemos de prepararnos para este final, nosotros, los últimos representantes de este mundo que se acaba. Pero dice también algo que me intriga. Kingsley practica una «incubatio», el antiguo ejercicio de meditación o yoga nidra de los sacerdotes-magos griegos, y tiene una visión: que en realidad no estamos al final de una época, sino en la mitad. «En la mitad, y totalmente perdidos», dice, ya que «a causa de nuestra desidia y nuestra amnesia» hemos olvidado el vínculo que une nuestro futuro con nuestro pasado. La búsqueda de ese vínculo fue el centro de la obra de Jung y es, me parece, lo único que podría salvarnos de la total catástrofe en la que parecemos hundirnos.

Me quedo con este último pensamiento. Yo lo interpreto así: estamos en medio de una época, no al final. Nuestra historia no ha terminado. Si nos hundimos, o parecemos hundirnos, no es porque no nos quede camino que recorrer, sino porque no nos atrevemos a seguir avanzando. ¿Por qué? Porque no nos atrevemos a unir el futuro con el pasado, obsesionados con la fantasía del progreso, la «modernidad» y las máquinas.