Winston Churchill es una de las figuras de las que se ocupa MacMillan en este ensayo
Winston Churchill es una de las figuras de las que se ocupa MacMillan en este ensayo
LIBROS

«Las personas de la historia», lecciones de liderazgo

Margaret MacMillan, rectora del St. Antony’s College y catedrática de Historia, traza un mapa de personalidades influyentes

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Las concepciones de la historia se debaten entre el individualismo y el colectivismo. Para el primero, los grandes hombres son los hacedores de la Historia. Para el segundo, lo son las colectividades. Por supuesto, existen posiciones intermedias. Lo cierto es que no se puede negar el alto valor explicativo de las acciones libres de algunas personas sobre el devenir de la Historia. Acaso quepa hablar también de un personalismo histórico que refutaría las pretensiones del historicismo, es decir, del determinismo histórico, tan atractivo como equivocado. Braudel defendía que el verdadero objeto de la investigación histórica era trascender la superficie de los hechos y descubrir las grandes tendencias. Pero sobre éstas, operan las acciones de algunas personas. Se puede comprender la Historia, incluso en sus grandes tendencias, sin tener que recurrir al fatalismo.

En muchas ocasiones, defectos, pasiones y vicios como la arrogancia, la ambición, la obstinación, la codicia o la mentira, pueden producir efectos beneficiosos. Lo que no quiere decir que sean virtudes. La terquedad no es tan nociva si se tiene razón. No es extraño que grandes hombres fracasen después de haber llevado a cabo una gran tarea. La prueba del genio político, de su capacidad de liderazgo, no consiste tanto en acertar a hacer suya la opinión dominante, como en su acierto en criticarla y modificarla.

La Historia no está escrita: hay que escribirla. La Historia enseña, pero no dicta

En su obra, Margaret MacMillan siempre destaca el papel que corresponde a los individuos. No es posible escribir la historia del siglo XX sin analizar la actuación de los grandes líderes democráticos ni de los grandes tiranos. En Las personas de la historia, analiza la actuación de algunas figuras que cambiaron la Historia: Otto von Bismarck, William Lyon, Roosevelt (a propósito del arte del liderazgo), Thatcher, W. Wilson, Stalin y Hitler (como ejemplos, buenos y malos, de las consecuencias de la arrogancia), Churchill, Max Atken, Nixon y Samuel de Champlain (como muestras del valor de la osadía). Junto a los que cambiaron la Historia, no hay que olvidar la tarea de quienes fueron sus observadores y testigos.

También las mujeres

Entre ellos, la profesora MacMillan describe la aportación de algunas mujeres que se impusieron a las limitaciones que les imponía su tiempo y fueron viajeras y aventureras que describieron mundos lejanos (E. Simcoe, F. Parkes, G. Bell y E. Durkham). Por último, dedica su atención a grandes observadores que, a través de diarios y memorias, han contribuido al conocimiento de momentos históricos. No acabo de compartir su afirmación, a propósito de la relevancia del corto plazo, del crecimiento experimentado por el fundamentalismo, en las últimas décadas, en religiones tan distintas, como el cristianismo, el hinduismo y el islam. No parecen comparables.

La autora trata con maestría esta relación imprescindible para el conocimiento del pasado que establecen algunas personas y su tiempo. No se trata solo de un atractivo viaje por el pasado, sino también de necesarias enseñanzas para el presente y el futuro. No hay Historia sin personas. La Historia no está escrita; hay que escribirla. El libro contiene además una advertencia contra el totalitarismo y una llamada al reconocimiento del valor de las personas, positivo y negativo, y de su perdurable influencia. Hitler y Stalin, no son los únicos, afirmaron que actuaban obedeciendo los dictados de la Historia. A esto hay que oponer enérgicamente que la Historia enseña, pero no dicta.